ESPÍRITUS (Discernimiento de)
1. Nociones. - Todos experimentan en sí mismos movimientos indeliberados. Estos movimientos pueden proceder de diversos principios. Es preciso distinguir el principio bueno: Dios, los Ángeles, la parte sana del hombre ayudada por la gracia, y el principio malo (demonio y carne). Generalmente prevalece en el hombre el influjo del uno o del otro espíritu: del demonio en los perversos, de la carne en los tímidos, de Dios en los que seriamente tienden a la perfección, aunque esta prevalencia no impide la injerencia de otros espíritus. Es cosa muy importante conocer el espíritu que nos mueve; las reglas que ayudan a este discernimiento se llaman reglas sobre el discernimiento de e.
2. R e o la de d i s c e r n i m i en t o. - El mismo Señor nos ha dado la regla fundamental para este discernimiento cuando ha dicho que por los frutos se conoce al árbol (Mat., 7, 17). Conviene confrontar aquello a que nos lleva un movimiento indeliberado con la doctrina evangélica; si existe consonancia se ha de excluir el influjo del espíritu malo, pero si hay disonancia es preciso excluir el influjo del espíritu bueno. Los maestros del espíritu, como S. Antonio Abad, Casiano, S. Bernardo, Sto. Tomás, el autor de la Imitación ( l f 3, c. 54 y 55), S. Ignacio (Ejercicios espirituales, IV semana), establecieron reglas para el discernimiento de e., y S. Pablo habla de un carisma especial para discernir los e. que obran en el hombre (I Cor., 12, 10). He aquí algunas normas útiles para este discernimiento. La naturaleza decaída hace que busquemos el placer en todo y que huyamos de la mortificación y de las humillaciones; nos mueve a lamentarnos y a desalentarnos. El diablo no siempre aleja de la mortificación, sino que mueve a mortificaciones externas y excesivas para fomentar primero la soberbia y después debilitarnos y hacernos caer en el desaliento.
Nos inspira una gran estima por nuestra persona y nos lleva a vanagloriarnos de nuestras propias cualidades o acciones, o hablar mal de nosotros mismos para ser después alabados o no ser reprendidos. De todas las maneras posibles alimenta el amor propio. A veces causa escrúpulos por naderías y nos mueve a una gran amplitud de conciencia en cosas graves y peligrosas» como la lectura de ciertas obras. Inspira una cierta impaciencia de no ser todavía santos y si ocurre algún fallo trata de llevarnos al desaliento, más aún, a la desesperación. Dios inspira la mortificación externa, pero moderada y también la mortificación interna; nos mueve a verdadera humildad y perfecta obediencia. Nos hace tender a la perfección, haciéndonos tener presente que es necesario alcanzarla por grados. Anima al celo por la gloria de Dios y nos hace olvidarnos de nosotros mismos. Nos lleva al ejercicio de la caridad fraterna» al amor a la cruz y a la paciencia en las tribulaciones. Si ocurre algún fallo nos hace pensar en la misericordia del Señor.
Una repentina y profunda consolación interna sin que haya sido precedida de alguna cosa capaz de producirla, si lleva al bien, es indicio muy seguro de que Dios obra en nosotros. Las revelaciones particulares son una gracia del todo extraordinaria, a las cuales sería presuntuoso aspirar, pero Dios frecuentemente ilumina nuestra inteligencia acerca de las verdades de la fe y de lo que es oportuno hacer. Man.
Bibliografía
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