Diccionario de Teología Dogmática

Antonio Piolanti (A. P.)

TRANSUSTANCIACIÓN

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Es la vía por la cual se hace presente el Cuerpo de Cristo bajo las especies eucarísticas. Este término, que apareció en la literatura teológica durante la controversia berengariana (s. XI a XII), acogido inmediatamente en los documentos del Magisterio eclesiástico se convirtió muy pronto en la piedra de toque de la ortodoxia, como había sido el «Homousios» en Nicea y la «Teotocos» en Éfeso. Su contenido real lo precisa el Conc. Trid. al definirla: «Admirable y singular conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo y de toda la sustancia del vino en la Sangre de Cristo, quedando inmutables las apariencias externas» (DB, 884).

La conversión es el paso de una cosa a otra; la Transustanciación es una conversión singular, es decir, única en todo el orden de la naturaleza; en efecto, todas las conversiones que se suelen verificar en el mundo creado o bien se limitan a la mutación cuantitativa y cualitativa de las cosas, o a lo más llegan a variar la forma sustancial, como ocurre en el paso del vino a vinagre, pero en la naturaleza no se encuentra conversión alguna que llegue a mudar la materia, sustrato común sobre el cual se borda la infinita variedad de las cosas sensibles. Esto que no puede suceder naturalmente ocurre por la omnipotencia divina en la Eucaristía: la transformación total de la materia y de la forma del pan en el Cuerpo de Cristo, permaneciendo intactos solamente los accidentes.

En el paso total de una sustancia a otra consiste la nota característica de la Transustanciación y la fuente primera de donde dimanan todas las diferencias que hay entre las conversiones naturales y la eucarística.

Efectivamente: 1.º, mientras en las conversiones naturales queda invariable la materia primera como puente sobre el cual se mezclan las diversas formas sustanciales, en la conversión eucarística se cambia incluso la materia, que pasa toda ella, junto con la forma, a la sustancia del Cuerpo de Cristo; 2.º, por consiguiente, mientras en las conversiones naturales se verifica más bien una sucesión de formas que se inmergen y emergen de la potencialidad de la materia, en la conversión eucarística se tiene no una sucesión sino una verdadera mutación de una forma en otra; 3.º, de aquí se sigue que mientras que en las conversiones naturales, por la sucesión de las formas, tanto el término de partida como el de llegada sufren alteraciones (corrupción-generación), en la conversión eucarística, donde no permanece la materia se excluye toda sucesión de formas, por lo cual si de una parte la acción conversiva afecta a toda la sustancia del pan convertida en un instante en la del Cuerpo de Cristo, no toca en manera alguna el Cuerpo del Señor, que permanece intacto e impasible. Por estas razones la Transustanciación es una conversión singular, totalmente fuera del ámbito de la experiencia.

Por el mismo motivo resulta admirable, es decir, misteriosa, porque sustraída a la experiencia (de donde el entendimiento asciende naturalmente a la idea), no podemos formarnos un concepto adecuado de ella, sino que debemos contentarnos con ligeras analogías.

Esta doctrina se deduce, lógicamente, del análisis profundo de las palabras de la institución: «Éste es mi cuerpo», y de la enseñanza de la Tradición, que creó nuevos términos para expresar menos inadecuadamente esta verdad: «transmutatio», «transelementatio», «transformatio», que preludiaron el término feliz de «transubstantiatio», que el Conc. de Trento definió ser expresión «aptísima» del dogma católico (DB, 884).

Lutero negó la Transustanciación, o sea la conversión total, admitiendo la «companación», es decir, la coexistencia de la sustancia del pan y del Cuerpo de Cristo. Erraron igualmente sobre la naturaleza de la misma Ruperto de Deutz, Juan de París, Bayma, recurriendo a una especie de unión hipostática del pan con el Cuerpo del Señor (impanación); Durando, Descartes, que compararon la conversión eucarística a la asimilación fisiológica.

Bibliografía

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