PURGATORIO
Sobre las relaciones de María con el P. nada se encuentra en la Sagrada Escritura. Expondremos el argumento según el magisterio de la Iglesia, la tradición cristiana y la razón teológica. I. El magisterio de la Iglesia. En la célebre «Bula Sabatina» de Juan XXII (1316- 1334) a los Carmelitas y a aquellos que hubiesen llevado el escapulario propio de su orden, se dice que la Virgen, en una visión del sobredicho pontífice, hizo esta promesa: «Yo, madre, el sábado después de su muerte, descenderé amablemente y libraré a todos aquellos que encuentre en el purgatorio, para llevarlos al monte santo de la vida eterna» (Cf. Xiberta, B., O. C., De visione S. Simonis Stock, Roma 1950, p. 155).
De aquí la costumbre que luego se impuso de pintar a N.ª S.ª del Carmen en actitud de descender por entre las llamas del P. para librar a las almas allí detenidas, costumbre condenada por la Sagrada Congregación de las Indulgencias, porque asemejanle representación puede ser causa de error para los ignorantes y simples» (Cf. Du Manoir, V, Paris 1958, p. 900). Se trata de una pseudobula, inventada por un falsario.
En la bula «Ex clementi» de Clemente VII (1523-1534), con fecha 12 de agosto de 1530, el Pontífice no se fijaba en la bajada de Nuestra Señora al P., y la sustituía «por la ayuda» a las almas allí afligidas, mediante sus continuas intercesiones, los piadosos sufragios y la especial protección» (Cf. Xiberta, B., op. cit., p. 145). Antes de esta bula, el mismo papa había preparado otra (que nunca fue expedida) con el título «Dilecte fili», con fecha de 15 de mayo de 1528, en la cual se corregía la pseudo-bula de Juan
XXII. No es, pues, exacto todo lo que, recientemente, ha escrito el P. Enrique María del SS. Sacramento: «Le premier à se lever pour la défense du Privilège Sabbatin, c*est Clément (1523-1534), dans la bulle «Ex clementi Sedis Apostolicae» du 12 août 1530, approuvant les privilèges de l'Ordre du Carmel; il ratifie pleinement et sans conditions le Privilège Sabbatin; en se référant explicitement à la bulle de Jean XXII» (Cf. Marie, Nicolet, Québec 1952, n. de nov.-dic., p. 33, col. 1).
En la lección 6.ª de la fiesta de N.ª S.ª del Carmen se dice solamente que los que observen las condiciones requeridas, «cuando se encuentren en el fuego del P. serán consolados, con maternal afecto, por la Virgen, y, con su intercesión, como piadosamente se cree, serán cuanto antes llevados a la patria celestial». Tampoco aquí se dice nada de una liberación «en el primer sábado después de la muerte ni de la bajada» de la Virgen al P. En lo sucesivo, el magisterio de la Iglesia se ha pronunciado siempre en el sentido de la bula Clementina «Ex clementi». Así, por ejemplo, Paulo V, mediante su decreto del Santo Oficio, decía el 20 de enero de 1613: «Se permite a los PP.
Carmelitas predicar que el pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Virgen con su continua intercesión, con sus sufragios y méritos, y con su especial protección, ayudará, después de su tránsito, especialmente en día de sábado (que es el día a Ella consagrado) a las almas de los hermanos y cofrades muertos en estado de gracia, y que llevaron en vida el hábito, observaron, según su estado, la castidad y recitaron el oficio parvo, o bien, si no sabían recitarlo, observaron los ayunos prescritos por la Iglesia, se abstuvieron de comer came el miércoles y sábado cuando no coincida con ellos la fiesta de la Natividad del Señor» (Cf. Xiberta, B., op. cit., p. 72). Es digno de notarse lo acaecido en Bruselas en 1688. Con ocasión de la fiesta de N.ª S.ª del Carmen, los Carmelitas publicaron e hicieron fijar un manifiesto en el que se hacía mención «del santo escapulario que Ella dio a S.
Simón Stock, General de dicha orden, diciéndole estas palabras: «Recibe, amadísimo hijo, este escapulario de tu orden, el cual será en adelante la señal de mi cofradía; y todos los que mueran en la orden no irán al fuego eterno”, y que, apareciéndose al Papa Juan XXII, le declaró que Ella libraría del P. a los de esta cofradía el primer sábado después de su muerte» (Cf. Monsignani, Relazione di tutti i successi, previsioni e decreti ammessi circa il Privilegio, o sia Bolla chiamata Sabbatina, dall'anno 1603 sino al presente 1718, Arch. Gen. O. Carm. Confr., II, 1 f., 13r-14r, en Esteve, H. M., De valore spirituali devotionis St. Scapularis, I, Pars Generalis, Romae 1953, pp. 77-78). Pero en la mañana del 11 de julio, unos desconocidos hicieron fijar otro manifiesto en el que ase exhortaba al pueblo a no creer en nada de cuanto ponderaban los Carmelitas acerca de sus indulgencias» (Ibid., p. 77). El Internuncio Apostólico en Bélgica llevó el asunto al S.
Oficio, que, mediante un decreto de 10 de octubre de 1688, reprobó tal proceder, e impuso al Prior General de los Carmelitas la obligación de castigar con la privación de voz activa y pasiva y con otras penas al autor del sobredicho manifiesto indicador de indulgencias y privilegios, «praeter et ultra sensum decreti S. Congregationis S. Officii sub Paulo V» (Ibid., p. 78). No es, pues, lícito recurrir al descenso de María SS. al P. para librar de él a las almas de los hermanos y cofrades el primer sábado después de su muerte. Pío XII, en la carta «Neminem profecto» del 11 de febrero de 1950, con ocasión del VII Centenario del escapulario de N.ª S.ª del Carmen decía: «El sagrado escapulario es ciertamente, como vestido mariano, señal y garantía de la protección de la madre de Dios; pero no piensen quienes se lo ponen que podrán conseguir la vida eterna en la pereza y en la cobardía espiritual...
Reconozcan en el memorial de la misma Virgen un espejo de humildad y de castidad..., un compendio de modestia y de sencillez..., una elocuente expresión simbólica de plegaria, con que imploren la ayuda divina..., una invitación a la consagración al sacratísimo Corazón de la Virgen Inmaculada, que recientemente hemos vivamente recomendado. Por su parte la piísima madre no dejará de interceder ante Dios, a fin de que sus hijos que en el P. expían sus culpas logren cuanto antes la patria celestial, según el llamado privilegio sabatino transmitido por la tradición» (Cf. Tondini, A., Le Encicliche Mariane, II ed., Roma 1954, pp. 579-581). Tampoco aquí, como es evidente, hay alusión alguna a la liberación de las almas del P. en el primer sábado después de su muerte.
Y no hay que olvidar el hecho de que la Iglesia, en la oración litúrgica por los bienhechores difuntos, implora la liberación de las almas del P. por la intercesión de María: «Beata María semper Virgine intercedente cum omnibus sanctis tuis ad perpetuae beatitudinis consortium pervenire concedas.» La Iglesia, además, ha aprobado varias asociaciones que ponen en especial relación a María con las almas del P., como éstas: a) la Cofradía «en honor de la dolorosísima pasión de Cristo y de la Virgen de los Dolores para consolar y asistir a todas las almas del P.», fundada en 1448 en Roma, en el Camposanto Teutón, por el Penitenciario Juan Golnerer de Nuremberg; b) la Cofradía de Santa María del Sufragio, establecida en Roma en 1592; c) la Archicofradía de la Asunción de María para alivio de las almas pacientes, fundada en Roma en la iglesia de Santa María in Monterone en 1841, aprobada y enriquecida con indulgencias por Gregorio XVI; d) la Cofradía de N.ª S.ª del Sufragio, fundada en Nimes en 1857, elevada después, en 1862, en Archicofradía por Pío IX, etc. II. La tradición cristiana.
El primer documento que parece hacer alusión a una especie de relación de protección de María en favor de los difuntos, es la célebre representación de la Virgen-Madre sobre la bóveda de una cámara sepulcral del cementerio de Priscila, del s. II. ¿Por qué se quiso escoger a María como ornamento de aquella cámara sepulcral? No parece inverosímil pensar que la familia de aquel difunto haya querido recomendarlo a la augusta madre de Dios, poniéndolo así bajo su maternal protección. Se trataria, pues, de una invocación implícita de la Virgen en favor de los difuntos. Tanto en Oriente como en Occidente, esta invocación implícita de la Virgen por el eterno descanso de los difuntos se hacía explícita en algunos epitafios del s. IV. Pero sólo en la Edad Media aparece la Virgen, en varios documentos, como Madre y consoladora de las almas que se purifican en el P., y como libertadora de las mismas. El primero en exponer las relaciones de María con las almas del P., parece ser S. Pedro Damián (988-1072). Dice haber oído narrar a un piadoso sacerdote llamado Juan un hecho acaecido en Roma pocos años antes.
En su tiempo era costumbre celebrar en Roma con gran solemnidad las llamadas «Vigilias», que consistían en velar en oración y en prácticas devotas. Los cristianos, reunidos en diversos grupos, con cirios encendidos y cantando himnos sagrados, recorrían durante toda la noche las principales iglesias y catacumbas. Y sucedió que en una de estas «Vigilias», la de la Asunción, una piadosa mujer llamada Marocia, que había muerto hacía un año, se apareció a su nuera entre la gente que estaba orando en la iglesia de «Ara coelia.
Al principio ésta, no creyendo a sus ojos, pensó que se trataba de algo que se le asemejaba; pero después, fijándose más y más en la aparición y pareciéndole que era exactamente la difunta su parienta, para cerciorarse, esperó a que saliese de la iglesia, y cuando se vio cerca de ella exclamó: a Marocia, it res tú verdaderamente?» Y habiendo ésta hecho señas de que sí, dijo: «¿Cómo puede ser, si ya has muerto hace un año?» Marocia le responds: «Sábete que he sufrido grandes penas en el P. y hubiese tenido que sufrir todavía quién sabe cuánto; pero la Virgen bendita me ha librado hoy, y lo que ha hecho conmigo ha hecho también con otras muchas almas; y asi mañana, día de su Asunción, entrarán en el paraíso más almas que habitantes hay en Roma. Y ésta es la causa de que tú me veas ahora; pues visitamos todos los sagrados lugares dedicados a nuestra gloriosa Señora, para darle gracias vivamente por su misericordia... No dudes en absoluto ni de mí ni de cuanto te digo: no se trata de una ilusión, y, como prueba de ello, sábete que tú no vivirás ya mucho: morirás precisamente el próximo año en esta misma noche...» Dicho esto desapareció.
La predicción se cumplió: la nuera murió en ese día señalado, habiéndose preparado, al efecto, con una vida santa y penitente (Opusc. XXXIV, Disputatio de variis apparitionibus et miraculis, cap. 3, PL 145, 586-87). En algunas piedras rúnicas del s. XI, en la Escandinavia, se leía, entre otras cosas: «La Madre de Dios le asista [al difunto] más de lo que él merezca (v. Escandinavia). S. Bernardo (1090-1153) afirma que «hacía María, como hacía un centro, se dirigen los ojos de los que habitan en el cielo y en el P. los habitantes del cielo para hallar descanso en Ella y los del P. para hallar su liberación» (Serm. II de Pentecoste, 4, PL 182, 1497). El ps.-Buenaventura aplica a la Virgen las palabras de la Sabiduría: «Yo he penetrado en la profundidad del abismo» (Eccl. 24, 8). «Este abismo —dice el S. Doctor— no es otro que el P., adonde María desciende para consolar con su presencia las almas santas que allí se encuentran detenidas» (Psalterium B. M. Virginis). S. Vicente Ferrer (1350-1417), comentando las palabras: «Y vio Dios que la luz era buena», dice: «He aquí la Natividad de la Virgen María...
Ella, en efecto, es buena para los ángeles...; buena para los hombres...; buena para los pecadores...; buena para los justos...; buena para los santos Padres...; buena para las almas del P., porque por medio de Ella son aliviadas...»: a «bona animabus de purgatorio, quia per eam habent suffragium» (Serm. de Sanctis, serm. 2, de Nativ. B. M. V. t n. 7, Coloniae Agrippinae 1676, p. 469). El ps.-Alberto M., en una comparación entre el poder de María y el del Papa, afirma que el poder de María sobrepasa al del Papa, «porque el Papa tiene la plenitud del poder en esta vida, pero no en el cielo, ni en el P., ni en el infierno; la Virgen, en cambio, tiene todo el poder en el cielo, en el P. y en el infierno...» (Mariale super missus est, ed. Borgnet, vol. XXXVII, p. 87a). Otro tanto se afirma en la Biblia mariana del mismo ps.-Alberto M. Dionisio el Cartujaño (1402-1471) afirma que María, en las fiestas de Navidad y de la Resurrección de Cristo, acostumbra descender al P., acompañada de coros de ángeles, para libertar a muchas almas de aquellas penas (In solemnitate Assumptionis B. M. V., serm. 2, Opera, vol. XXXII, Tornaci 1906, p. 320, col. 2; vol. II, Coloniae 1523, p. 279, col. 1).
Juan Gerson (1363-1429) afirma que «María goza del privilegio de librar del P. a sus siervos». Y en un discurso sobre la Asunción. dice en la peroración: «No es increíble que Cristo haya estado hoy [en la Asunción] acompañado de miles de ángeles, llevando consigo a los prisioneros del P. en honor de esta coronación de la Reina de misericordia y Señora de todas las gracias, a cuyo imperio están sometidos todos los reinos, como también a su nombre todos doblan la rodilla, en el cielo, en la tierra y en los infiernos» {Super Magnificat, Op., t. IV, p. 287). Juan de Langoueznou, abad de Landévennec, en el himno «Languentibus» (del s. xiv) tiene esta bella estrofa: «Clavis David quae coelum aperis — nunc beata succurre miseris — qui tormentis torquentur asperis, — educ eos de domo carceris, — o María!» (Cf. Rouzie, L., Le Purgatoire, Téqui 1918, p. 290). S. Bernardino de Siena afirma que la B. V. María «tiene dominio en el reino del P. Por eso dice: “Y caminó sobre las olas del mar” (Eccl. 24, 8). Las penas del P. son llamadas olas, porque son transitorias...; se añade del mar, porque son amargas. De estas penas libra la B.
Virgen lo antes posible a sus devotos.» Aún más: «Y sobre las olas del mar caminó», esto es, visitando y socorriendo las necesidades y los tormentos de más devotos, antes que los de todos los que allí se encuentran, porque son sus hijos, siendo hijos de la gracia y confirmados en gracia y seguros de la gloria» (Sermones pro festivitatibus SS. et I mm. B. M., serm. 3, De glorioso nomine
V. M., art. 2, cap. 3, Venetús 1745, IV, 80, col. 2). Del s. XVI al s. XX. El P. Francisco Poiré, S. J. (1548-1617), refiere varios hechos para demostrar «cómo la Santísima Virgen alivia a los suyos en medio de las llamas del P., y cómo se preocupa de sus cuerpos» {La triple couronne de la Bienheureuse Vierge Mere de Dieu, t. II, tr. 3, cap. 13, § 6, ed. de 1858, pp. 456 ss.). Según Cristóbal de Vega (1595-1692), de tres maneras puede la Virgen socorrer a las afligidas almas: a) obteniendo que Jesús les aplique sus propios méritos infinitos; b) aplicándoles los méritos, por Ella adquiridos durante la vida y que constituyen el tesoro de la Iglesia; c) suplicando ardientemente a su divino Hijo para que estimule a los vivos a que hagan sufragios por los difuntos {Theologia Mariana, vol.
II, Pal. 27, cert. 3: «Utrum Deipara in inferos imperium suum protendat», pp. 361 ss.). S. Alfonso M. de Ligorio (1696-1787), en sus Glorias de María, cap. VIII, § 2 («María socorre a sus devotos en el P.»), después de haber citado varios ejemplos (visiones, revelaciones, milagros), sintetiza cuanto se había escrito antes de él, y concluye afirmando que puede obtenernos la gracia de evitar el P., y que «si deseamos hacer sufragios por las almas santas del P., procuremos pedírselo a la Santísima Virgen en todas nuestras oraciones, aplicando por ellas especialmente el santo rosario que les proporciona gran consuelo». El P. Gaspar Oliden, teatino, en el s. XVII, daba, por decirlo así, un carácter mariano al llamado «voto heroico» en favor de las afligidas almas, invitando a los fieles a poner en las manos de María sus obras satisfactorias y sus sufragios para que disponga de ellos como le plazca, en favor de las almas santas del P. (Cf. DSp., fasc. I, col. 177, art. «Act héroique»).
En el Congreso mariano celebrado en Fourvière, en 1900, uno de los 15 votos era éste: «Inspirándose en las palabras de San Bernardino de Siena: “Beata Virgo in regno Purgatorii dominium tenet”, y deseando ver proclamar, en la plegaria pública, la universalidad del dominio misericordioso de la Virgen, el Congreso expresa el voto de que las Letanías Lauretanas sean enriquecidas con otra invocación, a saber: Solatium defunctorum o Regina Purgatorii — ora pro nobis.» El P. Terrien, S. J., en la obra La Madre de los hombres, Libro X, cap. 2, hace una feliz síntesis de cuanto se había escrito antes de él, sobre el interesante argumento, demostrando esa realidad y la asistencia especial de María a sus devotos que se hallan en el P. En 1917, al aparecerse María a los tres pastorcitos de Fátima, les enseñó a repetir, después de cada decena del rosario, la plegaria: «Oh Jesús, perdónanos nuestros pecados, presérvanos del fuego eterno y libra a las almas del P., especialmente a las más necesitadas de vuestra misericordia.» El cardenal Lépicier, O. S.
M., en su Tratado sobre Nuestra Señora, indica dos razones para probar su asistencia a las almas del P.: porque es su madre y porque su liberación del P. y su admisión en el cielo (donde conocen y aman a Dios más perfectamente) es para mayor gloria de Dios. De cuatro modos ejerce Ella su maternal asistencia, a saber: a) implorando de Cristo la aplicación de sus méritos infinitos; b) presentando a Dios sus mismos sobreabundantes méritos; c) excitando eficazmente a los justos de la tierra a practicar obras satisfactorias en su favor; d) suplicando a Dios que los sufragios de los que ya están a salvo en el paraíso o condenados en el infierno sean aplicados de manera especial a las almas del P. {Tractatus de Beatissima Virgine Maria Matre Dei, Roma 1926, p. 529). En 1928, la basílica de N.ª S.ª de Montligeon (diócesis de Séez) fue consagrada a María «Liberadora de las almas del P.»
III. La razón teológica. Las particulares relaciones entre María y las almas santas del P. se fundan en la singular misión de madre universal, tanto de Dios como de los hombres, de mediadora universal y de reina universal.
a) Se fundan, sobre todo, en su singular misión de madre universal, tanto de Dios como de los hombres, o sea, en el amor singular que la une a entrambos. Como madre de Dios, a quien Ella ama con todo su ser, desea y promueve con todas sus fuerzas su mayor gloria, es decir, que sea cuanto antes y cada vez más conocido y amado por el mayor número de almas: y esto se obtiene, precisamente, librando el mayor número posible de almas del P., haciéndolas partícipes de la visión y del amor beatífico, que constituyen el más alto grado de gloria que el alma puede dar a Dios. Como madre de los hombres, Ella es también madre, de un modo particular, de las almas que penan en el P., porque ya están confirmadas en la vida sobrenatural de la gracia divina; las ama, pues, de un modo particular, porque son también los que más sufren de todos sus hijos; y amándolos de un modo particular, tiene, de una manera del todo particular, un cuidado maternal de ellos.
b) Las relaciones de María con las almas del P. se fundan, en segundo lugar, en su singular misión de mediadora universal entre Dios y los hombres. Ella, con Cristo, a todos ha merecido el paraíso: puede, pues, apelar a los méritos de Cristo, y, además, a sus propios méritos, en favor de aquellas almas que, entre todas, están sujetas a mayores dolores, porque la menor pena del P. —según Santo Tomás— supera al máximo dolor de la vida {IV Sent., dist. XXI, q. 1, quaest. 3). Entre los redimidos, los que más presa hacen en el corazón de la mediadora universal son los que más sufren y los que, al mismo tiempo, más desean saciar su atormentadora sed en las límpidas aguas de la fuente de la vida, Dios.
c) El tercer fundamento teológico de las relaciones entre María y las almas del P. debe buscarse en su singular misión de reina de todo el universo, no sólo del cielo y de la tierra, sino también del P.; como tal, Ella tiene poder, dominio, con Cristo Rey, no sólo en el cielo y en la tierra, sino también en el reino del P., como han hecho notar varios escritores. Se vale, pues, de su dominio para hacer sentir su real y maternal presencia de todos los modos y con todos los medios que le son posibles, es decir: ofreciendo al Eterno Padre ya los méritos y las satisfacciones de Cristo, ya sus propios méritos y satisfacciones; moviendo a los santos del cielo y a los justos de la tierra a interceder por ellos, de forma que toda la Iglesia, tanto la triunfante como la militante, se sienta íntimamente unida a la purgante, pidiendo que los sufragios hechos por las almas que no los necesitan (los bienaventurados y los condenados) aprovechen a aquellos que los necesitan en alto grado.
Bibliografía
M. María de la Visitación. Marie et le P., en Du Manoir, V, Paris 1958, pp. 889-917.
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