TENTACIÓN
Experimento que se hace con una persona para probar su capacidad, su virtud, sus inclinaciones (Sto. Tomás). La tentación puede tener un fin bueno y un fin malo. En la Sda. Escritura se lee muchas veces que Dios tienta a los hombres, p. ej. a Abraham a inmolar a su hijo para probar su fidelidad. El hombre puede también tentar a su semejante para el bien y para el mal.
Pero en sentido estricto, en la doctrina católica la tentación es propia del diablo, el cual, como dice S. Ambrosio, «semper invidet ad meliora tendentibus». Es verdad de fe divina que el demonio tienta a los hombres al mal; y el mismo Jesús en el Padrenuestro nos hace pedir entre otras cosas que Dios no nos deje caer en la tentación. S. Pedro (I Petr. 5, 8-9) describe vivamente las amenazas del tentador: «Sed sobrios y velad, porque el diablo, vuestro enemigo, anda en torno vuestro como un león rugiente, para devoraros». La tentación de más desastrosas consecuencias fue la de Satanás en forma de serpiente, que tan graves males trajo a nuestros Progenitores y a toda la humanidad (Gen. 3).
La Teología pasa del hecho al modo de la tentación. Sto. Tomás hace un profundo y fino análisis del influjo del espíritu angélico sobre el espíritu humano. Un Ángel puede influir sobre otro Ángel intelectualmente, robusteciendo la virtud intelectiva del segundo y manifestándole la verdad, que él, como Ángel superior, conoce con más perfección. En cuanto a la voluntad, un Ángel puede influir menos sobre otro, porque su influjo se limita a la presentación del objeto apetecible, que no siendo el Sumo Bien no determina infaliblemente la voluntad. Pero sólo Dios puede mover interiormente la voluntad del Ángel, porque sólo Dios es autor de la voluntad y de su inclinación natural.
Basado en estos principios, Santo Tomás prueba que el diablo puede influir en el entendimiento humano, no provocando directamente los pensamientos, sino excitando la fantasía y, por lo tanto, los fantasmas, sobre los cuales trabaja el entendimiento. El diablo puede influir sobre la voluntad por dos caminos indirectos, a saber: por modo de persuasión, presentando a través de la fantasía y del entendimiento un objeto apetecible, o también excitando las pasiones, que mueven y desorientan la voluntad. Todo esto es externo, ya que internamente es siempre y solamente Dios quien mueve. Bajo cualquier influjo diabólico la voluntad no pierde su libertad, por lo que el hombre tentado es siempre responsable de su pecado. Con la gracia divina puede y debe resistir, como enseña la Iglesia, contra las falsas doctrinas de Molinos (DB, 1237, 1257, 1261 ss.). V. Molinosismo.
Después del pecado original la naturaleza humana resiste con más dificultad a las tentaciones, sobre todo a las más graves; pero Dios concede al hombre de buena voluntad la gracia proporcionada a su necesidad y no permite que sea tentado por encima de sus fuerzas, como afirma S. Pablo (I Cor. 10, 13). El mismo Jesús fue tentado por el demonio; pero esta tentación fue completamente exterior y no pudo llegar ni siquiera a la vida sensitiva de su alma, porque los sentidos y las pasiones estaban sujetas en Él totalmente a la razón (v. Propasiones).
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 111;
III, q. 41;
Ch. Pesch, , Friburgo (Br.), 1925, n. 480 ss.;
C. Boyer, , Roma, 1940, p. 417 ss.;
R. Brouillard, «Tentation», en DTC;
S. Th. II, Madrid, 1952.