MÍSTICA
1. Significado de la palabra. - El sustantivo m. y el adjetivo místico se entiende en sentidos bastante diversos. En la teología católica bajo la palabra m. se entiende primariamente un conocimiento superior de carácter casí experimental de Dios, que habita en el alma en gracia. Este conocimiento no es ni puede ser fruto de inquisiciones y razonamientos, ni de cualquier otra práctica ejercitada por el hombre, sino sólo de una moción especial de Dios que se hace sentir en el alma cuando y como quiere. Este misterioso contacto del alma con Dios no es» sin embargo, una verdadera visión; las descripciones que de él dan los místicos dejan entrever que podría de algún modo parangonarse con la conciencia que en nuestras acciones tenemos de nuestra alma, aunque no la veamos: Dios, causando admirables efectos en el alma (Rom., 8, 16), se hace como tocar por ella, como Principio que le da vida, y como Ser sumamente amable e infinitamente superior a todos nuestros conceptos.
El ferviente amor sobrehumano, o sea Infuso, de Dios, que va por lo regular unido a esta viva perfección de Dios, forma parte también de la m., entendida en un sentido estricto y católico. Las mociones divinas que mueven las facultades humanas a estos actos de conocimiento y de amor de Dios son gracias por excelencia místicas*Por derivación los teólogos llaman también m.
a cualquier acción divina que hace activos los dones del Espíritu Santo (v. Dones del E sp íritu Santo), y cualquier otra actividad de los mismos, los cuales son más frecuentemente en acto en las almas perfectas; más aún, se califica m. la actividad sobrenatural completa de aquellos en quienes prevalece el influjo de los dones del Espíritu Santo. Se llaman además místicos en la teología católica, ciertos fenómenos de orden intelectual o psicofisiológico, que no son esenciales a la vida mística, pero que a veces acompañan a la unión mística con Dios, como son: las visiones y éxtasís, las locuciones o palabras sobrenaturales que son percibidas, los toques divinos, o sea deliciosos sentimientos espirituales, impresos en la voluntad, la levitación, las irradiaciones luminosas, los efluvios olorosos, la abstinencia prolongada, las llagas. Junto a estas significaciones de la palabra m., todas sólidamente fundadas, existen otras.
Bajo la palabra m. se entienden también en efecto las prácticas exteriores e interiores, por medio de las cuales algunos secuaces de religiones y sistemas falsos se esfuerzan por llegar a un especial contacto con Dios, así como algunos estados extáticos verificados en secuaces de estas sectas: así se habla de mística neoplatónica, musulmana, budista, etc. Otros califican de místico a todo sentimiento religioso, por poco intenso que sea o de índole afectiva, más aún, a cualquier doctrina o manifestación religiosa. Hay, finalmente, algunos que emplean la palabra m.
para designar cualquier tendencia a lo suprasensible, como también cierta sentimentalidad prevalente en la vida de algunos individuos.
2. M. cristiana. - En el seno del cristianismo, desde sus orígenes hasta los días que vivimos, ha florecido una auténtica m. Es falso atribuir todos los fenómenos místicos a una especie de psiconeurosis, como algunos incrédulos han hecho: el equilibrio moral de los grandes místicos cristianos y las obras de bien realizadas por ellos y llevadas a buen fin bastarían para demostrarlo. Es igualmente equivocado no ver en los fenómenos místicos más que una sublimación del amor sexual; si los vocablos «nupcias o matrimonio espiritual, caricias divinas» y otros similares, salen con frecuencia de la pluma de los místicos, la razón es que no existe otro lenguaje más adecuado para expresar de \m modo analógico las ternuras* de la mística unión del alma con Dios. Y no se puede decir que nuestros místicos sean víctimas de autosugestión o de alucinación: el heroísmo de que dieron prueba en el ejercicio de la virtud y las obras de grandísima utilidad pública realizadas por ellos no pueden ser inspiradas sino en una sublime realidad.
No hay que confundir tampoco la m. con el sentimentalismo: éste no tiene nada que hacer con los genuinos fenómenos místicos y no es cultivándolo como el alma se prepara a las gracias especiales del Señor, sino mortificándola. La genuina vida mística supone una seria ascética y dolorosas purificaciones pasívas de los sentidos y del espíritu generosamente aceptadas y soportadas.
La Iglesia ha sido siempre rigurosa contra cualquier degeneración en el campo de la m.; una de Las condenaciones más importantes es la del quietismo, en 1687 (Denz. n. 1221 ss.).
3. Llamada a la vida mística. - Es doctrina que tiende a hacerse cada vez mas común entre los teólogos modernos y que cuenta muchos y fuertes defensores en la edad patrística y escolástica el que la unión mística con Dios, aun siendo un don gratuito del Señor, no se ha de colocar sin embargo entre las gracias, de suyo extraordinarias, como son, p. ej., las revelaciones, los éxtasís, las llagas; y que por parte de Dios hay una llamada, no siempre próxima, pero al menos remota, de todas las almas en gracia a esta unión. Si se tiene ante los ojos el que Dios está presente en toda alma en gracia, como objeto de especial conocimiento y amor, la unión mística del alma con Dios aparece como un elemento sin el cual la vida sobrenatural no alcanza aquí'abajo la plenitud de su desarrollo normal. No es, por lo tanto, ilícito aspirar a esta unión y humildemente implorarla del Señor.
Si los que de hecho gozan el favor de la unión mística con Dios son raros, esto no se debe a la naturaleza de esta unión, y a una arbitraria limitación de los favores por parte de Dios, sino al hecho de que muy pocos corresponden plenamente a la gracia y quieren sufrir sin resistencia las dolorosas purificaciones de los sentidos y del espíritu, sin las cuales el hombre queda desordenadamente apegado, aunque sólo sea de un modo muy sutil, a sí mismo y a las cosas creadas.
El hecho de permanecer privado de la unión mística con Dios puede ser a veces consecuencia tafnbién de la ausencia Involuntaria de ciertas circunstancias a causa de la cual almas, incluso generosas, que llegarían a la unión mística con Dios, sólo después de un tiempo más largo que la duración ordinaria de su vida terrena, de hecho, por falta de dichas circunstancias, como inteligencia y capacidad de una formación superior, no la alcanzan (v. también A scética y M ística). Man. T ÍlB L. — A. G a r de il, La structure de l ’ám e et Vexpérienúg mystique, París, 1927; G. M a r e c h a l, Études sur la psychologie des mystiques, París, 1924-1937; A. S t o l z, Teología della mística, Brescia, 1940; P. C a i r e, Précis de patrologie, vol. I, París, 1927, p. 19-21; vol. II, París, 1936, p. 355-357; J. G. A r i n t e r o, La evolución mística, Madrid, 1952; N a z a r io de Santa Teresa, O. C., Filosofía de la Mística, Madrid, 1953; J. Seisdedos, Principios fundamentales de la Mística, 5 v o ls., Madrid, 1913-1917; J. G. A r i n t e r o, Cuestiones místicas, Madrid, 1956.