VERDAD
1. Diversas acepciones
Ocúpanse de la v. los tratadistas de lógica, metafísica y ética. En lógica la v. es la adecuación, es decir, la concordancia de la idea con el objeto representado por ella; en metafísica se confunde realmente con el ser, lo cual se distingue sólo de un modo formal, en cuanto que expresa directamente su cognoscibilidad; en ética es la concordancia de nuestra conducta con la v. conocida y particularmente la concordancia entre nuestra persuasión y su manifestación. Restringiéndonos al mundo ético vemos la v. en tres campos: religioso, moral, jurídico.
2. Verdad religiosa
La v. religiosa la concebimos típicamente como dogma al cual es obligatoria nuestra adhesión; a ésta la llamamos fe y en el concepto cristiano es el fundamento del edificio religioso. No todas las religiones atribuyen sin embargo igual valor a esta aceptación de determinadas verdades. Así las religiones oficiales del mundo grecorromano no conocieron propiamente ni dogmas, ni ortodoxia, ni fe, y se contentaban con la participación en el culto cívico, sin exigir la adhesión interior a los presupuestos doctrinales del mismo culto. Aunque esto a primera vista parece una gran garantía de libertad espiritual, no se cerró el camino a los procesos de impiedad, de los cuales fueron gloriosas víctimas Sócrates en Atenas y millones de cristianos en el Imperio romano.
3. Verdad y moral
Desde el punto de vista de la moral pura el hombre tiene tres deberes frente a la v.: aceptación, actuación, manifestación. Aceptar la v., esto es, reconocerla tal como es, y como se presenta a nuestro espíritu, no es sólo un acto de inteligencia; es también un acto de voluntad que algunas veces puede requerir una energía especial; esto ocurre cuando la v. a reconocer está en contradicción con nuestros deseos y con nuestras pasiones; el reconocimiento íntegro del Decálogo puede exigir tanta abnegación como la adhesión a los dogmas. Actuar la v. es una expresión, que en el lenguaje neotestamentario compendia toda la vida cristiana, que de esta manera se presenta como el acuerdo pleno entre nuestra conducta y nuestra doctrina religiosa y ética. La distinción del deber de actuar del de aceptar la v. se funda en la negación del intelectualismo ético que confundía los dos hechos y reducía la virtud a la ciencia; nosotros, en cambio, la distinguimos, más aún, las hacemos separables en cuanto que la malicia humana es tan grande que puede rebelarse contra la verdad conocida. Manifestar la v.: éste es el deber más conocido que frecuentemente se enuncia de una forma negativa: no mentir; lo cual exige el acuerdo entre nuestra persuasión y su manifestación, que suele ser verbal. En torno a este deber se levantan muchas cuestiones que se complican frecuentemente más de lo necesario porque se dejan confusas las dos formulaciones: positiva y negativa. La fórmula positiva (manifestar la v.) se ha de manejar con mucho cuidado, ya que puede venir en colisión con otros mandatos éticos que limitan su campo de aplicación. No es necesario decir toda la v., ni mucho menos es necesario decirla a todos; más aún, la misma moral nos prohíbe a menudo decir ciertas verdades (v. Veracidad). Recuérdense las murmuraciones en que se divulgan tantas v., que sería mejor tener ocultas; recuérdense tantas delaciones y espionajes que revelan verdades con enorme daño individual y social; piénsese en la gran importancia que tiene el respeto al secreto de oficio (v. Secreto profesional). La fórmula negativa (no mentir) se considera por muchos como categórica, sin posibilidad de excepciones; otros, en cambio, piensan que también ésta puede admitir alguna rara excepción. Lo cual sucedería cuando el mentir fuese un medio necesario para ocultar verdades dañosas o peligrosas.
Conviene observar aquí además que ante todo una cosa es mentir y otra no manifestar el pensamiento propio; lo mismo que una cosa es afirmar la falsedad y otra no decir la verdad. En muchos casos bastará el silencio o una frase evasiva para tutelar un secreto, observar las normas de la cortesía o defenderse de una amenaza. Pero cuando el silencio o la frase evasiva no son suficientes para garantizar estos fines muchas personas de buen criterio y con ellos muchos teólogos juzgan que es lícita una respuesta que no responda a la verdad. Las razones que se aducen para justificar esta aserción no son sin embargo siempre plausibles. Es preciso, ante todo, decir que estas expresiones se permiten no porque la necesidad las justifique, sino más bien porque en estas circunstancias no se debe juzgar que sean mentiras. En efecto, los hombres sirviéndose de ellas a diario no tienen conciencia de decir mentiras. En efecto, en estos casos falta la correspondencia entre la palabra y el pensamiento, pero no entre la palabra y la realidad. Esto se verifica claramente en las representaciones escénicas y cuando se habla en burla. Así cuando se impone la necesidad de tener oculto nuestro pensamiento y por otra parte la indiscreción ajena voluntaria o involuntaria no nos permite evadir de otra manera la pregunta, nuestra respuesta — cualquiera que ella sea — no cumple la función de comunicar nuestro pensamiento, sino que en sustancia viene a decir sólo esto: No tienes derecho a saber lo que yo pienso.
4. Verdad y derecho
En el campo jurídico la v. puede a veces parecer bifurcada: recuérdense tantas precauciones, a menudo violentamente impuestas, y siempre sujetas a fallo; y más aún en el uso frecuente de ficciones que de suyo, son falsedades. Añádense a esto los subterfugios, que contaminan la práctica forense cotidiana. Pero se ha de reflexionar que las presunciones, aun siendo expuestas a peligros de error, tratan de descubrir y consolidar la v.; las ficciones vienen a ser puros artificios técnicos para aplicar ciertas reglas en ciertos casos que sin tal artificio se sustraerían irracionalmente a ellas; y por este motivo, no obstante las apariencias, podemos decir que las presunciones y las ficciones tienden también ellas a actuar el derecho justo que es también el derecho verdadero. En cuanto a los frecuentes subterfugios que se usan en la ordenación jurídica, aunque no por ella, observamos que el derecho no los sanciona; simplemente se encuentra incapaz de impedirlos algunas veces. De todos modos hay que decir en alabanza de los juristas que entre ellos se acentúa cada vez más el cuidado por limitar las ficciones jurídicas y de refrenar la mala fe en los contratos y procesos. Ante estas verdaderas o aparentes desviaciones de la v. que escandalizan a los profanos, el orden jurídico se encuentra con la enorme dificultad de que frecuentemente le es totalmente imposible adecuar sus juicios a la v. psicológica en el examen de los actos humanos presentados a su tribunal. Aquí el mal se encuentra tal vez prácticamente sin remedio. Pero todo esto no es sino efecto de la imperfección de los organismos y creaciones humanas, por lo que no es de extrañar que el mismo derecho no consiga a veces garantizar el descubrimiento de la v., que en su plano correspondería a la justicia perfecta.
Gra.
Bibliografía
Además de los textos de teología moral, cfr. D. Soto, , Brixiæ, 1552;
J. Manning, , Washington, 1935;
Dekkers, , París, 1935;
Josserand, , en , París, 1936;
Graven, , en , Genève, 1946, p. 106-257;
G. Del Vecchio, , Roma, 1952.