VIRTUD
Es un hábito operativo que Sto. Tomás, siguiendo a Aristóteles, define: «Buena cualidad de la mente por la cual se vive rectamente y de la que nadie puede servirse para el mal». A la virtud se opone el hábito malo, que es el vicio.
Las virtudes naturales se adquieren con la repetición constante de los actos buenos, y se dividen en virtudes intelectuales (dianoéticas) y virtudes morales (éticas). Cuatro son las virtudes fundamentales, llamadas también cardinales: 1) Prudencia: «recta ratio agibilium» = elección y ordenamiento de los medios al fin; reina de las virtudes cardinales, propia del entendimiento. 2) Justicia: «constans et perpetua voluntas ius suum unicuique tribuendi»; hábito que inclina la voluntad a hacer lo que debe, según la razón; es virtud social, con relación a los demás. 3) Templanza: modera el apetito concupiscible, la pasión del placer sensible. 4) Fortaleza: modera o fortalece el apetito irascible frente a las dificultades.
Las virtudes sobrenaturales son hábitos infundidos por Dios en las facultades junto con la gracia santificante infundida en la esencia del alma. Según la doctrina común, entre estas virtudes se hallan también las cardinales, las cuales perfeccionan y elevan las adquiridas naturalmente. Pero las principales virtudes infusas son las teológicas, porque tienen a Dios como objeto formal, mientras que el de las cardinales es un bien finito.
Las virtudes teológicas son tres: 1) Fe: inclina el entendimiento y la voluntad a adherirse firmemente a la palabra revelada por Dios. 2) Esperanza: inclina la voluntad a confiar en la bondad y omnipotencia de Dios para obtener de Él la vida eterna y las gracias para merecerla. 3) Caridad: inclina la voluntad a amar a Dios por sí mismo, y a nosotros y al prójimo por Dios. Ésta es la reina de las virtudes teológicas, que nos hace unirnos a Dios como Dios y como presente. Siendo su objeto propio y formalísimo Dios, fin supremo, es, según Sto. Tomás, la forma, madre, raíz y motor de todas las demás virtudes. Este pensamiento se encuentra ampliamente desarrollado en S. Pablo en su bellísimo cap. 13 de la primera Carta a los Corintios.
La caridad se halla íntimamente ligada con la gracia santificante: juntamente se infunde y juntamente se pierde por el pecado. La Fe y la Esperanza, en cambio, pueden permanecer en el pecador sin la gracia ni la caridad; en este caso se llama Fe y Esperanza informes, mientras que con la Caridad se llaman formadas. En el momento en que se infunde la gracia se infunden también todas las virtudes y dones del Espíritu Santo. Cfr. Conc. Vien. (DB, 483) y Conc. Trid. (DB, 800).
Bibliografía
Sto. Tomás, , I-II, qq. 61-62;
L. Billot, , Roma, 1928;
A. A. Goupil, , Paris, 1938;
E. Janvier, , Turín, 1940;
A. Michel, «Vertus», en DTC. B. Beraza, , Bilbao, 1929.