Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

BIENAVENTURANZAS

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Aunque en realidad una sola es la bienaventuranza, Dios, son muchas, empero, las obras que conducen a ella y que producen en nosotros la esperanza de alcanzarla. A estas obras, por metonimia, se las llama «bienaventuranzas*, porque son causa y mérito de la perfecta bienaventuranza. Suelen ser atribuidas a las virtudes y dones del Espíritu Santo. Las B., por consiguiente, «son actos perfectos de las virtudes y de los dones con los que el hombre tiene cierta seguridad de conseguir la bienaventuranza eterna*. Las B. son ocho, o mejor siete, ya que la octava no es más que la confirmation y la manifestación de todas las precedentes. He aquí cómo sc nos rcfieren en el evangelio de S. Mateo (v. 3 ss.): «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, por que ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarin misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verin a Dios. Bien aventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.» Las B., en sustancia, son frutos, pero frutos de una naturaleza de tal manera perfecta que nos dan ya un gusto anticipado de la eterna bienaventuranza: son, por tanto, la última corona de las obras del Espíritu Santo en las almas. Las B. se pueden distribuir en tres clases: 1) algunas de ellas excluyen la falsa bienaventuranza (la pobreza de espíritu, la humildad y el llanto); 2) otras se refieren a la vida activa (el hambre y la sed de justicia y la misericordia); 3) otras, en lin, se refieren a la vida contemplativa (la limpieza de corazón y la paz). Todas estas B. se hallaron en Maria en grado sumo, puesto que Ella tuvo en grado sumo las virtudes y los dones. Por las operaciones de las virtudes, en efecto, y especialmente por las operaciones de los dones, se acercaba cada vez más a la bienaventu ranza eterna, y esos mismos actos de las virtudes y de los dones la hacian abienaventuradao, segura de alcanzar su último fin.

I. B. que excluyen la falsa bienaventu ranza.

En tres cosas, principalmente, suelen los hombres basar su felicidad: a) en satisfacer el ansia de los honores; b) en satisfacer el apetito irascible con la aniquilación de los enemigos del propio egoismo; c) en satisfacer el apetito concupiscible, procurandose todos los gozos, todos los deleites del mundo. Al ansia de los honores, Nuestro Señor Jesucristo opone la pobreza de esplritu: «¡Bienaventurados los pobres de espíritu!» Estos renuncian a la gloria terrena, pero se aseguran la gloria celestial: «jporque suyo es el reino de los cielos!*.

A la satisfaction del apetito irascible, Jesucristo opone la Jiumildad: a j Bienaventurados los mansos!» Renunciando a la tranquila y pacffica posesión de la tierra de los muertos, estos tales se aseguran la tranquila y pacifica posesión de la tierra de los vivos: ejPorque ellos poseerán la tierra!* A la satisfaction del apetito concupiscible, a la risa, Nuestro Se nor opone el llanto: a j Bienaventurados los que lloran!* Renunciando istos al falso gozo, a las falsas delicias y consolaciones terrenas, se aseguran las inefables conso laciones celestiales: a; Porque ellos serán consolados!» Nos es imposible decir en qui grado renuncid la Virgen, durante toda su vida, a los vanos honores de la tierra, a las vanas satisfacciones del apetito irascible, dando a todos ejemplo de pobreza de espíritu de humildad de corazón y de sufrimiento y de llanto.

II. B. que se refieren a la vida activa. Las bienaventuranzas de la vida activa consisten en lo que damos a nuestro prdjimo, ya por deber (hambre y sed de justicia), ya por benignidad (misericordia). No faltan quienes rehuyen y se dispensan de tales obras por un desordenado amor al propio bienestar.

Movidos de este amor desorde nado, del hambre de oro, rehdyen las obras de justicia, no dando al prdjimo lo que le es debido, y hasta se aprovechan de los despojos de los demás para llenarse de bienes temporales; dstos, presa de un tal amor desordenado, rehuyen las obras de miseri cordia, para evitar el contacto con las miserias ajenas. Por eso el Señor, a los que tienen hambre y sed de justicia promote la saciedad, y a los misericordiosos la miseri cordia, por medio de la cual se ven libres de toda miseria. La Virgen tuvo, durante toda su vida, una verdadera hambre de jus ticia. Se mostrd siempre delicadamente escrupulosa en dar al prdjimo todo lo que le era debido, infinitamenle lejos de aprove charse ni de la más mfnima cosa. Pot esc el Señor saoid con desbordante abundancin esta su inefable hambre. A la justicia para con ei prdjimo, anadid también la misericordia. Las miserias de los demás fueron sus miserias; las aflicciones de los demás fueron sus aflicciones. Recordemos la infinita misericordia que Ella usd con los pobres esposos de Can! cuando se percatd de que, al faltar el vino durante el banqucte, una no pequefla confusión vendria a empanai' su alegria. III.

B. que se refieren a la vida content plativa. Las dos ultimas bienavcnturanzas se refieren a la vida contemplativa, es decir, a la bienaventuranza y felicidad con templativa, y son: la limpieza de corazón y la paz. La primera dispone al hombre en si mismo para esa vida; la segunda lo dis pone con relación a los demás. Pues en esto, precisainente, consiste la bienaventu ranza de la vida contemplativa. La limpie za del ojo dispone a una clara visión; por consiguiente, a los limpios de corazón se les promete la visión divina. tBienavcntura dos los limpios de corazón por que ellos verán a Dios.n La paz consigo mismo y con los demAs hace al hombre imitador de aquel Dios que es Dios de unidad y de paz; y por eso se le da en premio la gloria de la filiación divina que se encuentra en la perfecta unión con Dios por medio de la consumada sabidurfa: tBienaventurados los pacíficos porqtie scran llamados hijos de Dios.n A ningtin santo, como a la Reina de los santos, podemos mejor aplicar estas dos últimas B. Su alimpieza de corazón* fue unica más que rara.

Su corazón era verdaderamente «candor de la luz eterna, y espejo sin mancha*, un corazón jamás ofuscado, jamas empanado por el m is leve hdlito im pure. La Virgen, en fin, fue eminentementc «pacifica*; fue digna Madre de Aquel que fue anunciado como cRey pacifico*. Gozd de una paz inalterable, en lo interior y en lo exterior; en lo interior, porque jam£s el más leve movimiento desordenado vino a turbarla, fibre como estaba del fdmite de la concupiscencia; en lo exterior, porque estuvo siempre, con todos, en la más suave y perfecta armonia.

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