DEPORTES PELIGROSOS
completo Quédanos aquí por considerar la moralidad del deporte bajo el aspecto de su peligrosidad. Entre las disciplinas deportivas las que propiamente producen mayor número de víctimas son el pugilato, la lucha, el rugby y los llamados deportes de motor (a los que impropiamente se aplica el término deporte).
1. El alpinismo. - En el alpinismo, más que en ningún otro deporte, se encuentran dos caracteres tan estrictamente unidos que no se pueden separar; la busca y superación de dificultades, lucha y peligro, y el goce de la belleza panorámica. La lucha por la superación de las dificultades en el alpinismo lleva consigo peligros causados por agentes externos, como las caídas de piedras, los precipicios, los aludes, la niebla, el rayo; o por el mismo alpinista, como su temeridad, insuficiencia en su equipo, debilidad física, falso amor propio, impericia. Son estos segundos peligros los que, llevados con frecuencia a la exageración, causan la mayor parte de las desgracias alpinistas. Así se produce el eritema solar y la inflamación de la piel provocada por la acción de los rayos solares, la congelación, los traumas provocados por la caída de piedras, fracturas del cráneo, de la columna vertebral o de los miembros en las caldas y a veces incluso la muerte. El alpinismo practicado prudentemente lleva a la vigorización de todas las facultades físicas e incluso psíquicas y morales; es por lo tanto el deporte más completo.
Además de deporte es también un entrenamiento necesario para la gente de las zonas montañosas que por exigencias vitales se han de encontrar en condiciones de poder afrontar la montaña, lo cual no podrán hacer nunca sin la necesaria preparación. No necesitamos señalar las exigencias en el campo militar para adiestrar las tropas para la guerra de montaña. En todos estos casos hay una razón proporcionalmente grave y no se puede hablar de ilicitud. El problema de la ilicitud existe sólo para el alpinismo como deporte (simple pasatiempo, fuera incluso de las exigencias científicas) atendida su peligrosidad. Esta peligrosidad no es, sin embargo, tan grave cuando no se sale de los límites de una prudente medida, mientras que aumenta gradualmente cuando se evaden estos límites. Síguese de aquí que el alpinismo en sí y por sí no se puede condenar, mientras que se han de condenar las tentativas temerarias de hacer alpinismo sin la necesaria capacidad y preparación. En este caso nos encontramos con una exposición voluntaria de la vida o con el riesgo de mutilaciones o lesiones más o menos graves.
2. El pugilato. - Todos los tratados de medicina profesional, aunque están de acuerdo en exaltar la eficacia del pugilato, en su fase de entrenamiento, sobre el desarrollo armónico de todo el organismo, sobre todo mediante el ejercicio de todos los músculos, enumeran numerosos peligros, perjuicios y daños del pugilato en competición y especialmente del pugilato profesional. La causa de este aspecto negativo y reprobable del pugilato es evidentemente la misma naturaleza de este deporte de fuerza. Las reglas que actualmente lo disciplinan no son suficientes para elim inar todos los inconvenientes, en prim er lugar porque no son observadas rigurosamente en todas partes, en particular en lo que se refiere al control y vigilancia médica antes y durante el encuentro. La victoria es de quien pone por tierra a su adversario por lo menos durante diez segundos, o lo obliga a abandonar, o es superior a ól en puntos. El modo de vencer más estimado es el knock-out: abatido. Se verifica cuando un golpe dirigido a zonas particularmente sensibles (mentón, lado de la mandíbula, región de la cavidad cardiaca y gástrica) produce el shock nervioso del adversario.
Son golpes prohibidos los dirigidos a la cintura, a los riñones y al adversario en tierra (se ha de considerar el adversario en tierra cuando una parte cualquiera de su cuerpo, diversa de los pies, toca el suelo, y cuando está abandonado sobre las cuerdas). Hay una forma de pugilato, el pugilato francés, en que se puede golpear al adversario incluso con los pies y en cualquier parte. Éste tiene que ser por lo mismo particularmente peligroso, cuando no se observan las reglas y las precauciones impuestas. Entre las lesiones más comunes en que incurren los púgiles recordemos las fracturas del metacarpo, de los huesos nasales, maxilares, lesiones del pabellón auricular, luxaciones, etc. Son frecuentes las conmociones cerebrales más o menos graves, con sus consiguientes perturbaciones psíquicas. De dos mil quinientos profesionales inscritos en el registro de boxeadores americanos, el 50 a/o está representado por individuos llamados punch-drunk, esto es, que han cogido una borrachera de puñetazos de la que no se repondrán jam ás; las lesiones cerebrales no cicatrizan.
A juicio de los expertos el pugilato, entre los d. peligrosos, ocupa en porcentaje el primer puesto por las contusiones-excoriaciones, y el tercero (después del rugby y el atletismo pesado) en heridas y fracturas. Los muertos en el ring fueron en los Estados Unidos de Am érica: seis en 1945; dieciséis en el 46; nueve en el 47; trece en el 48.
3. La l u c h a. - Es una competición de fuer za y de destreza que se encuentra en uso casi en todos los pueblos y en todos los tiempos, pero con modalidades muy diversas. Generalmente puede considerarse como un combate cuerpo a cuerpo de dos contendientes sin armas, fundado exclusivamente en la presión del cuerpo y en el Juego de los miembros. La lucha grecorromana es la que más se acerca a la noción dada y es una de las mejor disciplinadas: en efecto, en ella está prohibido provocar la caída violenta, torcer los dedos al adversario, cogerlo por el cuello, pegarle, arañarle, ponerle la zancadilla. En la lucha libre, por el contrario, está permitida la zancadilla y cualquier presa deportiva, prácticamente la presa de cualquier parte del cuerpo, excepción hecha de los órganos delicados. También en ella es antideportiva por lo tanto cualquier presa peligrosa para la vida o para los miembros o que tenga por objeto hacer sufrir al adversario. A pesar de estas restricciones se verifican con frecuencia lesiones de la columna vertebral, del tórax, de los miembros, de los ojos y en particular distorsiones y distracciones musculares. Estos accidentes tienen a menudo consecuencias graves.
En el jiu-jitsu (lucha japonesa), cualquier modo es bueno para poner al adversario fuera de combate; más aún, en esta forma de lucha el medio más común para alcanzar el objeto es la presa dolorosa y el golpe violento. Sin embargo, se ha de notar que los movimientos más usados, aun siendo dolorosísimos, son sin embargo innocuos.
4. Rugby. - Los deportes colectivos son menos peligrosos que estos otros agonísticos que se desenvuelven entre dos adversarios solamente y se fundan en la agresión directa. Una excepción notable la constituye sin embargo el rugby, calificado precisamente como el más brutal de los deportes colectivos. Si ya es duro según el reglamento original inglés, se ha hecho peligrosísimo en la forma adoptada en América. La característica de este deporte es que el balón se conquista en la refriega y el adversario que está en posesión de él puede ser retenido concualquier presa* Las consecuencias son tales que en América se han visto obligados a lim itar a unas pocas semanas la estación anual de este deporte. Una estadística señala para una sola de estas temporadas cuarenta y siete muertos y mil doscientos heridos graves. El mismo entrenamiento es de los más rudos y exigentes.
Sin embargo, el rugby si no hubiese degenerado de este modo sería el más completo de los deportes en equipo.
5. Deportes de motor. - Se llaman impropiamente deportes por cuanto no tienen la finalidad de vigorizar las facultades psico-físico-morales, sino que el fin directo es el perfeccionamiento del medio técnico. No es necesario que nos detengamos a probar que cuando no se ejercitan con la necesaria prudencia pueden ser peligrosísimos, para si o para los demás, y ocasión de numerosas y graves lesiones y muertes.
6. Valoración moral. - Los principios de teología moral que sirven para dar un juicio acerca de la moralidad del ejercicio de estos deportes son muy simples. Sólo por un motivo proporcionalmente grave es lícito exponerse a peligro de muerte. Consiguientemente un motivo más o menos grave se requiere también para el ejercicio de actividades o profesiones que abrevian la vida o perjudican la salud. Estos dos principios morales no son más que corolarios del principio más general que atlrm a que el hombre no es dueño y árbitro absoluto de su vida. En la aplicación de estos principios al deporte es preciso tener presente ante todo que un peligro no es próximo para todos del mismo modo. La experiencia, el ejercicio, la habilidad personal influyen notablemente en este sentido y pueden mudar un peligro de próximo en remoto. De aquí se deduce también que la primera dote que se requiere en el que quiere ejercitar un d. peligroso es la prudencia en su forma más simple: valorar las fuerzas propias y las cualidades propias.
Las lesiones deportivas que se pueden verificar en el ejercicio del deporte pueden ser el medio ordinario, la condición indispensable de la victoria, o por el contrario verificarse sólo como efectos accidentales, tolerados en consideración al efecto bueno paralelamente al cual se produce. En la primera hipótesis tendremos un deporte intrínsecamente malo, inmoral y tal por lo tanto que no se pueda admitir por ningún motivo. Así si el pugilato, por su naturaleza, no permitiese la victoria más que con una grave lesión o con el knock-out, se habría de reprobar de un modo absoluto. ¿Pero existen entre los deportes olímpicos estas formas deportivas? Según los reglamentos de cada deporte se debiera responder negativamente; pero no se puede negar que en la agresión hay siempre peligro de lesio nar la integridad propia o del adversario.
Sin embargo, bien considerado todo, si la agresión puede ser medio ordinario y necesario para la victoria no lo es nunca la lesión, la cual es solamente tolerada y de poca importancia. Todos los d. peligrosos entran por lo tanto en la segunda hipótesis; la lesión deportiva es tolerada en consideración al efecto bueno.
Ahora bien, fundados en los principios de la acción con doble efecto, es necesario que exista una causa proporcionalmente grave para que sea lícito el uso de estos deportes. Se ha de notar que en los deportes agresivos es siempre necesario un motivo que justifique su ejercicio, ya que en ellos el peligro es siempre próximo. En cambio, en los deportes en que el peligro es sólo remoto no se requiere bajo pena de pecado grave que exista una causa justificante. Ahora se trata de ver cuál puede ser una causa suficiente para legitimar el ejercicio del deporte que expone a peligro próximo. Se ha de excluir en primer lugar una de las causas excusantes más comúnmente aducidas; el pretendido beneficio para la salud y para la perfección orgánica.
En efecto, es absurdo querer buscar una ventaja para la salud del cuerpo en ejercicios que pueden comprometer su integridad y llegar incluso a causar la muerte. Los mismos médicos que aconsejan el pugilato o la lucha como eficaces ejercicios de educación física, los aconsejan sólo en su fase de entrenamiento, no de ejercicio agonístico.
Ni se puede admitir tampoco que sólo la diversión, el lucro o el premio en sí mismo sean motivos suficientes para perm itir el ejercicio de un d. peligroso en el sentido arriba explicado. En cambio, estos motivos son sin duda suficientes si se trata de deportes que (como el fútbol) implican sólo un peligro remoto. La educación de la voluntad y de la formación del carácter pueden constituir en cambio, en algunos casos al menos (p. ej., en las academias militares), motivo suficiente y Unico, apto para justificar y perm itir el ejercicio de una actividad deportiva peligrosa. Actividad que habrá de ser oportunamente regulada y limitada precisamente en función del motivo que la justifica: una ventaja para la vida individual y social. Cuando el deporte es intrínsecamente malo es evidente que quien quiere la causa quiere también los efectos y por lo tanto todos los efectos buenos y malos le son imputados. En cambio. cuando el deporte, aunque peligroso, está justificado por motivos determinados y bajo ciertas condiciones, nace el problema de la jmputabilidad de las lesiones y de los daños que eventualmente se puedan seguir.
En el caso se verifica, como ya hemos dicho, un doble efecto: el uno bueno (victoria sobre el adversario), y éste es el que se quiere; el otro malo (una lesión eventual, cualquiera que ella sea), y éste solamente es tolerado. No se hace injuria al adversario, el cual, al menos en la práctica, consiente y acepta la agresión con sus efectos. Pero si la agresión fuese antideportiva se convirtiría al momento en ilícita, ya que no es Justificada, y además obligaría al agresor a reparar los daños causados, constituyendo una evidente violación del derecho ajeno; esto incluso independientemente de lo que prescribe la ley civil. En particular privar a un hombre de sus sentidos, aunque sólo sea por unos pocos segundos, con un golpe dirigido precisamente a este fin, no es nunca lícito. ¿Prescindiendo de otros aspectos peores, quedarán siempre los d. peligrosos, y en particular los de agresión, fuera y en oposición a la concepción cristiana del hombre y de su dignidad? Preferiríam os responder con una negativa: pero la realidad es hoy muy diversa, porque nos encontramos con frecuencia muy lejos de las formas de deporte puro y «amateur», especialmente en el campo minado de los deportes agresivos.
Atendiendo a esta lamentable realidad concreta se comprenden ciertos juicios, en sí demasiado severos, pronunciados en una reciente polémica a propósito del pugilato. Compréndense igualmente las severas palabras del papa Pío XI en un discurso del 12 noviembre 1933, en que aludiendo a un encuentro m ortal de pugilato celebrado en aquellos días hablaba de escenas «no sólo de fuerza, sino de brutal violencia... Es esto una cosa poco humana». Pal.
Bibliografía
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