Diccionario de Teología Moral

Igino Tarocchi, O.F.M. (Tar.)

VISIONES Y APARICIONES

Recursos

1. Noción general

El significado de visión o aparición va unido al concepto de misterio, oculto, oscuro; en el campo de la teología católica ocupa el centro de la historia de la Revelación junto con el misterio de la divina Redención.

Pero en las cosas de Dios y de la eterna salvación del hombre sólo Dios puede revelar la verdad absoluta. En el campo sobrenatural no es el hombre el primero en buscar a Dios, sino Dios quien busca al hombre en su benigna condescendencia haciéndole fácil el acercarse a Él. Toda la antigüedad parte de la creencia de que nuestros mayores tuvieron una familiar relación con Dios. En efecto, todos los escritores sagrados del Antiguo Testamento subordinan la historia del género humano a una particular dirección de Dios. Dios, el creador de todas las cosas, conversó en el Paraíso Terrenal con los primeros hombres, y expulsados éstos del Paraíso, manifestó su voluntad a algunas personas privilegiadas (Revelación). Los patriarcas y Moisés gozaron de una personal relación con Dios; después de esto el Señor habló por medio de su espíritu a los hombres de Dios y les reveló sus misterios (II Samuel, 23, 2; Dan., 2, 28). Más tarde se narran nuevas apariciones de Dios (Malaq., 3, 1).

En el Nuevo Testamento es el hijo de Dios el que revela a los hombres los misterios del Reino Divino (Efes., 3, 3; Rom., 15, 25-26; I Ped., 1, 12; II Ped., 1, 4). Dios, munificentísimo amador de los hombres, incluso después de la Revelación pública, destinada a todos los hombres, según sus inescrutables consejos se manifiesta todavía con signos visibles en las llamadas v. y apariciones, especialmente a aquellas almas que con la humildad y el desprendimiento de las cosas terrenas tratan más de acercarse a Él y de merecer su amor.

2. Fenómeno místico

Enseñan, sin embargo, los teólogos de la mística que las v. y las apariciones difieren de la contemplación en que ésta nace esencialmente de la caridad (y gracia santificante) y la aumenta; mientras que aquéllas, no suponiendo de suyo la gracia, pueden realizarse aun en los pecadores para convertirlos, aunque en realidad después no se conviertan (cfr. Hechos, 9, 5).

No se trata aquí de las v. y apariciones espiritistas (v. Espiritismo), sino de las que en el campo teológico se denominan fenómenos místicos extraordinarios divinos (A. Tanquerey, Compendio de teología ascética, París, 1934, n. 1489).

Las visiones son de tres especies: corpóreas o sensibles, imaginarias e intelectuales.

a) Las corpóreas y exteriores, llamadas también apariciones, en las cuales se da la percepción corporal de un objeto exterior y cuyo proceso psicológico entra necesariamente en los cuadros de la sensación. La acción —mediata o inmediata— de ésta no alcanza el sujeto sensible, sino mediante la modificación de sus órganos periféricos o mediante la modificación de los órganos centrales que presiden la sensibilidad (Sum. Theol., III, q. 76, a. 8).

En estas apariciones se muestra a los ojos del cuerpo alguna figura o persona, que representa a Nuestro Señor Jesucristo, o a María Santísima, o a algún Santo, lo cual en las visiones verdaderas se estima que ocurre por ministerio de los ángeles.

Obsérvese con todo que si pueden realmente ocurrir estas visiones por parte de Dios o de los santos, no menos puede el demonio hacerlo y de hecho lo hace algunas veces vistiéndose de aquellas mismas formas para engañar a las gentes demasiado crédulas, a fin de conducirlas al orgullo y al error. Al juzgar por lo tanto estas v. y apariciones es necesario tener la máxima cautela y prudencia y en la duda presumirlas más bien un engaño (cfr. I Jn., 5, 1).

b) Llámanse imaginarias las visiones, cuando el objeto se presenta no a los sentidos externos, sino a los internos, como a la fantasía, sin que haya en ellas nada de corporal, ni figura, ni otra cosa, aun cuando aparezca a la imaginación como verdadera. Aun este género de visiones deja frecuentemente grandes dudas e incertidumbres al juzgarlas, ya que aquí también puede entrometerse el espíritu malo y todavía más porque una fantasía calenturienta puede crear por sí sola lo que juzga ser obra sobrenatural.

c) Las visiones intelectuales son aquellas en que nada aparece a los sentidos exteriores, o a los interiores, sino sólo al entendimiento iluminado por Dios por un resplandor de luz clarísima, el cual hace comprender al alma (sin formas específicas) lo que agrada al Señor.

3. Reglas de discernimiento

Cualquiera que sea el género de las visiones, es preciso ser muy precavido y tener mucha prudencia al juzgarlas para no caer en error. Los maestros de espíritu dan varios criterios para discernir la bondad de tales v. y apariciones, a los cuales todo buen cristiano debe atenerse.

La primera y principal regla discretiva es la que nos da el apóstol San Pablo (Gál., 1, 8), esto es, que es falso y obra del espíritu maligno todo lo que es contrario a las verdades reveladas o a lo que nos enseña la Sta. Iglesia Católica respecto a lo que se debe creer y obrar.

Segunda: ver si tal visión o aparición lleva a la virtud y a despojar el alma del amor y estima de sí misma y de las criaturas (Gál., 5, 22, 23).

Tercera: si estas v. y apariciones llevan al bien, excitan a la práctica de la ley de Dios, y de los preceptos de la Iglesia, al amor al sufrimiento, a la humildad, a la obediencia; si inspiran pensamientos santos, desconfianza de sí mismo, unida al deseo de que permanezcan ocultas, tienen probable carácter de verdad (I Jn., 4, 1-4).

Si por el contrario fomentan en el alma en que ocurren opinión y estima de sí, dulzura inquieta, obstinación en el parecer propio y deseo de que sean conocidas, se puede juzgar con fundamento que son obra del demonio o de mentes exaltadas.

La mutación imprevista del carácter y de la índole de la persona de dulce y mansa en iracunda y melancólica; de cortés y humilde en despectiva, intolerante con la contradicción y presuntuosa; de prudente y considerada en impetuosa; de obediente en rebelde: estos signos casi dan la certeza de que la v. y las apariciones se derivan del demonio o de una forma de neurastenia (v.).

4. Prudencia y reserva

Las v. y las apariciones no dejan nunca de presentar cierto peligro para la salvación eterna. Ordinariamente Dios permite que existan también v. y apariciones falsas. A Dios le agrada que el cristiano desconfíe mucho de sí mismo y de sus propias fuerzas y capacidad, incluso en cosas de suyo bonísimas, porque puede haber en ellas peligro de engaño. Obrar de este modo es obrar con prudencia e imitar a la Sma. Virgen (cfr. Luc., 1, 26 ss.).

Las v. y las revelaciones que han tenido una gran celebridad en la Iglesia (Paray-le-Monial, Lourdes, Fátima) fueron también sometidas a la dura prueba de la contradicción, ya que cuando una visión y aparición no consigue superar muchos obstáculos se ha de tener por lo mismo como sospechosa.

5. Humildad obligatoria

No es prudente pedir a Dios estas v. y apariciones, más aún, bajo ciertos aspectos es de desear que no las tengamos por los muchos peligros a que están sujetas. Lo mejor es ponerse en las manos de Dios y querer lo que Él quiere, esto es, la vida del deber cotidiano en el estado en que uno se encuentra, realizado con serenidad, docilidad, prontitud, constancia.

Tar.

Bibliografía

Revelationes S. Brigittae
De discretione spirituum
La psychologie du mysticisme
Les grâces d’oraison
Dalla percezione sensibile all’intuizione mistica
Quaestiones pastorales
Pratica dell’orazione mentale
Visioni e rivelazioni nella vita spirituale
Guía médica del intérprete de milagros y favores
Manresa

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