DESPERSONALIZACIÓN Y DESPERSONIZACIÓN
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1. Despersonalización en psicología experimental y en psiquiatría. - En psicología se usa frecuentemente la palabra despersonalización con la cual se entiende la debilitación o desaparición de la conciencia del propio yo. Los enfermos se lamentan de la pérdida de la propia personalidad, porque creen no poseer ya su propio yo. El enfermo obra como una persona normal, pero no se atribuye sus acciones a sí mismo, no es él quien habla, quien camina. La acción parece disociada del sujeto. La percepción del mundo y de sí mismo está privada del elemento afectivo y por lo tanto parece todo extraño, rígido e incoloro. En este estado de extrañeza todo parece nuevo, como un sueño, automático, la percepción ya no se vive, sino que puramente se observa. A. Ribot, en su libro famoso (Les maladies de la personnalité), se sirvió de las investigaciones sistemáticas de los psiquiatras franceses (Séglas, Krishaber).
2. Despersonalización en psicastenia. - La despersonalización es síntoma no raro en la psicastenia. Formas diversas: a) extrañeza: el propio yo se aparece al enfermo como si fuese de otro; b) desdoblamiento de la personalidad: el enfermo tiene la ilusión de dos yo en la misma conciencia, aunque por otra parte no cree verdaderamente en ello; c) ilusión de despersonalización completa: el yo parece muerto, porque hasta el mundo parece privado de realidad. Según un agudo psiquiatra como Janet, los enfermos no creen en lo que piensan, se trata de impresiones un poco profundas; pero tienen el sentimiento de no vivir propiamente su propia vida y por lo tanto no perciben con claridad e intensidad suficiente la realidad de su propia persona.
3. Despersonización. - En un sentido distinto empleamos la palabra despersonización. Hoy la noción de la persona ha llegado a un nivel bastante elevado en su larga evolución. La definición de Boecio de la persona, rationalis naturae individua substantia, recogida y transformada por Sto. Tomás, indica la raíz ontológica del valor y de la dignidad de la persona en su aspecto filosófico, jurídico, social y moral. La persona no es sólo sujeto psicológico, sino también sujeto de derechos y de deberes. Principalmente se han de respetar los derechos que se derivan de su naturaleza, sancionados por la ley natural, divina y humana, esto es, por los derechos propios de la personalidad. Todo lo que impide el ejercicio de estos derechos o los viola, debe considerarse como un atentado a la persona, a su integridad psíquica, moral o hasta material, al ejercicio de sus facultades, a la posibilidad de perfeccionarse. Estos atentados son una lesión de la personalidad, su disminución extrínseca, como una capitis diminutio. Además ciertos atentados contra la persona, aunque no la priven en breve plazo de la vida o se la abrevíen, dañan su salud o integridad corporal, psíquica, moral.
Estos atentados no pueden tocar directamente la naturaleza ontológica de la persona, aunque se la prive del ejercicio de las funciones psíquicas más importantes, pero provocan una verdadera disminución de la personalidad empírica, privando a la persona de alguna cosa que le pertenece íntimamente. Aparece especialmente grave cualquier lesión de la integridad moral y psíquica. El aspecto social y económico de la vida moderna ofrece hoy varios motivos para lanzar gritos de alarma en defensa de la persona lesionada por las particulares condiciones de la vida y del trabajo. Se trata de las condiciones particulares de la vida moderna que crean una tensión psíquica casi permanente; de la organización del trabajo, particularmente en la producción industrial, que puede provocar con el tiempo disminuciones transitorias o permanentes de la integridad psíquica e incluso moral. Se habla, a propósito de la industria, del trabajo monótono, sin interés para el sujeto, de la llamada soledad psíquica del obrero, de la falta de relación viva con sus compañeros y dirigentes, que pueden provocar efectos desastrosos en la psique del obrero.
El hombre es el término a que se dirige todo el universo y por esta razón el fundamento, el fin y el sujeto de toda sana economía (I Cor., 3, 21-23). Él tiene una misión a desarrollar en el mundo. A este fin ha recibido de Dios el derecho a la vida y a la vida humana, esto es, digna de una persona humana, la cual, con una actividad consciente, libre, responsable y sociable, exige también una base material segura para elevarse al cumplimiento de sus deberes morales y al logro de su último fin. En este encuadre la economía está en función del hombre, no el hombre de la economía. Es por lo tanto anticristiano y antinatural una concepción de la vida económica que mire sólo a la producción, a la mayor producción, sin cuidarse del respeto a la personalidad del hombre llamado a ser instrumento inteligente de esta producción y fin de la misma producción. El socialismo, que tiende no a organizar la disciplina del provecho, sino a suprimirla poniendo en común los medios de producción, desconoce esencialmente la dignidad de la persona humana. Ésta, racional y libre, no puede someterse en su actividad económica a un régimen de perpetua compresión.
Precisamente a propósito de estos efectos de la economía moderna dirigida toda a la producción y a la organización, se ha usado varias veces el término de despersonización. A este propósito la usó el mismo Pío XII en el mensaje de Navidad de 24 diciembre 1952 (AAS, 45 [1953], 37 ss.). Precisa él que la salvación de la sociedad moderna no puede venir únicamente de la producción y de la organización. La vida social no se puede construir como una gigantesca máquina industrial. Aun sin desconocer los felices resultados del industrialismo moderno, se ha de observar que de la organización llevada al exceso se deriva la despersonización del hombre moderno. «En no pocos países el Estado moderno se va convirtiendo en una gigantesca máquina administrativa. Él extiende su mano a casi todos los aspectos de la vida: la escala completa de los sectores político, económico, social, intelectual, hasta el nacimiento y la muerte pretende que sean objeto de su administración.
No es por tanto de extrañar que en este clima de impersonalización, que tiende a penetrar y envolver toda la vida, el sentido del bien común se apague en las conciencias de los individuos y el Estado pierda cada vez más su carácter primordial de comunidad moral de ciudadanos. »De esta forma se revela el origen y punto de partida de la corriente que arrastra en un estado de angustia al hombre moderno: su "despersonización”. Se le ha arrancado en amplia medida su rostro y su nombre; en muchas de las más importantes 'actividades de la vida ha sido reducido a puro objeto de la sociedad, que a su vez se va transformando por el sistema impersonal en una fría organización de fuerzas.» Efectos del múltiple desconocimiento de la persona humana son la pobreza, la infancia debilitada, el paro. «Por lo tanto quien quiera proporcionar algún socorro a las necesidades de los individuos de los pueblos no puede esperar la salvación de un sistema impersonal de hombres y de cosas, aun cuando bajo el aspecto técnico se encuentre fuertemente desarrollado.» Pal.
Bibliografía
G.
P. Vito, Le riforme di struttura e la sorte delle grandi imprese, en Vita e Pensiero, 25 (1952), 490-501
A. Gemelli, L’operaio nella industria moderna, Milano, 1946
M. Alonso García, La desversonalización del hombre, Madrid, 1955.