Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

HISTERISMO

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1. Definición. - El h. es una psiconeurosis constitucional —común a todas las edades, razas y niveles intelectuales y sociales y a ambos sexos, aunque es más frecuente en las mujeres jóvenes— dependiente de una disfunción de los centros diencefálicos, que presiden la vida instintivoemotiva, revelada por las causas más diversas y que se manifiesta con los síntomas más variados (motores, sensitivos, vegetativos y psíquicos, caracterizados, entre otras cosas, por una sorprendente variabilidad, sea espontánea o por efecto de sugestión), de suerte que puede simular cualquier enfermedad orgánica.

2. Constitución histérica. - Los histéricos, presentando en su personalidad numerosos componentes primitivos, y siendo por lo mismo hiperemotivos, instintivos, de un humor extraordinariamente variable, con débiles frenos inhibitorios, son criaturas impulsivas, lunáticas, volubles, inclinadas excesivamente a las simpatías y antipatías, demasiado fáciles en abatirse y en exaltarse, muy inconstantes en sus juicios y propósitos, mudables y contradictorios en su conducta. Por su sugestionabilidad son muy impresionables y se someten fácilmente tanto a la voluntad ajena y a las prácticas hipnóticas (sobre todo cuando tienen un fondo frenasténico), como al automatismo mental, a la disociación psíquica, a la carcoma corrosiva de ideas hipocondríacas. Por su egocentrismo la atención de los histéricos se vuelve excesivamente a su propio yo y tienden a sobrevalorar —según los casos y las circunstancias— tanto sus propias cualidades como sus propios defectos y males; y pueden recurrir a todo medio, a toda renuncia, no excluida la simulación, la mentira, las tentativas poco serias de suicidio, para atraer sobre sí el interés ajeno.

Tienden a llamar la atención; detestan la mediocridad, aman lo teatral y el exhibicionismo, y son con frecuencia artificiosos y falsos hasta consigo mismos, insatisfechos, envidiosos y malévolos. En los histéricos el temperamento prevalece sobre el carácter; la vida instintivo-emotivo-afectiva sobre la intelectiva, la fantasía soñadora sobre la racionalidad y sobre el buen sentido práctico. A menudo tienen nobles aspiraciones románticas o místicas, y en sujetos con elevadas dotes de sentimiento, de inteligencia y de educación pueden florecer singulares actividades artísticas y sociales, precisamente por estar potenciadas por una exuberancia emocional, característica del histérico. En otros enfermos, por el contrario, se acentúan las tendencias a la incorrección y hasta a las acciones delictivas.

3. Crisis psicopáticas de los histéricos. - Sobre el policromo terreno de la constitución histérica pueden aparecer episódicamente crisis psicopáticas de toda clase, caracterizadas —generalmente— por manifestaciones de tipo confusional con alucinaciones, apropiadas expresiones reactivas en relación con las representaciones mentales que dan lugar a la escena alucinatoria y amnesia postaccesal. Más rara vez se observa el desdoblamiento de la personalidad, o conciencia alternante, por la cual en el mismo sujeto se alternan dos diversos estados de conciencia, cada uno con su propio contenido ideoafectivo y con un comportamiento propio. La suspensión del recuerdo interrumpe el nexo asociativo entre los dos estados y favorece los contrastes en el comportamiento y en la conducta del enfermo entre un estado y otro.

Estas interesantes manifestaciones (que en el fondo constituyen la exageración episódica de las tendencias a la disociación y al automatismo psíquico anormal, característica de los histéricos), a diferencia de lo que ocurre, p. ej., en la esquizofrenia, tienden a dividir la personalidad en núcleos homogéneos y coherentes, creando así en cierto modo personalidades menores, de descarte reducido, cada una exenta de paradójicas contradicciones intrínsecas y, por lo tanto, dotada de discreta funcionalidad.

4. La moral del histérico. - Prescindiendo del comportamiento de los sujetos durante la crisis psicopática y de los casos limitados en que la mentalidad histérica está deformada por múltiples complejos morbosos, que no le pertenecen en propiedad, se ha de reconocer que el modo de pensar y de obrar de estos enfermos difiere más que nada sólo cuantitativamente del modo de pensar y de obrar común. Aun el hombre medio es un poco egoísta, instintivo, impulsivo, emocional y sugestionable, caprichoso, teatral; pero todo esto suele ser moderado por los frenos de la conciencia y de la educación. En los histéricos por el contrario las tendencias egocéntricas, las disarmonías, los defectos son exaltados y empeorados por una carencia correspondiente de valores intelectivos respecto a los afectivos, por inadecuación de los procesos conscientes de equilibrio, de raciocinio, de crítica. Por lo tanto, aun a fines de moralidad, el histérico es parangonable a la media normal, pero se ve arrastrado bastante más que ésta a compromisos, desviaciones y caídas.

El histérico igualmente está en general en condiciones de comprender la moralidad ajena, aunque no sepa asimilarla y tienda a poner de relieve y criticar cualquier deficiencia suya. Él mismo, por la exuberancia afectiva y la enorme sugestionabilidad que lo caracterizan, tiene buenas dotes de discípulo, aunque se trate de un discípulo demasiado inclinado a los olvidos y a las recaídas.

5. Problemas de moral. -

a) La imputabilidad del histérico en relación con su responsabilidad por culpas o delitos cometidos por él está ligada estrictamente al tipo y al grado de su enfermedad, tales como eran en el momento del suceso. Así si el fallo se realiza durante una crisis de desdoblamiento patológico de la personalidad habrá plena irresponsabilidad por parte del sujeto, por faltar totalmente su voluntad consciente. Fuera de estos casos excepcionales, el histérico conserva un grado más o menos notable de responsabilidad moral, cuya valoración concreta y exacta no es fácil, incluso por el hecho de estar sujeta a notables variaciones, por decirlo así, de un momento a otro en el mismo individuo. Es cierto que la voluntad de estos enfermos no puede juzgarse casi nunca totalmente libre, estando generalmente dominada y desviada por el preponderante factor instintivoemotivo. Será, pues, necesaria una gran circunspección al juzgar las culpas referidas por los histéricos, porque —a causa de una deformada autoapreciación de sus propias funciones y acciones— suelen sentirse inclinados a minimizar a veces y otras a agrandar sus hechos.

Añádese que la enorme tendencia de estos enfermos a sepultar en el subconsciente los recuerdos, sobre todo cuando son desagradables, hace ya de suyo difícil la reconstrucción de sus yerros. En otros términos, suelen tener una conciencia errónea: de donde nacen los atenuantes ulteriores con que tratan de paliar sus tropiezos.

b) Los jóvenes histéricos, para los cuales el ambiente doméstico, a veces demasiado opuesto, otras demasiado condescendiente, es con frecuencia pábulo involuntario del mal, podrán curar o al menos mejorar notablemente si se sustraen al ambiente y se someten a providencias higiénicoterapéuticas adecuadas y perseverantes: vida al aire libre en cuanto sea posible, curas de fortalecimiento somatopsíquico, conveniente educación cívica y religiosa, etc. Los mismos histéricos adultos son susceptibles de mejoramiento por parte del que —médico o no— sepa ejercitar sobre ellos un sano ascendiente. El reeducador, armado de gran paciencia, habrá de observar una conducta firme y constante, lejos tanto del mal humor y de la excesiva rigidez, como de los sentimentalismos, tratando de sustituir metódicamente su propia voluntad sólida y equilibrada por la lábil e incierta del enfermo y con oportunos consejos, inspiradores de un sano amor propio y de una digna disciplina interior, que reprima la exuberancia emotiva y desarrolle el autocontrol, dirigirá por un camino moral seguro las inordenadas y tumultuarias energías del sujeto.

c) No se olviden, sin embargo, los daños que pueden derivarse a cuantos han de entrar en cierta familiaridad con los histéricos, sobre todo del sexo femenino. Úsese de suma prudencia y reserva en el trato con ellos, teniendo presente —entre otras cosas— la facilidad de muchas histéricas para los transportes amorosos, prestas con frecuencia a cualquier truco —consciente o inconsciente— para atraer sobre ellas la atención y benevolencia de la persona con quien simpatizaron, e inclinadas igualmente a suscitar escándalos en el momento que crean haber sido engañadas.

d) El histérico se encuentra igualmente en condiciones de presentar —espontáneamente o más a menudo con ingeniosa simulación— muchas manifestaciones (raptos, éxtasis, posesiones diabólicas, etc.) que en casos normales se atribuyen justamente a intervenciones sobrenaturales. En presencia de estos fenómenos, sin embargo, no es difícil en general discernir si el sujeto es o no un histérico probado, dadas las características neuropsicopatológicas del h., sobre todo si se encuadran los episodios examinados en el conjunto de las manifestaciones de la vida social del sujeto.

Sin embargo, pudiera darse el caso de que —por el mecanismo psicológico que induce a todos a reflexionar y soñar preferentemente sobre el objeto de las experiencias cotidianas propias— los fenómenos señalados se verifiquen por puro efecto del h. y sin ninguna simulación consciente en individuos muy religiosos y piadosos. El distinguir a éstos de las almas elegidas a quienes ellos plagian es mucho más difícil, tanto más que no puede excluirse la existencia de una verdadera santidad —con manifestaciones realmente sobrenaturales— en un temperamento histérico.

Prolongadas observaciones clínicas y convenientes auxilios terapéuticos llevarán de todos modos a establecer el diagnóstico diferencial. Será necesaria igualmente una gran prudencia y un ingenio particular al valorar ciertas curaciones de histéricos que tienen un aspecto milagroso y hasta ciertas seudorresurrecciones, que son el epifenómeno de manifestaciones catalépticas. Los histéricos pueden, es evidente, ser curados milagrosamente, pero recuérdese sin embargo que a causa de su sugestionabilidad son particularmente predispuestos a las influencias de orden psicoterapéutico; y no sólo en lo que concierne a la vasta esfera de los desórdenes funcionales, sino también en algunas manifestaciones orgánicas: lo cual es expresión de la conocida influencia de la psique sobre las actividades vegetativas y por lo tanto sobre el cuerpo.

e) Por lo que se refiere, finalmente, a las relaciones de la esfera sexual con el h., se exageró mucho en el pasado (la misma denominación de la enfermedad se deriva del griego hystéra = útero); de todos modos existen y no han de ser desdeñadas. La abstinencia puede revelar la psiconeurosis o exacerbarla. Oportunos consejos higiénicos e incluso la suministración de particulares productos opoterápicos podrán obviar el inconveniente con salvaguardia de la moral. En cuanto al matrimonio en general es aconsejable, bien para apagar o suprimir un h. ya en acto, bien para evitar su prevista aparición; pero será preciso poner sobre todo gran cuidado en las cualidades del futuro cónyuge, las cuales habrán de asegurar particularmente al enfermo la racional y benéfica orientación afectiva de que hemos hablado en la letra b).

Pero si hubiese de sospecharse fundadamente que en el nuevo ambiente familiar el sujeto ha de encontrar incomprensión, contrariedades o cosas peores, entonces el matrimonio sería ciertamente dañoso y habrá de desaconsejarse, tanto más que estas circunstancias son muy propicias para que se verifiquen los casos acentuados de disfunción psicosexual, que pueden determinar penosos desórdenes de la moral doméstica. Riz.

Bibliografía

C. Capellmann y
W. Bergmann, La médecine pastorale , París, 1926
B. Disertori, Sulla biología dell’isterismo , en Rivista sperimentale di freniatria , 63 (1939) R. de Sinety, Psicopatologia e direzione spirituale , Brescia, 1944.

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