SÍFILIS
1. Datos históricos. - Sobre el origen de la s. (denominada así en 1530 por el médico y humanista Jerónimo Fracastoro, en su célebre poema Syphilis, seu de morbo gallico, que narra la historia de un pastor americano, Sífilo, que por haber ofendido a los dioses fue atacado por una grave enfermedad que se difundió rápidamente entre la población) no poseemos datos seguros. Algunos autores, basándose en el pasaje del Levítico 13, 15, y en alteraciones óseas encontradas en esqueletos antiquísimos, opinan que la s. fue una dolorosa contribución del hombre desde la más remota antigüedad. Sostienen otros que la s. fue una infección desconocida en el mundo civilizado hasta que los marineros de Cristóbal Colón se contagiaron de ella en América y la trajeron a Europa. Lo cierto es que la s. a fines del s. xv se difundió epidémicamente, con excepcional gravedad por todo nuestro continente hasta el punto que Scillazio en una carta enviada desde Barcelona el 18 de junio de 1495 se refiere a ella como enfermedad difundida rápidamente desde Francia (qui nuper e Gallia defluxit in alias nationes).
La endemia sifilítica después de haber revestido caracteres de particular gravedad en los primeros tiempos de su difusión fue atenuándose aunque constituyendo siempre por su difusión —que no conoce barreras de raza o de condición social— y por la gravedad de las consecuencias que puede aportar al individuo y a su descendencia una de las mayores plagas sociales. Notemos que hoy uno de los sinónimos más usados de la s. es lúes (que es como decir enfermedad contagiosa por excelencia, lo cual científicamente es inexacto).
2. Características. - La s. es una enfermedad infecciosa producida por una espiroquetácea particular descubierta por Schaudinn en 1905 de una cincuentésima de milímetro de larga y denominada treponema pallidum (o también, con menos propiedad, spirochaeta pallida). El germen penetra en el organismo por contacto a través de mínimas soluciones de continuidad en los tegumentos y —después de 2-4 semanas de incubación— aparece en la parte afectada una nudosidad característica que toma el nombre de sifiloma inicial y que se ulcera (úlcera sifilítica primitiva, úlcera dura), acompañada de resentimiento de las glándulas linfáticas. El contagio luético sucede generalmente en los contactos sexuales. Pero no son raras otras vías y sedes: en la boca (por el uso de vasos, cubiertos, etc., inficionados), en los dedos (infecciones profesionales de médicos, comadronas, enfermeros), en los pechos (infección por lactancia), etc.
El contagio sifilítico se verifica sin el característico fenómeno inicial en los casos en que el treponema se sumerge directamente en el torrente circulatorio (como en infecciones —por lo demás excepcionales— de transfusiones sanguíneas) o en la infección congénita del feto. Después de uno a dos meses surgen las manifestaciones generales que caracterizan el llamado período secundario de la infección: roséola sifilítica, hinchazón de todas las glándulas linfáticas, resentimientos viscerales más o menos graves, calentura, y —sucesivamente— sensación de astenia y de malestar, cefalalgias, etc. Con el tiempo la sintomatología se atenúa y después desaparece. A los tres o cuatro años se inicia el período terciario cuyas manifestaciones —de tipo nodular (gomas) y de tipo infiltrativoesclerosante— atacan los órganos internos (hígado, riñón, páncreas, etc.) alterándolos profundamente. Mucho más tarde (después de unos 10-20 años del contagio) tiene lugar el llamado período cuaternario, caracterizado por manifestaciones de tipo constantemente progresivo y muy poco sensibles a las curas específicas. Estas manifestaciones interesan el corazón y especialmente la aorta y el sistema nervioso (parálisis progresiva (v.) y tabes dorsal). Éste es en líneas generales el desarrollo usual de la s. adquirida, cuando no es curada convenientemente.
Si este decurso —relativamente benigno respecto a lo que se verifica en los primeros tiempos de la pandemia luética— hace menos severo el pronóstico acerca de la vida y salud de cada luético, es de suyo fuente de mayores calamidades familiares y sociales en el sentido de que el individuo se inclina más fácilmente a subestimar la gravedad del mal y a engendrar en una de las diversas fases de remisión clínica de la lúes hijos casi seguramente luéticos. La s. ciertamente es fácilmente transmisible a la prole. En otros tiempos se creía que la transmisión sucedía por la vía de los elementos germinales, pero hoy juzgan los más que sucede después de la fecundación a través de la circulación materna. Por lo tanto, es mejor hablar de s. congénita y no de s. hereditaria. La s. congénita es socialmente bastante peor que la s. adquirida, ya que reduce la fecundidad de los cónyuges, favorece los abortos, los partos prematuros, la mortalidad infantil, incrementa la morbilidad y la mortalidad de los supervivientes y es una de las mayores causas de las cerebropatías infantiles y de las llamadas psicodegeneraciones que tanta contribución dan a los hospicios, cárceles, etc.
Se ha de añadir que la s. congénita puede transmitirse en segunda generación, aunque de ordinario ya no con manifestaciones activas, sino con estigmas degenerativos (nariz en silla, distrofias dentarias, deformaciones craneanas, etc.); la transmisibilidad se extingue espontáneamente en las generaciones sucesivas.
3. Tratamiento.
- La s., fácil y seguramente determinable en cualquier estadio mediante diversos suerodiagnósticos, del más importante de los cuales es el propuesto por Wassermann en 1906, es hoy la más curable de las enfermedades graves (N. Tommasi) y es también susceptible de curación. La cura antiluética, que hasta 1910 se fundaba casi exclusivamente en el mercurio, a partir de aquel año por obra de Ehrlich comenzó a tratarse bastante más eficazmente con arsenobenzoles y —más recientemente— con bismuto (1919), y en estos últimos años con penicilina. El empleo sistemático de estos diversos medicamentos, que se han de usar alternándolos oportunamente según la entidad del mal, de las reacciones individuales, etc., da mayor garantía, si no para las curaciones definitivas de la s., al menos para la rápida desaparición de las manifestaciones luéticas. Entiéndese que la cura será tanto más eficaz cuanto más oportuna y repetida —a intervalos— por un trienio, pero el sujeto habrá de quedar bajo observación clínica y suerológica por toda su vida, a fin de que sea posible desarraigar desde el principio cualquier rebrote de esta enfermedad cronicísima.
4. Profilaxis. - El método mejor consiste en la continencia.
5. Consideraciones éticosanitarias. - Es evidente ante todo la obligación que todo enfermo tiene de evitar el comunicar a otros su enfermedad. Serán necesarias por lo tanto oportunas precauciones especialmente entre miembros de la misma familia. Recientes estadísticas indican que la s. va atenuándose en la gravedad de los síntomas y en su difusión.
Parece que esta marcha favorable es independiente de toda providencia profiláctica y curativa, estando ligada por el contrario a la evolución natural del mal: al igual que cualquier otro contagio (peste, cólera y similares), éste parece irse agotando lentamente. Esta comprobación (que podría ser desmentida por lo demás por nuevas exacerbaciones de la s.) no quita su valor a las providencias curativas y profilácticas. Conviene añadir aquí que si es cierto que la infección luética pierde mucho de su gravedad cuando es curada oportunamente, sin embargo el número de los sifilíticos que tienen la prudente decisión o la posibilidad de someterse a este tratamiento es muy exiguo. Es evidente, por lo tanto, la necesidad, incluso moral a la vista de los daños personales y sociales derivados de una s. descuidada, de inculcar en todo enfermo la obligación de someterse a curas prolongadas y a controles periódicos y la de auxiliar a estos enfermos incluso con dispensarios gratuitos. Una grave rémora en la lucha contra la difusión de la s. la da el secreto profesional que hay que sostener: el médico está estrictamente obligado a no revelar esta enfermedad sin el consentimiento explícito del enfermo.
Este es el camino que han de seguir también las demás naciones si se quiere vencer en esta benemérita cruzada por el mejoramiento biológico y económico de la nación. Un buen paso en este camino sería el sugerido por Tommasi, menos costoso y más fácilmente realizable: la verificación de exámenes suerológicos en los puntos nucleares de la vida social (admisión a la escuela, entrada y salida del servicio militar, admisión al trabajo, matrimonio). Con estos exámenes se explorarían anualmente amplias masas de personas; se determinarían las formas, a veces ignoradas o latentes, y se podrían disponer sistemáticas intervenciones curativas. Riz.
Bibliografía
Bibliografía
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S. Maria e
S. Gallicano, abril 1950 Id., La sifilide nel 1950, ibid., marzo 1951
L. Tommasi, Corso di patologia e clinica dermosifilopatica, parte II, Roma, 1948
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J. García Bayón, La sífilis y el matrimonio, en Ilustración del Clero (1941), 48-52.