ADÁN
8BDel acadio udmu ( Epos de Gilgames , II, 112) = familia, estirpe: nombre común acertadamente adaptado al primer padre del género humano, como nombre propio suyo. En Gén. 1, 26-30 se describe la creación del hombre y de la primera pareja humana. «Dios creó ( bárá’ ) al hombre a su perfectísima imagen. A semejanza de Dios, que es purísimo espíritu, el hombre está dotado de entendimiento y de voluntad. Lo creó macho y hembra», y lo antepuso a todo lo creado. En Gén. 2, 7.18.21-24 se describe el modo de esa creación. Para la creación de todos los otros seres, Dios impera: «Produzca la tierra seres animados»; para sacar de la nada al primer hombre interviene de un modo especial. Plasma su cuerpo «del polvo de la tierra» y para ese cuerpo crea un alma y se la infunde directamente: «le inspiró en el rostro aliento de vida, y fué así el hombre ser animado» (v. 7). Mediante la infusión del alma espiritual en el cuerpo material el hombre comienza a existir. «Un hombre no puede vivir solo en el mundo : necesita ayuda y compañía (v. 18). Para tal efecto Dios crea a la mujer, compañera indivisible y como complemento del hombre» (A. Vaccari).
El Génesis pone de manifiesto la absoluta superioridad de la naturaleza humana sobre todos los otros seres creados (2, 19 s.). Adán expresa su dominio sobre ellos imponiéndoles un nombre: acto de inteligencia y ejercicio de poder supremo. Dios forma el cuerpo de Eva ( hawáh = vida, como madre de todos los vivientes: Gén. 3, 20), arrancando algo del lado ( sélá‘ , siempre igual a «lado») o costado de Adán dormido, e infundiéndole el alma. Adán reconoce en la mujer a un ser de su misma naturaleza y de su misma hechura («Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne»). Mediante las palabras inspiradas a Adán, «el hombre y la mujer formarán así como una persona, un solo cuerpo», Dios consagra el matrimonio, su primitiva unidad (monogamia) y su indisolubilidad (cf. Mt. 19, 4 ss., 9). No cabe dudar de que el alma humana haya sido creada de la nada. Mas acerca de la formación del cuerpo ¿es posible alejarse del sentido obvio del Génesis? Es notorio que la narración bíblica presenta antropomorfismos (Dios que forma a Adán del polvo de la tierra).
Los mismos Padre s lo han acusado, mas todos han mantenido la intervención directa y particular de Dios, incluso en la formación del cuerpo humano sacado de materia orgánica (Card. E. Ruffini, La teoría dell’evoluzione ). En realidad el antropomorfismo es una metáfora y expresa algo que se deduce de los términos empleados. 9ACuando, por ejemplo, la Biblia habla del brazo de Dios, todos entendemos que se trata de su omnipotencia. Aquí el antropomorfismo no significa nada, si se excluye la intervención especial y directa de Dios en la formación del cuerpo con materia inorgánica. Idénticas observaciones caben para la formación particular y directa del cuerpo de Eva con algo sacado del costado de Adán. Con razón, pues, el Concilio de Colonia (1860), aprobado por la Santa Sede, condenó la opinión de cuantos suponen que el cuerpo de Adán siguió una evolución natural hasta llegar a ser apto para que le fuera infundida el alma.
Y la Comisión Bíblica sancionaba en 30 de junio de 1909 (EB, n. 338): «No puede ponerse en duda el sentido literal histórico en los tres primeros capítulos del Génesis siempre que se trate de los hechos que atañen a los fundamentos de la religión cristiana, entre los cuales... la creación particular del hombre y la formación de la primera mujer sacada del primer hombre». Al expresarse así condenaba la evolución mitigada que en aquel entonces había sido adoptada por algunos autores católicos (S. G. Mivart [1871], M. D. Leroy [1891], Zahm [1896]). Semejante tesis había sido ya considerada por el Santo Oficio como insostenible (cf. Ceuppens, p. 172 s.). La cuestión ha sido propuesta nuevamente, si bien bajo una forma diferente. En cuanto a evolución natural, es la misma; mas se admite que Dios haya intervenido en el feto adaptándolo —con una pequeñísima intervención sensible— hasta capacitarlo para recibir el alma humana (V. Marcozzi, P. Leonardi; SC , 76 [1948] 270 ss.; 77 [1949] 17-45; 79 [1951] 121-60.201-22). ¿Puede conciliarse semejante hipótesis con el texto bíblico? El P. Ceuppens ( De historia primaeva , Roma, 1934, pp. 130-33) así lo cree; y del mismo parecer es L.
Pirot ( DBs , I, col. 94 s.). Ambos traducen Gén. 2, 7: «Dios formó al hombre del polvo de la tierra y le infundió el soplo de vida y así se hizo el hombre una persona viviente».
El efecto de la infusión del alma espiritual no sería ya el comenzar a vivir («ser animado», como se ha traducido anteriormente), sino «hacerse una persona humana». «Polvo de la tierra», elemento material empleado por Dios, equivaldría a «¡un animal creado primero del polvo!». Mas el hebreo nefés hajjah siempre se emplea en el Gén. 1, 21-24; 2, 19; 9, 10.12.15 significando «ser viviente» aplicado a los mismos animales, y siempre para significar el principio de la existencia, el paso del no ser al ser. Todos los 9Bdiccionarios hebreos lo reconocen.
El mismo tenor de la narración no deja lugar a dudas. Es completamente absurdo atribuir una sutileza filosófica y una expresión amañada y tan velada a Moisés , que no pensaba, ni de lejos, que el hombre hubiera tenido su origen del mono cuando hablaba del hombre formado «del polvo de la tierra». No existe motivo alguno para alejarse del sentido natural de Gén. 1, 26 s.; 2, 7. Dios creó el cuerpo de Adán de materia inorgánica. Cómo sería en concreto tal creación, el texto no lo dice.
La Iglesia deja libertad para la investigación científica y para la discusión, en esta última forma (cf. AAS , [1941] 506; A. Bea, en Bíblica , 25 [1944], 77 ss.), reservándose el derecho de pronunciarse, si llegara a darse el caso, ya que no se trata de cuestión teológica, sino de un hecho enlazado con las verdades fundamentales de la fe. La Iglesia misma ha declarado que la respuesta de la Comisión Bíblica tiene aún hoy el mismo valor, así por lo que se refiere a la «creación particular del hombre», como a la «formación de la primera mujer sacada del primer hombre» (Encícl. Humani Generis , en AAS , 42 [1950], 561-78; cf. EB, n. 616). Científicamente la evolución sigue siendo una pura hipótesis objeto de estudio y de investigación (cf. Lecomte de Nouy; el Prof. Cotronei, Trattato de Zoología e Biología , Roma, 1949). Las modernas investigaciones sobre el hombre fósil son una condenación del esquema que sostenían los evolucionistas (cf. S. Sergi, en Biasutti, Razze e popoli della terra , Torino, 1941, p. 127 ss.): mono, sinántropo (en el pleistoceno inferior); Hombre de L.
N. (en el pleistoceno medio); Homo sapiens (en el pleistoceno superior, o más reciente), enlazado con las actuales razas humanas. Hanse hallado restos de hombres, tipo Sapiens , anteriores al Neandertal, en Swanscombe en Inglaterra, en Keilor (Melbourne) en Australia, en Crimea, en el África Oriental (Canam Olirgesailie), Olmo, Quinzano, en Italia, y recientemente (1947) en Fontéchevade en Francia. Y eso sin hablar del Homo sapiens de Piltdown en Inglaterra (1912) que con Canam es probablemente el fósil humano más antiguo de cuantos se han descubierto, con lo cual se fortalece la hipótesis de una transformación regresiva de la especie humana (E. Ruffini, Osservatore Romano , 3 de junio de 1950). El texto sagrado enseña claramente el monogenismo: toda la especie humana desciende de Adán y Eva (Gén. 2, 7-30; 4, 20). Con tal hecho va enlazada la verdad revelada del pecado original (Gén. 3; Rom. 5, 12-21), como lo 10Arecuerda expresamente la Encíclica Humani Generis (M. Flick, en Gregorianum , 28 [1947], 555-63; F. Ceuppens, en Angelicum , 24 [1947], 20-32). El poligenismo es contrario a la fe. Dones sobrenaturales.
No se limitó Dios a hacer del hombre el ser más perfecto del mundo, sino que quiso colmarle de beneficios y dones especiales enteramente superiores a su naturaleza. Colocó a Adán en un amenísimo vergel o jardín, que se describe con una imagen de los jardines orientales, para que lo cultivase, lo que sería para él una ocupación placentera. Allí transcurriría su vida feliz e inmortal en una fácil amistad con Dios (cf. Gén. 2, 17; 3, 3-19), sin experimentar dolor ni temor alguno (Gén. 2; v. Paraíso Terrenal). Con tal fin creó un árbol que con su fruto conservase la vida del hombre y renovase sus energías y sus fuerzas vitales. La inocencia, efecto de la amistad con Dios, era la resultante del perfecto orden que reinaba en el hombre, inmune de la concupiscencia: «Estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, sin avergonzarse de ello» (Gén. 2, 25). El pudor, reacción y defensa contra la concupiscencia, surgirá con el pecado. «Son como niños que no han experimentado la concupiscencia; y, con todo, no son niños, pues Adán y su mujer están dotados de una inteligencia tan segura» (M. J. Lagrange, en RB , 1897, p. 350). El pecado. Dios exige de Adán un acto de obediencia y de sumisión.
Le ha dado la libertad precisamente para que coopere a la propia salvación mereciéndola. El mandato está expresado y concretado en esta forma: «Dios prohibió a Adán, bajo pena de perder la inmortalidad, que comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gén. 2, 17), que fué así llamado a causa de los efectos producidos por la desobediencia. Es un mandato de Dios «encaminado a hacer reconocer al hombre que no es posesor y dueño absoluto, sino dependiente de Dios, incluso en cuanto al uso de los bienes que le han sido concedidos». Por lo mismo aun cuando la materia de la prohibición tenía un valor insignificante, atendiendo al fin que Dios se proponía, el precepto era gravísimo, según lo demuestra la pena con él relacionada (A. Bea). Sobre este punto no cabe la menor duda. ¿Es aceptable apartarse del sentido propio y sostener que el árbol y su fruto no son más que una representación plástica y popular del verdadero precepto dado por Dios? Nada se opone a una exégesis semejante, que también es literal; pero no está demostrada. Actualmente desconocemos cuál sería exactamente el 10Bprecepto dado por Dios y violado por nuestros primeros padres.
La explicación según la cual aquel pecado habría sido de orden sexual, que con diferentes matices de vez en cuando ha salido a relucir a través de los siglos y nuevamente ha sido puesto de actualidad: Filocristiano, 1920 (cf. Bíblica , 2 [1921], 481 s.); J. Coppens (cf. F. Asensio, en Gregorianum , 31 [1950]; EstB , 9 [1950], 174-91); aun tomada según la única forma compatible con el contexto, cual sería la simple prohibición del uso del matrimonio hasta haber recibido una orden divina (P. Marhofer, en Theologie und Glaube , 28 [1936], 133-62; cf. J. Miklik, en Bíblica , 20 [1939], 387-96), en el mejor de los casos no pasa de mera posibilidad. Dados los dones sobrenaturales que aseguraban el perfecto orden interno, una mala sugestión sólo puede provenir del exterior. El demonio empuja al hombre a la desobediencia excitando la curiosidad y ese sentimiento de reacción que cualquier prohibición provoca en la voluntad (Rom. 7, 7-13). «No moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis, como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gén. 1-5). Adán y Eva estaban dotados de una perfecta inteligencia y de una ciencia recibida directamente de Dios.
Faltábales la triste experiencia (conocimiento experimental) del mal.
Tal fué el funesto «conocimiento del bien y del mal» que alcanzaron desobedeciendo al precepto divino. «Abriéronse los ojos de ambos y vieron que estaban desnudos (Gén. 3, 6 s.). Sienten en sus miembros movimientos y apetitos contrarios a la razón y tratan de esconderlos. El castigo. Estaban habituados a conversar familiarmente con Dios, a confiarse a él como a Padre, y ahora en cambio tiemblan y procuran ocultarse a su mirada. «Oyeron a Yavé Dios, que se paseaba por el jardín al fresco del día; y se escondieron de Yavé Dios Adán y su mujer en medio de la arboleda del jardín» (3, 8; U. Cassuto, La questione della Genesi , Firenze, 1934, p. 94 ss.). Dios interviene y castiga (Gén. 3, 9-19). «Esta escena judicial es admirable por su contenido psicológico y moral.
El interrogatorio procede por orden de responsabilidad: el hombre, la mujer, la serpiente. No pudiendo negar, los acusados se culpan mutuamente. La sentencia de la pena es pronunciada según el orden seguido en la ejecución del pecado: serpiente, mujer, hombre» (A. Vaccari). El hombre sentirá el peso del trabajo, la mujer los dolores de la maternidad y la sumisión al hombre. Les atormentará el pensamiento de 11Ala muerte con el desmoronamiento del cuerpo. Arrojados del Paraíso iniciarán la dolorosa historia de las humanas desventuras. «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab. 2, 24).
Así como un general que se rebela contra su rey es desheredado y pierde títulos y dignidades para sí y para sus descendientes, así Adán al pecar perdió todos los dones recibidos. Transmitirá a sus hijos, a toda la humanidad, la vida física íntegra, perfecta en su naturaleza, pero desprovista de la gracia y de los dones sobrenaturales. Más aún: a causa de las malas inclinaciones, los pecados irán en aumento (v. Pecado original). Pero que no se alegre por eso el demonio. También él será humillado y confundido. Dios en su bondad anuncia solemnemente a Adán la completa victoria que, mediante el Redentor, reportará el género humano sobre el malvado tentador (Gén. 3, 14 s.; v. Protoevangelio).
Los ángeles ejecutan la divina condenación pronunciada contra Adán y Eva. Teniendo en la mano una espada, vibrante como el rayo, arrojan al hombre del Paraíso perdido. Adán aceptó la pena con humilde penitencia (Sab. 10, 2), y alentado con la promesa de la victoria, dió a su mujer el nombre de Eva, esto es vida, pues será «madre de todos los vivientes» (Gén. 3, 20). Entre los hechos históricos afirmados en los tres primeros capítulos del Génesis, enlazados con las verdades reveladas, la Comisión Bíblica (v. arriba) enumera estos otros: la unidad del género humano; la felicidad original de los primeros padres en estado de justicia, integridad e inmortalidad; el precepto dado por Dios al hombre para probar su obediencia; la transgresión de ese precepto por instigación del demonio bajo la forma de serpiente; pena consiguiente y promesa del Redentor.
Estas verdades aparecen de nuevo confirmadas en los otros libros así del Antiguo como del Nuevo Testamento: Gén. 2, 7 = Tob. 8, 8; Job 10, 8-11; Eclo. 17, 1; I Cor. 15, 45 ss. Gén. 2, 20-23 = I Tim. 2, 13; I Cor. 11, 7-12; Ef. 5, 28 ss. Gén. 3, 1-5 = Sab. 2, 23 s.; Jn. 8, 14; Ap. 12, 9; 20, 2. Gén. 3, 3-19 = Rom. 5, 12-14; I Cor. 15, 21 s. Gén. 3, 1-6 = II Cor. 11, 3; I Tim. 2, 14. Gén. 3, 19 = Job 34, 15; Eclo. 17, 1; 33, 10. Gén. 2, 24 = Mt. 19, 4 ss.; Mc. 10, 6 ss.; Ef. 5, 28-31; I Cor. 6, 16 (A. Bea). Y no existen motivos para apartarse del sentido literal, aun teniendo en cuenta la índole 11Bpopular de la narración.
En la literatura babilónica no aparece alusión alguna a la formación de la mujer, al estado de felicidad de Adán y Eva, a su pecado, ni la explicación del dolor, de la miseria y de la muerte. En cambio se conocen tradiciones de muchos pueblos, tanto primitivos como progresistas, de religiones muy distintas entre sí y de cultura muy diferente, que presentan ideas afines a la narración bíblica de la creación y de la caída de los primeros padres. Semejantes tradiciones no pueden explicarse si no se consideran como vestigios de aquella tradición primitiva que por especial cuidado y providencia de Dios se conservó pura e intacta entre los Patriarcas y luego quedó fija con Moisés (A. Bea). San Pablo llama a Adán «tipo» de Cristo (Rom. 5, 14-21); y a Cristo «el Adán futuro» o «el segundo Adán».
Trátase en realidad de un auténtico paralelismo antitético: la primera creación y el orden de la resurrección; la primera creación y la nueva: el orden sobrenatural de la gracia. Adán es principio único y transmisor de la vida física o natural destinada a la muerte: Jesucristo principio y dador único de la vida sobrenatural y de la inmortalidad, incluso para el cuerpo resucitado (I Cor. 15, 21 s., 44-49). La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo: por un lado la muerte y el pecado; por otro justicia y vida.
Con este paralelo el Apóstol ilustra la extensión y la eficacia de la Redención de Jesucristo. Toda la humanidad estaba sometida al pecado y a la muerte que son su herencia como solidaria que es del único Adán; y esa solidaridad es necesaria, pues se funda en la participación de la naturaleza. Cristo es la única fuente, realmente eficaz y poderosa, de justicia y de vida, para toda la humanidad que es solidaria con él; y esta solidaridad actúa en favor de todos los hombres que no la rechazan (Rom. 5, 12-21). [F. S.] A. Bea, De Pentatheuco , 2.ª ed., Roma 1933, pp. 147-67. F. Ceuppens, Quaestiones selectae ex historia primaeva , 2.ª ed., Turín-Roma 1948, pp. 85-242. P. Heinisch, Problemi di Storia primordiale biblica , Brescia 1950, p. 51-118. P. Heinisch, Teología del Vecchio Testamento ( La S. Bibbia , S. Garofalo), Torino 1950, pp. 175-90. V. Jacono, Le Epistole di s. Paolo (ibíd.), 1951, pp. 139-43, 390 s., 398 s. L. Cerfaux, Le Christ dans la théologie de Paul , París 1951, pp. 176-87. G. Bonsirven, Il Vangelo di Paolo , Roma 1951, pp. 109- 12. F. Spadafora, Temi d’esegesi , Rovigo 1953, pp. 45-169.