Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

CONCUPISCENCIA

Recursos

La principal consecuencia penal del pecado original es el llamado «fomes de la C.». No es más que esa inclination al mal, esa dificultad en obrar el bien que todos experimentamos, esa desordenada inclination del apetito sen sitive al placer, tanto licito como ilicito, in clination que, no pocas veces, se adelanta a la misma razón y disputa su imperio. En otros tOrminos: entiendese por C. ese estimulo de la carne, ese angel de Salanas —como lo llama S. Pablo— que nos abofetea; esa ley funesta de nuestros miembros, contraria a la ley de nuestra mente..., ley tremenda que nos hace repetir con el Apos- tol: «Quod nolo malum, hoc ago. No hago el bieri que quiero, sino que hago el mal que no quiero» {Rom. 7, 19). Esta gran imperfección, o mejor, esta gran fuente de imperfecciones, es una funesta consecuencia del pecado original. Con el don de la integridnd Dios había remedíado este natural desacueido entre el apetito superior (la razón) y el apetito inferior (el apetito sensitivo).

Mientras la razón humana (es decir, el apetito superior) estuvo sometido a Dios, también el apetito infe rior se sujetaba a la razón Humana (apetito superior); y esta gran armonia entre las diferentes potencias del hombre constitufa precisamente el estado de justicia original. Pero tan pronto como el apetito superior del hombre (la razón) se rebeld contra Dios, perdid el hombre también, junto con el don sobrenatural de la gracia santificante, los tres dones cpreternaturales», entre los cuales está el don de la intcgridad; el ape tito inferior sacudid el yugo del apetito su perior (de la razón), originando este estado de guerra que durara hasta el fin del mundo, con frecuentes asaltos más o menos violentos, en cualquier ocasión que se presente, siendo inevitable el que se den pequefias victorias del apetito inferior sobre el superior y a veces, por desgracia, con predominio total del uno sobre el otro.

Con el santo bautismo se nos restituye el don sobrenatural de la gracia, mas no se nos restituye el don preternatural de la integridad (como tampoco los otros dos de nes), es decir, que no vuelve a someterse el apetito inferior al superior; siempre queda, por tanto, aun después del bautismo, el afomes de la C.». Se quita, pues, el pecado, pero quedan siempre las funestas consecuencias del mismo. Pero hay que advertir que este fomes del pecado, llamado también simplemente «C.», considerado en si mismo no es un pecado; las más violentas pasiones que de dl nacen, sin que la voluntad tenga parte en cllas, no son acciones culpables, sino más bien otras tantas ocasiones de mdritos, por la resistencia opuesta a las mismas por parte de la recta razón. No por esto, sin embargo, es menos verdad que, tanto la C. como las pa siones por ella engendradas, son fruto del pecado, inclinan al mismo y, por consiguiente, son la cosa más triste que existe después del pecado. Solo en este sentido el fomes de la C. se llama también epecadox. Despuds de cuanto se ha dicho, es fácil concluir que entre la Inmaculada y el fomes de la C. hay un abismo profundo, insupe rable.

En María no hubo jamás ningtin movimiento desordenndo de pasiones, ni siquiera la raiz de tales movimientos. Entre sus potencias intelectilales y sus potencias sensitivas no hubo jamás antagonismo de ningun gdnero. La razón tuvo siempre un absoluto dominio sobre los sentidos y los sentidos no osaron jamás rebelarse contra la razón, ni previniendo los designios, ni tuibando los consejos, ni resistiendo a sus drdencs, ni entorpeciendo esos movimientos con los que el espiritu se eleva a las supeniores regiones del cielo. hacia la intima unión con Dios. La cuestión del afomes de la C.» se analizd desde los albores de la escolástica. Y todos los doctores, apoydndose en los Padres, coinciden en afirmar que María no sintid jamas ningun acto del fomes (Sudrez, Disp. IV, sect. 5, en III p.). Y la razón es evidente: los movimientos de la C. son efecto del pecado original y tienen cierta afinidad con el mismo. Pero la Virgen fue preservada del pecado original. Llena de una tranquila armonia en su interior, la Inmaculada era temida y respetada por su gran enemigo el demonio... Sus tcntaciones, si es que en Ella las hubo, tuvieron que ser completamente externas.

La Virgen, por tanto, jamás sintid los efectos del fomes. En esto todos los doctores convienen. En lo que no convienen es en el uso —digdmoslo ast— de una misma /drmula para expresar semejante verdad. Algunos, entre los cuales Santo Tomás, dicen que en la primera santificación de la Virgen (a saber, su concepción inmaculada) su fo mes solamente estuvo ligado, no extinguido; otros, en cambio, y son los más, sostienen que en la misma concepción de María, el fomes fue completamente extinguido en Ella, o sea por la abundancia de la gracia de que estaba revestida, las pasiones no tuvieron la posibilidad intrfnseca de rebelarse contra la razón. Esta segunda sentencia es bastante más conforme, tanto con la dignidad de la Virgen, como con las exigencias de su inmaculada concepción. Por eso, después de la definición de este dogma, se hizo universal entre los teólogos. La gracia de la concepción inmaculada, en efecto, preservd a la Virgen de todo moral contacto con la culpa de origen y la colocd en un estado de justicia igual, por no decir supe rior, a aquel en que Dios había puesto a nucstros primeros padres Adin y Eva. Nuestra aserción se puede reforzar con la siguiente observation.

Cuanto más se hayan arraigado en un alma las virtudes cardinales menos poder tienen las pasiones desordenadas en la misma, ya que es misión de la virtud desarrollar las energfas para el bien y refrenar las tendencias al mal. Y con la plenitud de la gratia de la Virgen, debemos admitir la presencia en Ella de las virtudes morales en grado perfecto, puesto que las virtudes están siempre en relation con la gratia santificante de la que se derivan y son coronamiento. He ahi por qud, también en este sentido, debe mos concluir que en la Virgen no había ninguna mala inclinación de ningrin gdnero. Otra reflexion. María estaba predestánada a ser Corredentora del gdnero humano y, por consiguiente, debfa ofrecer a Dios, junto con su Hijo Redentor, una satisfac tion lo más perfecta posible por los pecados de los hombres. Y como la concupiscencia es una imperfection tal que, lejos de ayudar a cumplir con toda justicia y a reparar culpas ajenas, arrastra más bien a nuevas infracciones de la ley y es causa de pecados veniales, es imposible admitirla en María.

Con esto, sin embargo, no se quiere decir que María no tuviese, con todas las po'tencias superiores e inferiores propias de la naturaleza humana, las inclinaciones y las pasiones que le son connaturales. Las tuvo lo mismo que Adin antes de la cafda y como el mismo Jesús, para conducirla a la bdsqueda de las cosas necesarias para la vida, como son el alimento, el descanso, la tranquilidad, y a evitar las cosas nociva a la misma. Las pasiones fueron tambidj en Ella aquello para lo que Dios nos la dio: fuerzas naturales, estfmulos para c bien, ayuda para la voluntad en el cumpli miento del propio deber. Jamás se adelan taron en María al uso de la razón. Y no se diga que hubiera sido mejor que en María, aunque no hubiese inclinación a mal, hubiese, empero, como en nosotrof dificultad en el cumplimiento del bien pues siendo más diffeil la lucha, seria también mayor el mdrito. Este aserto se nie ga sin más. No es precisamente la dificultai experimentada en el ejercicio de la virttn la causa del mdrito, sino solamcnte la cari dad con la que María fue adomada in comparablemente más que todas las de más criaturas. BIBL.: Castro Engler. J. de.

C. M.

F„ ExpUcma leoldgica de dow da intmiid/idc da concupiscencia-ncia n hnaculada, en»:Bph. Mar.», 4 (1954) pp. 333-356.

Voces relacionadas

Internas

Externas