Diccionario de Teología Moral

Ugo Lattanzi (Lat.)

LAICADO

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1. Concepto . - El concepto de laico no puede ser definido sino a la luz de una doble relación ; para con aquellos que están fuera de la Iglesia, de la cual es miembro el laico, y para con aquellos que en la Iglesia ejercen ministerios públicos. A la luz de la primera relación resulta que el concepto de laico es un concepto exquisitamente cristiano.

En efecto, el laico es «miembro de aquel pueblo — laos — que es el verdadero Israel de Dios (Gál., 6, 16), la verdadera estirpe electa, el sacerdocio real, la gente santa», de la cual habla San Pedro en su primera epístola (2, 9). Esto significa que el concepto de laico no coincide precisamente con el concepto de profano. Ya que el laico, en cuanto que es miembro del Cuerpo Místico de Cristo, que es una realidad intrínsecamente santa por su origen, constitución y destinación, participa de esta santidad, pertenece a Cristo y está consagrado a Él (I Cor., 3, 23). A la luz de la otra relación surge la diferencia entre el laico y el clérigo.

Como en el antiguo Israel carnal (I Cor., 10. 18), que en relación con los demás pueblos de la tierra era considerado como «reino de sacerdotes y gente santa» (Éx., 19, 6), existía la distinción, de derecho divino, entre simples israelitas y levitas (Núm., 18, 6); así también en el Israel de Dios existe, por derecho divino, una distinción análoga entre laicos y clérigos.

En efecto. Cristo, de la turba de los discípulos, eligió el colegio de los doce (Marc., 3, 13-15; Luc., 6, 12), a los cuales dió el título de Apóstoles (Luc., 6, 13) y con el título les confió algunas prerrogativas extraordinarias y ministerios públicos para el bien de la Iglesia. En cuanto a los públicos ministerios son : el ministerio de la palabra o apostolado misionero (A. A., 6, 4; 20, 24), destinado a convertir las gentes; el ministerio de los misterios o administración de los sacramentos (I Cor., 4, 1); el ministerio pastoral que se articula en el poder de magisterio y de imperio, y está destinado a conducir a la santidad personal a todos los cristianos (Efes., 4, 12).

Desde el momento en que estos ministerios deben ser ejercitados por el colegio apostólico hasta el fin de los siglos, como se deduce claramente del texto evangélico (Mat., 28, 18-20), se sigue que el colegio apostólico subsistirá perennemente en el sentido de que hasta el fin de los siglos existirá en la Iglesia la transmisión de los ministerios públicos y una serie ininterrumpida de ministros sagrados, que ejercitarán como los apóstoles los poderes transmitidos, de los cuales serán investidos por derecho divino. La Iglesia, por lo tanto, comprende dos órdenes de miembros del cuerpo místico : los miembros que son investidos por derecho divino de los ministerios públicos y los que no son investidos de ellos. Todos los que están investidos de estos ministerios públicos forman en general la jerarquía o Principado Sagrado. La jerarquía además, según que se funde en el sacramento del Orden o en la investidura de jurisdicción, es de dos especies : es jerarquía de orden y jerarquía de jurisdicción, cada una de las cuales constituida por diversos grados. Así la jerarquía de orden comprende tres grados : los Obispos, los Sacerdotes, los Ministros (Conc.

Trid., 23, IV, can. 6). a los cuales se añaden por derecho eclesiástico los órdenes del subdiaconado, acolitado, exorcistado, lectorado, ostiariado. La jerarquía de jurisdicción consta de dos grados : el supremo pontificado y el episcopado subordinado (can. 108), a los cuales se agregan también por derecho eclesiástico otros grados superiores a los Obispos, cuasiepiscopales e inferiores a los Obispos.

Sin embargo, la distinción «laicos-clérigos» no se funda formalmente en la investidura del ministerio pastoral, sino en el Sacramento del Orden (can. 948). Por consiguiente, «laico» es aquel «miembro del Cuerpo Místico de Cristo que no pertenece a la jerarquía de Orden», entendida en su sentido más amplio. Examinemos ahora cuál sea la posición del «laico» en relación con la jerarquía de jurisdicción, en cuanto investida por Cristo del doble ministerio : de la palabra y del gobierno pastoral. En otros términos, examinemos la posición del «laico», en relación con el apostolado misionero, destinado a los paganos y al ministerio pastoral destinado a los cristianos.

2. Laicado y apostolado misionero. — El apostolado misionero de la jerarquía en el mundo pagano, entendido en su sentido técnico, no es otra cosa que el mandato de anunciar el evangelio según el mandamiento de Cristo: «Anunciad el evangelio a toda creatura» (Marc., 16, 15), al modo de los heraldos y pregoneros (κηρύξατε)» con el fin de hacer a todos los pueblos discípulos de Cristo (μαθητεύσατε: Mat., 28, 19); y esto hasta el fin del mundo (Mat., 28, 20). En virtud de este mandato, la jerarquía, y ella sola, es la embajadora de Cristo, a lo largo de los siglos, para con el mundo pagano (II Cor, 5, 10), y como tal ella sola está acreditada ante ellos con los milagros que Cristo hará en confirmación de la verdad de su predicación : las señales de mi apostolado fueron confirmadas en medio de vosotros en toda paciencia, con signos, prodigios y virtudes (II Cor., 12, 12). El mandato de la jerarquía es, por lo tanto, auténtico y requiere de los oyentes atención benévola, adhesión cordial e interés por aceptar la Palabra anunciada, como Palabra de Dios (I Tes., 2, 13).

La jerarquía, sin embargo, no ejercita este mandato en el mundo pagano en virtud de jurisdicción (I Cor., 5, 12), sino en virtud de la misión divina (πορευθέντες... μαθητεύσατε: Mat.; πορευθέντες... κηρύξατε: Marc.). Éste además va dotado del carisma de la infalibilidad, como se prueba por el hecho de que va acompañado de signos (Marc., 16, 20) y confirmado por una sanción eterna (Marc., 16, 16). Tras estas premisas nos preguntamos : ¿puede la jerarquía llamar a los «laicos» a participar en el apostolado misionero? Más aún, ¿pueden los «laicos» tomar esta iniciativa? ¿Existen formas de apostolado misionero no sólo permitidas, sino pedidas por la Escritura, en apoyo del apostolado propiamente dicho, o apostolado de la Palabra? Respondemos a cada una de estas preguntas. 1) El evangelista San Lucas cuenta que el Señor llamó y mandó (ἀπέστειλεν; 10, 1) de dos en dos a 72 discípulos a preparar los caminos del Señor, en apoyo de los Doce a quienes Él igualmente envió (ἀπέστειλεν; Mat., 10, 5), a anunciar el Reino de Dios. Con todo, no obstante la misión común, Cristo reservó sólo a los Doce el título de apóstoles (Luc., 6, 13).

De aquí argumentamos que los 72 discípulos no fueron más que «auxiliares» de los Apóstoles, lo cual significa que al lado del apostolado misionero, auténtico e infalible, del cual están investidos perennemente los Apóstoles — y por lo tanto sus sucesores—, puede existir un apostolado misionero laical. La jerarquía, por lo tanto, mientras que por una parte tiene derecho a reivindicarse el ministerio de la Palabra (A. A., 6, 4; 20, 24), está autorizada por el ejemplo de Cristo a designar y a llamar a los simples laicos, mediante una particular «missio canonica», a cooperar con el apostolado misionero, la cual, sin embargo, no podrá conferir nunca al apostolado misionero laical ni autenticidad ni infalibilidad, de manera que el apostolado laical no podrá jamás sustraerse a la jerarquía, haciéndose autónomo; sino que habrá de estar sometido constantemente a ella y habrá de ser gobernado siempre por ella. 2) En cuanto a la Iniciativa del apostolado misionero en circunstancias particulares, ésta puede ser tomada por los laicos.

Si consideramos, en efecto, la historia de los tiempos apostólicos no como innovadora, sino como reveladora de las intenciones del Señor, podemos decir precisamente que en circunstancias particulares los laicos pueden tomar la iniciativa del apostolado misionero en medio de los paganos. Así nos narran los Hechos de los Apóstoles que simples laicos dispersos por la persecución, en la cual había caído Esteban, propagaron el evangelio en la ciudad de Antioquía de Siria; y no sólo en medio de los judíos (A. A., 11, 19); sino hasta en medio de los paganos (A. A., 11, 19) sin haber recibido una previa misión canónica, como se deduce indudablemente del texto sagrado (A. A., 11, 22). Y es importante subrayar que el Señor mismo aceptó la iniciativa de estos laicos, como resulta del hecho de que confirmó su apostolado con milagros (A. A., 11, 21). La jerarquía, sin embargo, se reivindicó directamente el derecho de supervisión, certificando que la predicación era genuina y tomó posesión de la comunidad fundada por medio de Bernabé (A. A., 11, 22-24).

La jerarquía, por lo demás, había afirmado ya su exclusiva competencia en materia de apostolado misionero, aun cuando éste fue realizado por un hombre a quien se califica «lleno del Espíritu Santo», como era el diácono Felipe (A. A., 8, 12), enviando en visita oficial nada menos que a Pedro y Juan : en efecto, se trataba de aprobar el apostolado misionero desarrollado para la conversión de un gran número de samaritanos y de conferir el sacramento de la confirmación a los bautizados (A. A., 8, 14). Hemos de añadir que a este apostolado misionero colaboraron, no sabemos si por misión canónica o por iniciativa privada, también algunas mujeres, como, p. ej., Evodia y Síntique, las cuales laboraron por el evangelio — aunque no sabemos en qué forma — junto con Clemente y los demás colaboradores de Pablo (Fil., 4, 3; cf. Rom., 13, 3). El laicado, por lo tanto, hace obra verdaderamente meritoria y digna de ser notada en el Libro de la Vida (Fil., 4, 3), si coopera con el apostolado Jerárquico en el trabajo de evangelización. 3) ¿Cuáles son las formas de este apostolado no sólo permitidas, sino aconsejadas y queridas por la Escritura?

Notemos las siguientes ; a) Apostolado de la oración, según el mandato de Cristo; Orad al Señor de la mies para que envíe operarios a su mies (Luc., 10, 2); b) Apostolado de ayuda material (Mat., 10, 42); c) Apostolado de defensa de la fe : Dispuestos a responder a todo el que os pida razón de la esperanza que en vosotros hay ( I /Ped., 3, 15); d) Apostolado de conquista individual con la palabra : Acercaos con prudencia a los que están fuera de la Iglesia, resarciendo el tiempo perdido. Vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada con la sal de la discreción, de manera que sepáis cómo habéis de responder a cada uno (Col., 4, 5-6); e) Apostolado de conquista con el ejemplo de las obras buenas en general : Observad en medio de los paganos una buena conducta, a fin de que ya que os censuran como malhechores, al reflexionar sobre vuestras buenas obras den gloria a Dios el día en que Él los visite (I Ped., 2, 12); /) Aliviar a los apóstoles en muchas tareas de orden temporal, de manera análoga a lo que hicieron los diáconos (A. A., 6, 2-4).

3. Laicado y jurisdicción de magisterio y de imperio de la JERARQUÍA. — La posición del laicado frente a la jerarquía, considerada en el ejercicio de sus funciones de magisterio y de imperio no puede ser lógicamente distinta de la del discípulo y del súbdito, en el sentido de que al «servicio» que la jerarquía desarrolla para el bien de la Iglesia, el laicado debe corresponder con obediencia y disciplina. Sin embargo, aun en el orden interno social, el laico puede y debe hacer mucho en apoyo de la jerarquía. Y de hecho : los hermanos deben «instruirse y aconsejarse mutuamente» {Col., 3, 16); corregirse cuando pecan gravemente (Mat., 18, 15) y en el caso previsto por el Señor denunciar al hermano pecador impenitente ante la Iglesia (Mat., 18, 17); perdonar las ofensas (Luc., 17, 3), rogar por todos (Sant., 5, 16) y dar a todos buen ejemplo (Mat., 5, 16); aceptar el dolor por la propagación de la Iglesia (Col., 1, 24); proveer a las necesidades de los santos (II Cor., 9, 12 ss.). En una palabra, el laico, en cuanto hermano, está obligado a realizar todas las obras de misericordia espirituales y corporales.

Pero del hecho de que en los primeros tiempos de la Iglesia aun simples laicos, eran investidos por el Señor de carismas, que tenían relación tanto con el magisterio (la profecía: I Cor., 12, 10; Rom., 12, 6; discurso científico o enseñanza propia de los catequistas : I Cor., 12, 8; Rom-, 12, 7), como con el imperio (dotes de gobierno: I Cor., 12, 28, propios de quien preside la comunidad : Rom., 12, 8), argumentamos que simples laicos pueden ser llamados, mediante una missio canónica, a cooperar en calidad de auxiliares con la jerarquía, en numerosos campos de la esfera de jurisdicción espiritual (cáns. 1328 y 1333). Sin embargo, como los carismáticos debían ser sometidos a la jerarquía, como se deduce claramente de los textos paulinos (I Cor., 14, 26-40), así los laicos que sean llamados por la jerarquía a cooperar en el apostolado jerárquico, sea individualmente, sea colectivamente (Acción Católica), habrán de estar constantemente sometidos a la misma jerarquía, a la cual solamente corresponde la jurisdicción del magisterio y del imperio en la Iglesia de Cristo. Lar.

Bibliografía

P. Schmitz, Das kirchliche Laienrecht nach dem C. I. C., Münster, 1927;
B. Mathis, Das katholische Kirchenrecht für den Laien, Paderborn, 1940;
R. Naz, Laiques, en DDC, VI, 328-331; XIII Semana de Teología Española, La teología del laicado, objeto natural de la fe divina, Madrid, 1954; XIV Semana de Teología Española, Teología del laicado, Madrid, 1955.

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