ENERGÚMENO
1. Datos históricos. - Los e. son los obsesos. La obsesión diabólica es uno de los hechos que constituyen el cuadro general de los fenómenos diabólicos. De ellos tenemos noticias en los libros del Antiguo Testamento; basta recordar las hazañas del diablo Asmodeo y la intervención del Arcángel San Rafael para librar a Sara, mujer de Tobías, del dominio del diablo (Tobías, 3, 8-25; 12, 3). En los Sinópticos se encuentran no pocos casos de poseídos del diablo librados por Jesús (Mat., 8, 27-33; Marc., 5, 2, 3; Luc., 8, 27, 33); entre los cuales el más conocido es el del endemoniado de Cafarnaum por el dramatismo del encuentro de Jesús con el demonio (Marc., 1, 23-28; Luc., 4, 33-37); en el curso de los siglos, en todos los tiempos y en todos los lugares, pero con preferencia donde Jesús no es conocido, como observa el P. Fouquet, son innumerables los casos de dominio diabólico; sería obra inmensa hacer una reseña, siquiera ligerísima, de todos ellos.
Bastará recordar, a modo de ejemplo, los hechos relatados en los Acta Sanctorum, relativos a los endemoniados liberados por San Felipe Neri y San Ignacio de Loyola (la noble doña Catalina, que sin haberlos estudiado conocía perfectamente el griego y el latín y a quien cuatro hombres de los más robustos no podían dominar; y el joven que gritaba a todos que San Ignacio era su enemigo más encarnizado; y el de Jeanne Fery, de 25 años, nacida en Selre-sur-Sambre, religiosa profesa de las Hermanas Negras en la diócesis de Cambrai), hechos de gran resonancia por la notoriedad de los personajes y los detalles que los acompañaron. Ni han faltado casos de posesión colectiva, como ocurrió con las Ursulinas de Loudun, exorcizadas por el P. Surin, que a su vez, durante los exorcismos, fue poseído del diablo, como se deduce de una carta suya (carta de 3 mayo 1635 al P. d’Attichy).
2. Naturaleza y división. - El demonio tiene poder para obrar en esta tierra tanto sobre el mundo inanimado como sobre el animado; pero debe moverse siempre en el ámbito de la naturaleza que él conoce perfectamente, lo cual significa que con el dominio de las fuerzas naturales puede producir efectos que parezcan milagrosos. Por lo que se refiere al hombre, el demonio puede ejercitar su acción tanto sobre los sentidos externos, o sea, sobre la vista con formas repugnantes o seductoras, como sobre el oído haciendo oír golpes, rumores, sonidos, cánticos, como también sobre el tacto con abrazos, golpes, heridas; y también sobre los sentidos internos, o sea, sobre la fantasía y la memoria provocando visiones imaginarias, instintos anormales o violentísimos, fobias, etc. Todos estos fenómenos constituyen, según los escritores modernos, la obsesión externa y la obsesión interna, llamadas por otros, p. ej., el P. Tanquerey, infestación.
Hay además la posesión diabólica, que el Ritual Romano llama obsesión y que existe cuando el demonio se apodera del cuerpo mediante el cual ejercita su dominio sobre el alma, sobre la vida instintiva y afectiva, de modo tan extraordinario que la voluntad y la inteligencia se ven obscurecidas y profundamente alteradas, mientras que el cuerpo está totalmente dominado, especialmente en el sistema nervioso; entonces se tienen los casos más conocidos de acción diabólica con sintomatología psíquica y orgánica muy destacada, agitación febril acompañada de estallidos de rabia, palabras blasfemas, convulsiones, rigidez, etc.
3. Los fenómenos diabólicos y la ciencia. - No pocos de estos fenómenos, considerados en su aspecto experimental, son hoy objeto de estudio en las clínicas psiquiátricas, pero mientras la psicología patológica era completamente desconocida, a menudo los enfermos mentales eran considerados endemoniados, de modo que el número de los seudoobsesos o posesos creció enormemente. Fue ésta la razón de que los siglos XIII y XIV se llamaran siglos demonológicos, y no obstante el desarrollo de la ciencia médica, que hizo surgir las primeras universidades, no obstante la aparición en el campo médico de figuras excepcionales, como Arnaldo de Villanova, Vesalio, Fallopio, Ambrosio Paré, Servet, Fernel, Paracelso y Juan Weyer, a quien se considera el fundador de la psiquiatría moderna, la confusión entre obsesos y enfermos continuó. La Bula de Inocencio VIII Summis desiderantes affectibus, de 9 diciembre 1484, y el Malleus Maleficarum de los padres dominicos Kraemer y Sprenger, de 1487, son documentos elocuentes de esta época de seudoposesos.
El mérito de haber demostrado que muchos considerados obsesos eran simplemente enfermos se ha de atribuir a Juan Luis Vives, a Juan Weyer y a Juan Bodin, que dieron origen y gran impulso a la psiquiatría moderna. En este campo, sin embargo, con el paso del tiempo vino a verificarse la situación opuesta: mientras que antes el problema era el de señalar a los enfermos dentro de la masa de los endemoniados, después todo el esfuerzo se dirigió a seleccionar entre los enfermos a los endemoniados; esto es, que la medicina invadió este campo y toda manifestación diabólica tuvo su etiqueta psiquiátrica, verificándose, como dice Requer, una plétora psicológica. Pero, aun teniendo que agradecer a estos sabios sus estudios y sus descubrimientos, el reducir toda manifestación diabólica a perturbaciones nerviosas y negar a priori, como hizo Charcot, la existencia de los endemoniados es hacer injuria a la historia y a la lógica, como tuvo que escribir Mons. Waffelaert. Es cierto que un diagnóstico exacto y preciso de estos fenómenos es todavía cosa muy difícil, especialmente en los casos de psicopatía convulsiva, reacciones histéricas, psiconeurosis anancástica, alucinaciones, etc.
De aquí la necesidad de un atento examen antes de proceder a los exorcismos; es decir, hay que estar seguros de no encontrarse ante un enfermo, teniendo que someterse en este caso a la acción del médico. Así el P. Depreyne, que antes de hacerse trapense había ejercitado la profesión de médico, narra haber curado con medios higiénicos y especialmente con asiduo y diverso trabajo manual a una comunidad de mujeres cuyo estado presentaba gran semejanza con las Ursulinas de Loudun. 4. Posesión y obsesión. - Según el Ritual Romano son tres las señales que pueden dar a conocer la posesión diabólica: a) hablar una lengua desconocida o entender a quien la habla; b) descubrir cosas lejanas y ocultas; c) dar pruebas de fuerzas superiores a la edad y a la condición de la persona. Se ha de notar, sin embargo, que el examen concreto de estas tres señales estudiadas a la luz de la metapsíquica, esto es, aplicando los métodos científicos modernos, se ha de realizar con gran cautela.
Por lo que se refiere, en efecto, a la primera señal, según Tanquerey, hay que proceder a un atento examen de la persona, para ver si se trata de conocimiento verdadero y propio de una lengua antes desconocida y no de alguna frase aprendida de memoria, como se cuenta de la criada de un ministro protestante que recitaba pasajes griegos y hebraicos que había oído leer a su amo. * Maquart escribe que si la xenoglosia, esto es, el hablar una lengua desconocida, es rigurosamente comprobada, tiene valor probativo, pero Dalbiez observa justamente que hay que determinar si no se trata de un simple fenómeno de criptomnesia, o sea, de recuerdos lingüísticos. Acerca de la revelación de cosas ocultas es necesaria una crítica minuciosa de este elemento psíquico, como escribe Tanquerey, para determinar si este conocimiento preternatural proviene de un espíritu bueno o malo, y en el segundo caso si éste puede juzgarse presente en el poseso, en tanto que muchos autores modernos enseñan que, aunque la metapsíquica sea un problema de la psicología experimental, estas señales escapan a cualquier observación clínica.
No se pueden olvidar las conclusiones que se deducen del hecho aceptado no sólo en el campo científico, sino también en el teológico, de la realidad y carácter natural de la telepatía, hecho defendido por el P. Boyer como bastante probable. La prueba, finalmente, de fuerzas superiores a la edad y condición, como ya hacía notar Thyrus, es absolutamente relativa, porque se ven enfermos con fuerzas físicas excepcionales, superiores a su edad y condición; las fronteras de las posibilidades humanas, tanto desde el punto de vista de los recursos naturales como científicos, escribe Ribet, son todavía en gran parte desconocidas. Mientras que Maquart afirma que si se trata verdaderamente de conocimiento a distancia, de xenoglosia o de levitación, se puede sin más concluir el diagnóstico de posesión; Ribet da como señales seguras la obediencia al exorcismo y la impresión al contacto de objetos sagrados, sin que el supuesto poseso lo sepa; pero también la primera de estas señales indica un juicio diagnóstico ya hecho.
Hay que concluir, por lo tanto, que estas señales son prácticamente de diagnóstico científico muy difícil, razón por la cual la Iglesia advierte que hemos de ser muy cautos en esta materia ne facile credat aliquem a daemonio obsessum esse* y también porque podría tener graves consecuencias el exorcizar no a un poseso, sino a un enfermo, ya que la ceremonia podría influir desfavorablemente en el enfermo (véase Obsesión). Esta prudente actitud crítica no significa, sin embargo, que se niegue la realidad de las posesiones diabólicas, sino que es difícil afirmar el diagnóstico que en cada caso se podrá conseguir por la íntima colaboración del sacerdote, exorcista experimentado, con el psiquiatra, además naturalmente, del eficacísimo criterio sobrenatural.
5. Remedios. - Si después de un atento examen se saca la certeza moral de encontrarse frente a fenómenos diabólicos, en el caso de obsesión el exorcista podrá usar, en forma privada, los exorcismos comunes u otras oraciones, mientras que en el caso de posesión la Iglesia usa los exorcismos solemnes, que habrán de ser practicados por sacerdotes, que tengan mucha ciencia, virtud y prudencia, debidamente autorizados por el Ordinario. Los remedios que en este caso suelen usarse son generales y especiales. Entre los remedios generales se han de contar: a) la purificación del alma con una buena confesión; el Ritual Romano añade el ayuno, la oración y la Sda. Comunión; b) los sacramentales y objetos bendecidos; especialmente el agua bendita, a la cual la Iglesia da poder para ahuyentar al demonio; c) la señal de la cruz y principalmente las reliquias de la Santa Cruz. Son remedios especiales los exorcismos que se han de hacer generalmente en una iglesia o capilla y sólo en casos extraordinarios en casas privadas; hay que prepararse a ellos con una humilde y sincera confesión, con ayuno y oración, y seguir fiel y diligentemente las normas indicadas en el Ritual Romano. De A.
Bibliografía
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J. Tonquédec, Les maladies nerveuses ou mentales et les manifestations diaboliques, París, 1938, p. 18 ss.
A. Tanquerey, Compendio de teología ascética y mística, París, 1930, p. 938 ss. Kraemer-Sprenger, Malleus maleficarum, Rödker, 1928 J.
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E. Mira, Psiquiatría, Buenos Aires, 1946
O. Bumke, Lehrbuch der Geisteskrankheiten, Munich, 1936.