REMORDIMIENTO
1. Noción. - El remordimiento es el tormento que siente la conciencia por el mal que ha cometido. La conciencia, entendida como aplicación de la norma ética al caso particular, la dividen los teólogos en conciencia antecedente, concomitante y consiguiente. La conciencia antecedente da el juicio del valor moral de la acción antes de que se realice; la conciencia concomitante acompaña con su fallo el desarrollo de la acción, y la conciencia consiguiente es el juicio que sigue a la actividad humana. Este triple momento sobre el cual gira, por decirlo así, la actividad de la conciencia toma regularmente su tono del primer juicio moral práctico (precedente) debiéndose juzgar de la acción, mientras se realiza y después de realizada de conformidad con el juicio formulado antes de obrar.
Por otra parte, este solo es el que tiene valor normativo, mientras que el juicio sobre la acción ya puesta tiene sólo valor de testimonio y veredicto. Ahora bien, el remordimiento es un aspecto de la conciencia consiguiente: al veredicto de condenación de la acción mala propia sigue en la conciencia, que no esté totalmente cauterizada, esto es, que no se halle pertinazmente habituada al mal, un sentimiento de pesar al que llamamos remordimiento.
Y como la conciencia es una norma, no ya constitutiva del orden, sino manifestativa del mismo, no absoluta y autónoma, sino subordinada y relativa, dependiente esencialmente de la norma suprema y absoluta (la ley eterna de Dios) y por lo mismo es voz de Dios, præco Dei, también el remordimiento es de algún modo un llamamiento de Dios al pecador, una gracia iluminativa, cuya privación en las conciencias que se dicen cauterizadas es ya un terrible y temible castigo. Este llamamiento de Dios por medio del remordimiento tiene al mismo tiempo algo de práctico y de misericordioso, en armonía con los dos atributos de Dios, justo y misericordioso. Lo trágico y al mismo tiempo lo amoroso de este llamamiento se manifiesta con vivos colores en algunos episodios de la Biblia, como en la escena de Caín después de matar a Abel («grande e insoportable es mi delito»: Gén., 4, 3-16); en la traición de Judas («pequé entregando la sangre inocente»: Mat., 27, 3-10), y en la parábola del hijo pródigo («me muero de hambre: me levantaré...»: Luc., 15, 11-32).
La literatura humana, aunque con bastante menos eficacia que las páginas divinas de la Biblia, no ha dejado de pintar dramáticamente el tormento del remordimiento; baste recordar la famosa tragedia de Shakespeare con la sombra terrible de Banquo ante Lady Macbeth y la conversión del Innominado en Los Novios de Manzoni.
2. Diversas orientaciones. - Es útil observar la diversa reacción y desarrollo que tiene el remordimiento en la conciencia de los que son agitados por él.
Para algunos es el primer paso para un movimiento de arrepentimiento que amparándose en la misericordia de Dios concluye en la conversión (v.); para otros es motivo de desesperación que encuentra a veces su refugio en el suicidio, al que se juzga expediente único para sustraerse a aquella voz. Dos son las orientaciones, fuera de la de una agitada espera, que puede tomar el hombre frente a esta primera gracia de iluminación concedida al pecador por la bondad misericordiosa de Dios. El pecado es un acto de rebelión contra Dios, que es orgullo; es también orgullo negarse a reconocer humildemente el pecado propio, a lo cual invita el remordimiento. El remordimiento, no acompañado de la humildad, afirma la voluntad del pecador en el orgullo del pecado, por lo que resulta estéril, más aún, agrava su situación. Pero en el que dobla humildemente su frente ante su propia responsabilidad el remordimiento es el primer paso para la contrición. El psicoanálisis materialista no puede menos de mostrarse incapaz de entender este sentimiento de culpabilidad y al encontrarlo en su experiencia clínica, lo considera un obstáculo al equilibrio afectivo y a la adaptación social del paciente. Que pueda darse en un sujeto neurótico puede llegar a concederse (presentado a veces en forma obsesiva), pero en el individuo normal la única explicación de este misterio psicológico está en nuestra necesaria dependencia de Dios por la naturaleza y por la gracia y en la necesidad que de él tenemos.
Cuando el pecado nos priva u ofusca su visión, el alma tiene la sensación de un equilibrio perturbado por la preferencia dada al bien falso frente al bien verdadero, Dios. Cuando la culpa es una degradación de la misma creatura irracional, desquiciada de su eje y sometida a la vanidad, entonces S. Pablo habla de una especie de remordimiento cósmico; toda la creación «gime» y aspira ansiosamente «a la manifestación de los hijos de Dios», para participar también ella en su «gloriosa libertad» (Rom., 8, 22). Pal.
Bibliografía
Bibliografía
B. Häring, La loi du Christ, I, Tournai, 1955, p. 556 ss.