Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

ABUSOS (en el campo mariano)

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Los adversarios de la Iglesia católica, en especial Lutero y los protestantes, con mucha frecuencia le han echado en cara no pocos a., tanto en la doctrina como en el culto mariano. Erasmo de Rotterdam, su precursor, ponía de relieve que «muchos» católicos contaban más con la protección de la Virgen que con la de Cristo (Colloquia familiaria, ed. Truchrutz, Leipzig 1882, II, p. 51). Otro tanto hicieron, vivamente aplaudidos por los protestantes, los jansenistas del siglo XVII, con tal frecuencia que movieron al P. Hoffer a escribir: «Un libro jansenista sobre la devoción a María que no ponga en guarda a los devotos contra las falsificaciones de la piedad, sería una cosa rara» (La dévotion à Marie..., p. 112). Adrián Widenfeld se distinguió entre todos, por la exageración y generalización de los a., con su opúsculo Monita salutaria B. Mariae Virginis ad cultores suos indiscretos, publicado en 1673 y puesto en el Índice en 1674. Lo siguieron Adriano Baillet (La dévotion à la Vierge et le culte qui lui est dû, París 1694); Juan Bta. Thiers, con su publicación de un completo volumen sobre los presuntos a. (Traité des superstitions, vol.

IV, París 1713-1741), y Luis Antonio Muratori (Della regolata devozione dei cristiani, Trento 1748; De ingeniorum moderatione in Religionis negotio, París 1714). Entre los que protestaban, en el siglo pasado, contra los a. en el campo mariano, se distingue el Dr. Pusey, refutado por el cardenal E. Newman (L’Anglicanesimo ed il culto alla Vergine). En nuestros días ha levantado la voz contra tales a. el valdense Juan Miegge (La Vergine Maria, Torre Pellice 1950) y el ortodoxo Benito Katsanevakis, archimandrita de Nápoles, que ha llegado hasta el extremo de atribuir a la Iglesia romana el abuso de «sobreveneración de María», es decir, que María está «personal y corporalmente presente en la sagrada comunión del cuerpo y de la sangre de Cristo, siendo así que esta doctrina la ha condenado expresamente la Iglesia romana» (Maria di Nazareth, Nápoles 1950, p. 1). Ante tales recriminaciones, conviene distinguir claramente entre a. verdaderos y supuestos a.; entre a. particulares y a. generales.

No pocos de los llamados a. que se achacan a la Iglesia católica son inexistentes y, por tanto, calumniosos, como, por ejemplo, el de «la adoración de María Santísima»; que María Santísima sea «igual a Dios o más que Dios»; que sea más «útil bendecir a la Virgen que glorificar al Señor»; que la misericordia de María es «infinita»; que «Dios está bajo las órdenes de María», etc. La doctrina y la práctica de la Iglesia católica son bien distintas. Otros de esos llamados a. son, sí, reales, pero exagerados, ya que tergiversan o generalizan el significado de algunas expresiones. Así, por ejemplo, Katsanevakis ha echado en cara a la «Iglesia romana» la expresión mariana de «Complemento de la Santísima Trinidad», en el sentido de que la Santísima Trinidad sin Ella «sería imperfecta» (op. cit., p. 61). No es tampoco raro el caso de escritores que hablando de «a.», en vez de decir «algunos», han dicho «todos»; en vez de decir «a veces», han dicho «siempre»; en vez de decir «en algún lugar», han dicho «dondequiera que sea», traicionando así, con sus generalizaciones, a la verdad.

Se debe, por otra parte, tener presente que algunas expresiones paradójicas, más que un lenguaje frío de la pura razón, son un lenguaje ardoroso, hiperbólico, paradójico del corazón, por lo que resultaría excesivo condenarlas como «a.». No se puede, sin embargo, negar que, sobre todo en el campo mariano, haya habido y siga habiendo aún en algún lugar, entre alguna clase de personas, a. reales, dignos de ser condenados: tales son, por citar algún ejemplo, la devoción «a los sagrados miembros del cuerpo de la Virgen»; a los cabellos, al pie derecho de María; la devoción a «las plantillas de los zapatos de María»; a la Madre de Dios en el Santísimo Sacramento del altar «porque allí se encuentra una parte de la sangre de Nuestra Señora en su propia especie» (así en la obra del P. Ceferino de Someire, O. F. M., La dévotion à la Mère de Dieu dans le Très Saint Sacrament de l’autel, Narbona 1663), etcétera. Los a. en el campo mariano, aun cuando sean reales, no hay por qué atribuirlos a la Iglesia católica: en vano los buscaremos en los libros oficiales o en las enseñanzas de la misma.

Se deben únicamente a algunos de sus miembros, poco dóciles a sus sabias directrices. «Es irrazonable —confesaba lealmente el ministro protestante Daillé— imputar a todo un cuerpo los sentimientos de los particulares» (Apologie, cap. VI, p. 23). La Iglesia, por otra parte, ha tenido siempre particular cuidado de reprimir los a., por medio de su cabeza (el Papa), de sus organismos (Concilios, Santo Oficio), de los obispos, de los padres, de sus doctores, de sus teólogos. Sería necesario todo un volumen para documentar sus sabias intervenciones. No debemos extrañarnos de semejantes a. La Iglesia, además del elemento divino, cuenta también con el elemento humano y sería, por lo demás, irracional abolirlo: el abuso no quita el uso. «Bello método de curación —decía S. Pedro Canisio— el que se hiciera consistir en agravar el mal por culpa de médicos ineptos y en amputar, con las partes cancerosas, las partes sanas y saludables de la devoción (...). Cuando el arroyo se encuentra alejado del punto de partida, tiene necesidad de ser purificado, no precisamente de ser desligado de su fuente» (Cf. Summa aurea, IX, col. 1871).

Esto es lo que ha hecho y hace la Iglesia al echar mano de todos los medios posibles para extirpar los a. Sin embargo, por mucho que haga, a. los habrá siempre, ya que en ella —según la conocida parábola evangélica— el trigo está mezclado con la cizaña, sembrada por el enemigo (Mat. 13, 24-30); los peces buenos están mezclados con los ruines (Mat. 13, 47-53). Por otra parte, no es siempre fácil establecer un claro límite entre la verdad y el error, entre la fe y la superstición, entre lo lícito y lo ilícito, por lo que puede uno ser víctima de un celo intempestivo y poco acertado. Sería, pues, buena norma de prudencia tolerar, a veces, algún discutible abuso, para no correr el riesgo de suprimir una cosa buena o que fácilmente puede transformarse en tal, con el laudable intento de suprimir una cosa mala, en especial cuando se trata de a. y creencias que no se oponen ni a la fe ni a la moral católica.

Bibliografía

Newman, E., L’Anglicanesimo e il culto della Vergine, Piacenza 1909, vers. it. de
D. Battaini. Dillenschneider, Cl., C. SS. R., La Mariologie de Saint Alphonse de Liguori. Son influence sur le renouveau des doctrines mariales et de la piété catholique après la tourmente du Protestantisme et du Jansénisme, Fribourg (Suisse)-Paderborn-París 1931.
Hoffer, P., S. M., La dévotion à Marie au déclin du XVIIe siècle. Autour du Jansénisme et des «Avis salutaires de la
B. Vierge à ses dévots indiscrets», París, Les éditions du Cerf, s. a.
Roschini, G. M., O. S. M., La Madre de Dios según la fe y la teología, ed. esp. preparada por Eduardo
Espert, S. I., en 2 vols., Madrid 1955, II, pp. 435-449.

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