BIENAVENTURANZAS
En tres cosas, principalmente, suelen los hombres basar su felicidad: a) en satisfacer el ansia de los honores; b) en satisfacer el apetito irascible con la aniquilación de los enemigos del propio egoismo; c) en satisfacer el apetito concupiscible, procurandose todos los gozos, todos los deleites del mundo. Al ansia de los honores, Nuestro Señor Jesucristo opone la pobreza de esplritu: «¡Bienaventurados los pobres de espíritu!» Estos renuncian a la gloria terrena, pero se aseguran la gloria celestial: «jporque suyo es el reino de los cielos!*.
A la satisfaction del apetito irascible, Jesucristo opone la Jiumildad: a j Bienaventurados los mansos!» Renunciando a la tranquila y pacffica posesión de la tierra de los muertos, estos tales se aseguran la tranquila y pacifica posesión de la tierra de los vivos: ejPorque ellos poseerán la tierra!* A la satisfaction del apetito concupiscible, a la risa, Nuestro Se nor opone el llanto: a j Bienaventurados los que lloran!* Renunciando istos al falso gozo, a las falsas delicias y consolaciones terrenas, se aseguran las inefables conso laciones celestiales: a; Porque ellos serán consolados!» Nos es imposible decir en qui grado renuncid la Virgen, durante toda su vida, a los vanos honores de la tierra, a las vanas satisfacciones del apetito irascible, dando a todos ejemplo de pobreza de espíritu de humildad de corazón y de sufrimiento y de llanto.
II. B. que se refieren a la vida activa. Las bienaventuranzas de la vida activa consisten en lo que damos a nuestro prdjimo, ya por deber (hambre y sed de justicia), ya por benignidad (misericordia). No faltan quienes rehuyen y se dispensan de tales obras por un desordenado amor al propio bienestar.
Movidos de este amor desorde nado, del hambre de oro, rehdyen las obras de justicia, no dando al prdjimo lo que le es debido, y hasta se aprovechan de los despojos de los demás para llenarse de bienes temporales; dstos, presa de un tal amor desordenado, rehuyen las obras de miseri cordia, para evitar el contacto con las miserias ajenas. Por eso el Señor, a los que tienen hambre y sed de justicia promote la saciedad, y a los misericordiosos la miseri cordia, por medio de la cual se ven libres de toda miseria. La Virgen tuvo, durante toda su vida, una verdadera hambre de jus ticia. Se mostrd siempre delicadamente escrupulosa en dar al prdjimo todo lo que le era debido, infinitamenle lejos de aprove charse ni de la más mfnima cosa. Pot esc el Señor saoid con desbordante abundancin esta su inefable hambre. A la justicia para con ei prdjimo, anadid también la misericordia. Las miserias de los demás fueron sus miserias; las aflicciones de los demás fueron sus aflicciones. Recordemos la infinita misericordia que Ella usd con los pobres esposos de Can! cuando se percatd de que, al faltar el vino durante el banqucte, una no pequefla confusión vendria a empanai' su alegria. III.
Su corazón era verdaderamente «candor de la luz eterna, y espejo sin mancha*, un corazón jamás ofuscado, jamas empanado por el m is leve hdlito im pure. La Virgen, en fin, fue eminentementc «pacifica*; fue digna Madre de Aquel que fue anunciado como cRey pacifico*. Gozd de una paz inalterable, en lo interior y en lo exterior; en lo interior, porque jam£s el más leve movimiento desordenado vino a turbarla, fibre como estaba del fdmite de la concupiscencia; en lo exterior, porque estuvo siempre, con todos, en la más suave y perfecta armonia.