Diccionario de Teología Moral

Giuseppe Bozzetti, I.C. (Boz.)

TOTALITARISMO

Recursos

1. Noción y aplicación

2. Principios informadores y su crítica

1. Noción y aplicación Palabra de cuño reciente, esto es, de los años que siguieron a la primera guerra mundial, cuando en varios países se afirmó una tendencia a sustituir el régimen parlamentario por un gobierno absoluto de hecho y de derecho, pero revestido de todas las apariencias exteriores de la democracia, o también, como ocurrió en Rusia, sustituyendo al gobierno absoluto de los zares un gobierno aun más absoluto, pero bajo una máscara democrática. En ambos casos se volvía, por modalidades y detalles sugeridos por las circunstancias, a los modelos de los plebiscitarios gobiernos napoleónicos. Según los diversos países el totalitarismo se efectuó con modos más o menos decisivos y pesados. Ciertamente el fascismo en Italia gravitó sobre la nación antes de su quiebra final menos que el nazismo en Alemania. Pero su principio era el mismo: nada fuera del Estado; todo en el Estado y por el Estado .

2. Principios informadores y su crítica La aplicación directa de este principio llevaba a eliminar todo concepto y toda acción que no subordinase completa y exclusivamente el hombre al Estado. Estos totalitarismos modernos identificaban además el Estado con el dictador y su camarilla de confianza.

El concentrar todos los poderes sin límite ni control en las manos de un hombre sólo se presentaba no como un régimen oportuno en circunstancias excepcionales, y mientras duraba la emergencia, sino como el método ordinario mejor para asegurar la unidad social y el desarrollo más eficaz y fecundo de las energías de un pueblo en una época de técnica complicada como es la nuestra. Los parlamentos, las elecciones, las rivalidades de los diversos partidos no son más que estorbos al bien público, no producen sino desorden o distracción de fuerzas al progreso general. Este aspecto del totalitarismo se encuentra preñado de peligrosas consecuencias; la dictadura continuada concluye en el despotismo y de hecho siempre termina con una catástrofe. La historia del fascismo y del nazismo confirma la experiencia de los siglos precedentes que tuvo su mayor y más próxima resonancia en la suerte del primero y del tercer Napoleón. Pero éste no es más que el aspecto exterior del totalitarismo. Mucho más grave para la conciencia humana y cristiana y a propósito para sugerir más amplias consideraciones es su esencia íntima.

Cuando se dice nada fuera del Estado, todo en el Estado y por el Estado, se pronuncia un juicio que tomado a la letra y sin serias reservas constituye la negación de los valores fundamentales de la persona humana. Los creadores de la doctrina del Estado moderno, nacida en el ochocientos, no parece que se dieron cuenta de la contradicción en que se ponían con el espíritu del movimiento liberal de la época.

Éste lanzó con la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano los llamados principios inmortales. Pero pronto presentó la doctrina del Estado como fuente del derecho , de todos los derechos, por lo que nada puede haber en el hombre (identificado con el ciudadano) que no deba recibir su norma esencial de la mente y de la voluntad colectiva, vigente en el Estado y por el Estado. Por consecuencia lógica las libertades de la Declaración tenían sentido solamente en cuanto eran determinadas y definidas por el Estado. El liberalismo histórico no aceptó nunca explícitamente y hasta el fondo estas consecuencias; pero no resolvió la contradicción, y canonizando la doctrina citada del Estado abría, ciertamente sin quererlo, el camino a la revolución totalitaria. Si el Estado es la fuente del derecho, está claro que está sobre el individuo, más aún, que le da todo el valor de que pueda enorgullecerse y le puede imponer la norma: Fuera de mí no eres nada, en mí y por mí lo eres todo . Aceptando en toda su fuerza este principio hasta una monarquía liberal como Inglaterra o una democracia como los Estados Unidos, serían virtualmente totalitarias.

Pasa a un segundo plano la cuestión de si conviene que el Estado sea dictatorial o liberal (liberal en cuanto incluye una coordenación de poderes distintos con control recíproco), o que el Estado dependa de una clase privilegiada de ciudadanos o del voto de la mayoría. Puede existir también un despotismo del pueblo, no sólo de reyes, jefes u oligarquías.

El error fundamental está en declarar al Estado fuente del derecho, en no distinguir en el individuo humano lo que tiene un valor relativo, y por lo tanto sometible a las exigencias sociales, y al poder jurídico del Estado, y lo que tiene un valor absoluto (constitutivo supremo por lo tanto de la persona), que el Estado ni da ni puede dar. La persona humana tiene en sí algo que le viene directamente de Dios, cual es su capacidad para alcanzar la verdad natural y sobrenatural, para tener una moralidad y una conciencia, para tender a una felicidad no sólo terrena, sino eterna, para decidir libremente de sí misma y de su existencia, para pertenecer a la humanidad universal, todo lo cual el Estado lo debe tener en cuenta. Podrá ciertamente intervenir en las modalidades en que aquella capacidad es ejercitada por el individuo, pero no puede tocar su esencia. Hay derechos esenciales sobre los cuales precisamente la persona se afirma y subsiste.

Es deber del Estado conocerlos y reconocerlos y su función es mantener un ambiente social en que tales derechos puedan afirmarse y desarrollarse; y la soberanía del Estado respecto de los individuos está precisamente en regular los elementos y las fuerzas inferiores de la naturaleza humana, para que no perjudiquen, sino más bien concurran a la formación y perfeccionamiento de aquel ambiente. Un Estado, aunque sea con el voto de una indudable mayoría, en el momento que viola estos derechos esenciales de la persona humana, aunque sólo sea en uno de los ciudadanos, o en un solo individuo humano no ciudadano, se hace injusto y despótico.

Con el respeto a la persona humana, cuyo concepto sólo puede encontrar su exacta y comprensiva explicación en la doctrina cristiana, el Estado irá por el buen camino. Sólo así será posible determinar el valor y los límites de la soberanía del Estado, evitando el peligro no sólo de un aparente sino también de un oculto e implícito totalitarismo. Boz.

Bibliografía

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