VERDADES DE FE
1. Verdades que se han de creer con necesidad de medio
Si es cierto que hay que buscar en el contenido de la fe (v.) la razón fundamental de su necesidad, es también cierto que no todas las verdades reveladas tienen la misma relación de necesidad con nuestra salvación.
a) Implícitamente al menos debemos aceptar toda la revelación. b) ¿Pero cuáles son las verdades cuya fe explícita es necesaria para la salvación?
El que camina hacia una meta debe ante todo conocerla. San Pablo es explícito como nunca a este respecto: sin la fe es imposible agradar a Dios; por esto quien se acerca a Dios debe creer que existe y que es remunerador de los que lo buscan (Hebr., 11, 6-7). No es posible, pues, acercarse a Dios, esto es, recibir la justificación, sin la fe en Él, autor y término del orden sobrenatural. La creencia en estos primeros artículos es de necesidad de medio.
¿Puede decirse lo mismo de la fe en los misterios de la Trinidad y de la Encarnación? Antes de que el descubrimiento del Nuevo Mundo suscitase los difíciles y conocidos problemas relativos a la suerte de los infieles, la investigación teológica no profundizó demasiado en este problema, pareciendo lógico, después de la venida de Cristo, la necesidad de la fe explícita en estas verdades. Posteriormente se detuvo más la atención en algunos textos de la Sda. Escritura, que parecen inculcar una fe explícita en el misterio de la Encarnación. Se trata de los textos de San Pablo: La justicia de Dios es por la fe de Jesucristo (Rom., 3, 22); Dios justifica a todo el que depende de la fe de Jesús (Rom., 3, 26); por esto, sabiendo cómo el hombre no se justifica por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, creemos también nosotros en Jesucristo, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley (Gál., 2, 16). Textos de San Pedro: Cristo es la piedra angular. No hay otra salvación ni hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en virtud del cual podamos salvarnos (Hechos, 4, 12); y otro de San Juan (Jn., 17, 3).
A estos textos, que parecen explícitos, muchos teólogos añadieron y añaden las siguientes observaciones: si ninguno va al Padre sino por medio de Cristo, si el hombre recibe la justificación haciéndose miembro de Cristo, si se ha de despojar del hombre viejo para revestirse continuamente de Él, es también necesario tener fe en Él.
Análogas reflexiones hacen los teólogos respecto al misterio de la Trinidad, no sólo por su íntima relación con el misterio de la Encarnación, sino también por nuestra íntima asociación a este misterio, hoy en la vida de Gracia, y mañana en la vida de Gloria.
Otros hacen observar por el contrario que el deber de la fe explícita incumbe a todos los creyentes, pero su cumplimiento va condicionado a sus posibilidades subjetivas. Si por lo demás antes de Cristo era suficiente para la salvación la fe implícita en los misterios de la Encarnación y de la Trinidad, no se ve por qué no ha de ser suficiente la misma fe después de la venida de Nuestro Señor Jesucristo no habiendo Él mudado los medios de salvación; y repitiendo el mismo apóstol San Pablo que dos verdades se requieren explícitamente para la fe: existencia y providencia de Dios (texto citado: Hebr., 11, 6-7).
Prácticamente se ha de seguir la opinión más segura en interés de la salud eterna. Por este motivo no es lícito administrar el bautismo o la penitencia a uno que puede instruirse aún suficientemente, si no tiene algún conocimiento de la Trinidad y de la Encarnación (Prop. 64, condenada por Inocencio XI: Denz. 1214).
Pero si no pudiese instruirse, como es el caso de un moribundo, se le ha de bautizar o absolver igualmente, siempre que crea que Dios existe y que premia el bien y castiga el mal.
2. Verdades que se han de creer con necesidad de precepto
Todos los teólogos admiten el deber grave —necesidad de precepto— de conocer explícitamente los dos misterios de la Trinidad y de la Encarnación, así como las demás verdades teóricas y prácticas principales del cristianismo, esto es, las que se contienen en el Símbolo de los Apóstoles, la necesidad y naturaleza de la oración cristiana, los preceptos del Decálogo y los de la Iglesia; los sacramentos necesarios a todos y los que cada uno en particular se prepara a recibir.
Pero no se debe limitar a este mínimum en cada individuo la ciencia de Cristo: debe ser por el contrario proporcionada a la capacidad y necesidades de cada uno, a fin de que su amor abunde cada vez más en el conocimiento y en toda discreción (Fil., 1, 9). La falta de equilibrio entre la cultura profana y la religiosa es con frecuencia ocasión de íntimas crisis y de particulares desorientaciones.
3. Las verdades presentadas por la Iglesia
Finalmente, además de las verdades reveladas por Dios, estamos obligados a prestar nuestro asentimiento a las verdades relacionadas con las mismas y que la Iglesia define y hace objeto de sus decretos doctrinales.
Pal.
Bibliografía
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