Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

VIRTUD

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1. Noción

La voz v. tiene diversos significados. Entendida en sentido estricto, la v. es una disposición firme (hábito), que tiene por objeto actos moralmente buenos; Sto. Tomás la define: buena cualidad de la mente por la cual se vive rectamente y de la cual ninguno puede servirse para el mal (Sum. Theol., I-II, q. 55, a. 4). Existen virtudes naturales o adquiridas, y v. sobrenaturales o infusas.

2. Virtudes naturales

La v. natural es una propensión firme a poner un acto determinado moralmente bueno, producida en una facultad nuestra por la posición frecuente de este acto. Con esta tendencia va unida siempre la disminución de los obstáculos, o sea la debilitación de la resistencia de la naturaleza caída, causada necesariamente por los actos repetidos que han dado origen a la v. adquirida.

Entre las v. naturales hay cuatro principales, que se llaman v. cardinales (de la palabra latina cardo = quicio). Son la prudencia, que dispone el entendimiento a no juzgar puramente bueno en el momento presente, sino lo que es oportuno para alcanzar nuestro verdadero fin último, Dios; sus especies son: la prudencia individual y la prudencia social; la justicia que hace dar a los otros lo que les es debido: sus especies son: la justicia conmutativa, que dispone a dar lo que es debido por un particular o por una sociedad como entidad particular a otro particular; la justicia legal, o social, que hace dar lo que es debido por los miembros de una sociedad a la colectividad; la justicia distributiva, que hace dar lo que es debido por los gobernantes a los súbditos y dispone también a los súbditos a estar contentos con la distribución equitativa de favores y cargas hecha por los gobernantes; la fortaleza, que dispone del modo debido respecto de los peligros y males graves, especialmente respecto del peligro de la muerte, no se divide en especie; la templanza, que hace conservar la justa medida respecto de los placeres del paladar y del tacto; sus especies son la abstinencia, la sobriedad y la castidad.

Las demás v. naturales van anejas a una u otra de las v. cardinales, por cierta semejanza con ellas. A la prudencia van anejos: los hábitos que disponen al entendimiento a excogitar los medios más oportunos para alcanzar nuestro verdadero fin, a aplicar bien las normas generales de la moralidad en cada caso particular, y a interpretar bien la ley según su espíritu, cuando en un caso extraordinario es necesario renunciar a la letra de la ley. A la justicia van anejas: la religión que hace rendir a Dios el culto que le es debido; las v. que disponen al cumplimiento de los deberes para con los padres, la patria, los superiores; además la gratitud, la veracidad, la afabilidad, la liberalidad, la justicia punitiva, la equidad. Virtudes anejas a la fortaleza son: la magnanimidad que dispone a hacer con la ayuda de Dios cosas grandes, hasta heroicas, en todo género de virtudes, la magnificencia, la paciencia, la perseverancia. A la templanza van anejas: la mansedumbre, la clemencia, la humildad, las virtudes que disponen a tener la medida justa en la aplicación de las facultades cognoscitivas, en vestirse y adornarse, en usar de las comodidades de la vida, y en todo el comportamiento exterior.

Una vez adquiridas las v. naturales crecen con el ejercicio frecuente; si no se ejercitan o se ejercitan rara vez y débilmente pronto se debilitan y terminan por desvanecerse.

3. Virtudes sobrenaturales

Las virtudes sobrenaturales son principios de acción, ingeridos en nuestras facultades por el mismo Dios y que nos dan el poder de poner con la ayuda de la gracia actos sobrenaturales. Estos principios se infunden en el alma junto con la gracia santificante (II Ped., 1, 3 ss.; Conc. de Vienne: Denz. n. 483; Concilio Trid.: Denz. n. 800), pero no siendo las virtudes infusas efecto de actos buenos puestos frecuentemente, pueden subsistir junto con ellas fuertes inclinaciones al pecado, en el período inmediatamente subsiguiente a la conversión. De donde se explica que el que había adquirido vicios, después de su conversión sienta aún una fuerte atracción al mal y poca facilidad en la práctica de la v.

El Conc. de Trento hace mención explícita de la fe, de la esperanza y de la caridad. Estas virtudes, llamadas teologales, porque tienen a Dios por objeto formal y por objeto material primario, son las principales entre las virtudes infusas: la fe es el principio de adhesión firme y sobrenatural a las verdades reveladas por Dios, fundándose en la autoridad de Dios revelador; la esperanza es el principio de una aspiración sobrenatural y firme a la bienaventuranza suprema y a los medios para alcanzarla, fundada en la misericordiosa omnipotencia de Dios, infinitamente bueno para con nosotros y fiel a sus promesas; la caridad es el principio de un amor de Dios sobrenatural y desinteresado, sobre todas las cosas, por el motivo de la amabilidad infinita de Dios, considerado sin relación a nuestro bienestar, y del amor a nosotros mismos y al prójimo por Dios. La caridad, por tener por objeto propio a Dios, nuestro fin supremo, es forma (último complemento) y motor de todas las demás virtudes infusas. Por donde la fe y la esperanza, que quedan en el pecador sin la caridad se llaman informes, en tanto que con la caridad se dicen formadas.

Es doctrina común que en el momento de la justificación se infunden otras virtudes, llamadas morales, las cuales tienen por objeto un bien honesto, distinto de Dios: en efecto, para alcanzar nuestro último fin debemos poner también actos sobrenaturales que tienen por motivo inmediato no a Dios, sino un bien creado; las virtudes morales infusas nos hacen capaces de poner estos actos. Estas virtudes, que se distinguen como las virtudes naturales, tienen el mismo objeto material que las virtudes adquiridas, pero un objeto formal distinto, o sea, un motivo superior y sobrenatural y son por lo mismo esencialmente distintas de las virtudes naturales. Su presencia, sin embargo, no hace superfluas las virtudes naturales que, siendo fruto de una repetición frecuente del mismo acto bueno, dan una facilidad especial para obrar honestamente en los diversos ramos de la actividad humana, en los cuales convergen las virtudes morales infusas.

Los sacramentos producen un aumento de la gracia santificante y de cada una de las virtudes infusas, que crecen junto con la gracia. Nuestras obras buenas, hechas en estado de gracia, merecen este aumento: los teólogos, sin embargo, no están de acuerdo en si este aumento se da siempre o solamente cuando se pone un acto meritorio, que supera en intensidad las virtudes ya existentes en el alma. Las virtudes infusas se pierden junto con la gracia, a excepción de la fe y de la esperanza, que continúan subsistiendo en el alma, siempre que no se cometa un pecado grave directamente contra la fe o la esperanza.

Man.

Bibliografía

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