Diccionario de Teología Moral

Bartolomeo Verzeroli (Ver.)

PSICOLOGÍA

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1. Noción. - Esta voz significa ciencia o tratado del alma y su uso data de una fecha relativamente reciente. Aristóteles tituló su tratado περὶ ψυχῆς (De anima). El primero que usó el término p. parece que fue Melanchthon (1497-1560). Es cierto, sin embargo, que Goclenio Rodolfo (1547- 1628) publicó en 1590 en Marburgo un libro titulado Psychologia, hoc est de hominis perfectione, animo..., donde recogió diversas sentencias sobre el origen del alma y sobre otras cuestiones psicológicas. Otto Casmann, pastor protestante de Stade, en Hannover, discípulo del anterior, publicó (Hannover, 1594; Francfort, 1604) un libro titulado Psychologia Anthropologica, sive animæ humanæ doctrina. Este último fue el primero en llamar antropología (v.) la ciencia que estudia al hombre y la dividió en p., cuyo objeto es el alma, y somatología, cuyo objeto es el cuerpo. Después subdividió la somatología en anatomía y fisiología. Después de Wolff este término fue tomando consistencia y a partir de Kant vino a ser de uso común, aunque en la lengua inglesa han tratado de persistir las denominaciones de mental science, mental philosophy, intellectual philosophy of human mind. El alma da lugar a estudios diversos.

Se pueden considerar los fenómenos psíquicos: sensaciones, sontimientos, pensamientos, voliciones, en su misma naturaleza para subir después a su causa, o sea al principio sustancial, al alma, para estudiar su naturaleza'y deducir las consecuencias oportunas. Se pueden estudiar los diversos fenómenos para establecer sus causas próximas y formular las leyes según las cuales se verifican estos fenómenos. En el primer caso tenemos la psicología racional; en el segundo, la psicología experimental, fs ta sirve, al mepos en parte, como presupuesto de aquélla, porque la filosofía, si quiere ser verdaderamente tal y no un sustituto con pretensiones filosóficas, debe tomar por base los datos de la experiencia como han hecho los grandes filósofos desde Aristóteles a Sto. Tomás y los modernos neotomistas; no los sueños y las quimeras. Debemos evitar absolutamente el doble escollo del apriorismo exagerado y del servilismo empírico.

En tiempos de desvarios intelectuales que pueden tener cierta semejanza con los nuestros, un sabio de la antigúedad, Sócrates, re-· firléndose a la Inscripción del templo de Delfos: conócete a ti mismo, abrió el camino a los dos filósofos más excelsos de la antigüedad: Platón y Aristóteles, y a aquella filosofía que se llam ará perenne, porque, no obstante los venenosos dardos de sus adversarios de todos los tiempos, pasó a través de los siglos como fruto no de un solo entendimiento, por agudo que fuera, sino del entendimiento humano. Estudiamos al hombre. Ante todo es un cuerpo porque en él encontramos la materia con sus fenómenos físicoquímicos. La p.

supone por lo tanto la cosmología. Comprobamos después en el hombre tres hechos: la nutrición, el aumento (no por superposición, sino por intosuscepclón) y la generación, como en los vegetales. A éstos se agregan otros tres: el sentir, el apetecer y el movimiento local, como en los animales. Algunos se detienen aquí, pero un análisis ulterior descubre dos hechos más elevados, absolutamente propios del hombre (en el mundo que habitamos): la intelección y la volición, que son de naturaleza muy distinta del sentido y del apetito sensitivo, y por lo tanto requieren no sólo un principio distinto del de los anorgánlcos y de los vegetales, sino también de los brutos animales. Esto que en el hombre hay de común con aquéllos no debe arrastrarnos al engaño. £1 se distingue por lo que tiene propio. Y entonces comprobaremos que el hombre conoce — incluso prescindiendo* de la materia—, y quiere libremente, y concluiremos que está dotado de un alma espiritual inmortal, que tiende no a esta o a aquella felicidad, sino a la felicidad, que es la feli- cidad completa, sólo felicidad, y que es capaz de satisfacer todas las ansias del alma humana.

Se da también el nombre de p. al modo especial de sentir, juzgar y obrar lo mismo de los grupos humanos que de los individuos, así como al estado de ánimo según el cual en un determinado momento uno siente, juzga y obra. Y aquí hemos de distinguir entre el que está psicológicamente sano y el que está enfermo (para la patología, v. Psiconeurosis, Psicosis, etc.); y también entre los sanos la diversidad de psicología según los.

diversos individuos e incluso en el mismo individuo según las diversas circunstancias de edad, lugar, ambiente, educación y condiciones físicas. 2. P. y m o r a l. - Para el estudio de la moral es necesario conocer perfectamente al hombre. Permítasenos una comparación: una máquina, por simple y despreciable que sea, obra según la mente del que la ha ideado y construido, no según el caprichoso gusto y deseo del que la hace funcionar; así el hombre, el cual, aunque opere libremente, es ante todo la obra de un artífice, de Dios (Ipse fecit nos et non ipsi nos: salmo 99, 3). El Autor le ha.señalado ciertamente el fin que debe alcanzar obrando según su naturaleza inteligente y libre, y por este motivo los diversos fines que se propone, de suyo, o están ordenados a aquel fin o en contradicción con él. En el primer caso tiende a su fin y obra bien, en el segundo obra mal. Los fines que él se propone podrán ser logrados físicamente, dada su libertad física; moralmente son un daño si no son subordinados al firi último. Las morales erróneas no conocen al hombre exactamente y en tanto que algunas lo quieren divinizar haciéndolo árbitro absoluto de sus acciones, otras lo quieren rebajar al nivel de los brutos, negándole aquellas cualidades por las cuales se distingue esencialmente de ellos (v. Moral independiente).

No se debe fundar la moral tampoco sobre el hecho, o sea, sobre el modo según el cual obran algunos o muchos, porque la p., haciéndonos conocer al hombre físicamente libre, nos enseña que una cosa es el hecho de obrar y otra el deber de obrar de un modo más bien que de otro. La p. en- el sentido de estado psicológico, debe ser tomada también en consideración porque si es cierto que el hombre es inteligente y libre es también cierto que no siempre ejercita plenamente su inteligencia y su libertad. Estos estados psicológicos pueden hacer al hombre reflexivo, pero también pueden hacerle precipitado o negligente en sus decisiones; pueden ofuscar su mente y pueden dejarle el pleno uso de su libertad; pueden determinar inclinaciones contrarias al veredicto de la mente, reacciones u otros impedimentos que, aunque indirectamente, entorpecen o llegan a suprimir el uso del libre albedrío. De aquí se sigue por consecuencia el tratado sobre los actos humanos y sobre las condiciones que aumentan, disminuyen o quitan el voluntario. Ver

Bibliografía

Bibliografía

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