ANTIGUO TESTAMENTO
1. Premisas La teología moral conserva su valor sólo a condición de ser en definitiva una ciencia de Dios (T. Déman, Aux origines de la théologie morale , Montreal-París, 1951). Es preciso fundar toda la acción del hombre en una perspectiva radicalmente teocéntrica. En esto consiste toda la diferencia entre la ética y la teología moral: la primera se funda en la razón humana; la segunda, en la revelación, en la Sagrada Escritura, que es la historia de nuestras relaciones con Dios. Presenta dos fases distintas, pero estrechamente unidas: una imperfecta, pero múltiple y preparatoria desde los orígenes a Cristo; la otra fase definitiva única, iniciada con la Encarnación del Verbo y que se perpetuará para siempre más allá del tiempo. La segunda no sólo supone, sino que conserva y hace suyo mucho de la primera: p. ej., retiene y sanciona además de los preceptos de la moral natural muchos de la moral positiva, enunciados en la precedente.
La primera está contenida en los libros sagrados del Antiguo Testamento (alianza de Dios con Abraham, Israel y David, ordenada a la salvación de la humanidad mediante la redención obrada por Jesús); la segunda en los del Nuevo Testamento (alianza definitiva sancionada con la sangre de Cristo, término y realización de la precedente). Una y otra tienen como objeto a Jesús, Nuestro Señor; la primera como meta suya, la segunda como su centro.
2. Los libros del Antiguo Testamento El Antiguo Testamento consta de los siguientes libros que se agrupan en cuatro clases:
a) Pentateuco o cinco libros de Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio; b) libros históricos: Josué, jueces, Rut, Samuel (lib. I y II de los Reyes, según la Vulgata), Reyes (lib. I, II, III y IV según la Vulgata), Paralipómenos (o Crónicas), Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, Macabeos; c) libros didácticos o poéticos: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico; d) libros proféticos: Isaías, Jeremías con las Lamentaciones, Baruc, carta de Jeremías, Ezequiel, Daniel; doce profetas menores: Oseas, Amós, Joel, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías. Se encuentran en ellos esparcidas y enseñadas, inculcadas, más o menos directamente, según el género literario y el fin propio de cada uno de estos grupos, y dentro del mismo grupo, según las circunstancias ambientales y las características de cada libro (autor, período, etc.), las reglas que señalan la conducta del hombre para con Dios, su prójimo y para consigo mismo, en otros términos, la moral.
3. Contenido moral y general
a) La Sagrada Escritura supone ante todo a un Dios único, creador, que manda a su creatura y tiene derecho a ser obedecido (Gén., 1-3; Éx., 20, 2). Quien niega a Dios es un necio, un insensato, que se precipita en la corrupción (Ps. 14, 1-4; Sab., 13-15).
b) Dios creó al hombre inteligente y libre (Gén., 1, 25 s.) a su imagen perfectísima, para que coopere a su salvación propia. Después de la violación del precepto que Dios le dio (Gén., 3), el hombre conserva esta facultad (Gén., 4, 7; Ecle., 31, 10). Dios está siempre pronto a ayudarle en su lucha contra el mal (Ps. 141, 1-4), siempre que se dirija a Él.
c) Todo acto moral tiene su sanción, sobre todo después de la vida presente (Gén., 2, 17; 3, 3, 16-24; 4, 11 ss.; Éx., 20, 5 s.; Ps. 73, 49; Ez., 18; Ecle., 7, 40; Sab., 2, 23 ss.). Se trata de retribución colectiva o individual de orden material y por decirlo así tangible, según la mentalidad que Israel tenía en común con los demás pueblos semitas.
d) Las reglas morales tienen su origen en la voluntad soberana de Dios. De la voluntad esencial dimanan las reglas que reflejan las relaciones necesarias entre la naturaleza de Dios y la del hombre. Son las leyes inmutables de la moral natural. Como dirá San Pablo (Rom., 1, 18-23; 2, 14-16), están escritas en el corazón del hombre; Dios las ha formulado además explícitamente en el Decálogo (Éx., 20, 2-17). Así como el Decálogo es el estatuto y la esencia de la alianza, todo el resto del Antiguo Testamento es la historia de esta alianza. El culto del Dios verdadero unido siempre estrictamente con los preceptos morales, inseparables en todo el Testamento (deberes para con Dios: fidelidad; y para con el prójimo: justicia) forman un todo constitutivo de la piedad en su sentido pleno.
4. El Decálogo En el centro de la enseñanza profética desde Isaías a Malaquías encontramos el Decálogo sustancial, sino formalmente inculcado. La práctica de las virtudes naturales: justicia, bondad para con el prójimo, etc., puesta por encima de los preceptos de la moral positiva (Is., 58, 3-7; Os., 6, 6, etc.). En el Decálogo el culto externo al Señor, implícito en el primer mandamiento, es sólo un elemento complementario; el elemento esencial es el sentimiento verdadero de devoción a Dios, piedad más que religión (cfr. el precepto del amor de Dios, en Deut., 5, 10; 6, 5; 10, 12; 11, 1-13; 30, 15-20), y también la conducta moral (I Sam., 15, 22; Miq., 6, 6 ss.; Is., 1, 10-17; 43, 23 ss.). De un modo particular los libros sapienciales o didácticos recuerdan estos preceptos: deberes para con el prójimo y consigo mismo; castidad, justicia, caridad, sinceridad (cfr. Job, 31, 1-34); emparejando los datos de la revelación con lo que enseña la experiencia y la recta razón. El libro de los Salmos es como un jardín que contiene los frutos de todos los demás libros y mientras que da a éstos el favor exquisito de la poesía añade también sus propios sentimientos e ideas.
Tiene de común con los libros legislativos el más fervoroso apego a la ley divina (Ps. 1, 19, 119); con los didácticos las enseñanzas morales (Ps. 15, 37, 82, etc.) y las reflexiones sobre los destinos humanos (Ps. 39, 49, 73, etc.); con los proféticos, el espíritu ardiente, el culto interior (40, 50, 51), el celo por la justicia y por la defensa de los débiles (Ps. 10, 12, 58, 82, 94).
5. El Eclesiástico El Eclesiástico (denominado así por el uso que la Iglesia hacía de él en su culto, para la preparación de los catecúmenos, como si fuera su catecismo oficial), puede decirse un tratado de moral bastante completo para todos los estados y circunstancias de la vida; por esta razón S. Jerónimo y Casiodoro lo llaman colección de todas las virtudes. Es en efecto un compendio de los deberes para con Dios, para con los padres, para con el prójimo. En él se predica la humildad y la mansedumbre, la compasión para con los desgraciados (Ecli., 1-4, 10). El pecado, se dice allí, proviene del libre albedrío, no de Dios, ni queda jamás sin castigo (Ecli., 14, 20-16, 23). Se exhorta a la generosidad y a la previsión, a frenar las pasiones y hacer buen uso de la lengua: continencia del alma y disciplina de la boca (16, 24-23, 27).
6. Legislación mosaica El Antiguo Testamento nos ofrece al comienzo una legislación primitiva: el precepto del trabajo (Gén., 2, 15), la prohibición de comer sangre (Gén., 9, 1-4) y en la alianza con Abraham, la circuncisión para los varones (Gén., 17, 11-14). Sigue después la legislación mosaica (Éx.-Deut.). Fue dada a la nación como tal y regula toda la vida de Israel; en su triple aspecto solidario de nación, tribu y familia. Tenía también la misión de aislar a los israelitas de todos los demás pueblos idólatras para preservarlos de la contaminación en el culto y en las costumbres; revestía, por lo tanto, aspectos limitados a aquel período preparatorio hasta la venida de Cristo. La ley mosaica codificaba usos y costumbres, arraigados en el pueblo, incluso algunos imperfectos, pero que no se podían extirpar fácilmente y que no atacaban el derecho natural primitivo, sino sólo el secundario y en el que por lo tanto era posible una dispensa por parte de Dios (poligamia, divorcio, venganza de sangre, talión) con un pueblo aún demasiado duro de corazón (Mat., 19, 8) para ser elevado repentinamente a una absoluta pureza de costumbres.
Pero en las mismas leyes ya superadas se insertan principios religiosos y morales de un valor permanente y que superan sin comparación ninguna los de todos los demás pueblos semitas. De todos es conocida su imperfección en relación con el ideal cristiano; como se reconoce el realismo, que no imponía normas irrealizables, dada la dureza de aquellos tiempos (cfr. R. Erdmans, The book of Leviticus , New York, 1961). Dureza que los libros históricos nos manifiestan en diversas narraciones de delitos, engaños, crueldades y aberraciones morales de toda especie; durante el período oscuro de los jueces y especialmente bajo los aún peores del reino de Samaría y de Judá hasta el exilio, del s. IX al 587.
7. Los profetas Además de Samuel y el piadoso rey David, los profetas promovieron un verdadero movimiento progresivo de las ideas morales que producirá sus frutos en el Israel resucitado después del exilio y se manifestará en la última literatura sapiencial (Ecle., Ecli., Sab.). El Divino Redentor en su enseñanza y en su lucha contra la hipocresía farisaica recogerá el elevado tono moral de los grandes profetas, derogando los preceptos de moral positiva ya incompatibles e inadecuados con la universalidad y el vino nuevo de la nueva alianza, fundada en la caridad. Spa.
Bibliografía
J. Hempel, Das Ethos des Alten Testaments , Berlín, 1938
P. Heinich, Theologia del
V. Testamento , Torino, 1950
F. Spadafora, Collettivismo e individualismo nel
V. Testamento , Rovigo, 1953, p. 169-192, 216-219, 239-264, 249 ss.