Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

MOLINOSISMO

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Es el sistema seudomístico formulado y divulgado en Italia y fuera de Italia por el sacerdote español Miguel Molinos († 1696). Habiendo ido a Roma, en 1664, para una causa de beatificación se quedó allí y escribió la Guía espiritual (1675), dividida en tres libros: el primero trata de las oscuridades, arideces y sensaciones con que Dios purifica las almas, después, del recogimiento interior y de la contemplación adquirida; el segundo habla del Padre espiritual, de las penitencias internas y externas; el tercero, de los medios con que Dios purifica las almas, de la contemplación infusa, la pasividad absoluta del espíritu y la paz interior. El libro, farragoso y enfático, aunque templado con un fervoroso sentimiento, salió con licencia eclesiástica y al principio hizo muy buena impresión, acaso por la estima de que gozaba Molinos por su piedad y por su celoso ministerio y un poco también por la protección de Cristina de Suecia, del Cardenal Azzolini y hasta del Papa Inocencio XI.

Pero muy pronto algún atento lector descubrió el veneno que se ocultaba en las páginas de la Guía: los primeros en ponerlo en evidencia fueron los Jesuítas, y después el arzobispo Caracciolo de Nápoles. El rumor fue creciendo, y Molinos, denunciado al Santo Oficio, fue puesto en prisiones (1685). Después de un cuidadoso examen se extrajeron del libro sesenta y ocho proposiciones, que fueron condenadas por un Decreto del Santo Oficio y por la Bula Coelestis Pastor de Inocencio XI (1687). La lectura de estas proposiciones, que Molinos reconoció como suyas, da la medida de la gravedad del falso y deletéreo misticismo, que enseñaba su autor, seguido con entusiasmo por no pocas almas, entre las cuales se hallaba el oratoriano Pedro Mateo Petrucci, más tarde Cardenal, que defendió a Molinos y su Guía con escritos que fueron incluidos en el Índice de libros prohibidos.

Los principios fundamentales del Molinosismo se reducen a los siguientes: El hombre debe mortificar sus potencias y su actividad libre para alcanzar una especie de muerte mística en que el alma se funde con su Creador como en una sola cosa. La oración debe ser un habitual abandono en Dios, sin palabras, sin peticiones, sin obras. Sumergida el alma de esta manera en Dios, ya no tiene que preocuparse de lo que acontezca en el cuerpo: el demonio puede obrar en la carne las más obscenas acciones sin que el alma contraiga culpa alguna. Más aún, Dios humilla así a las almas sometiéndolas a los más graves desórdenes sensuales por medio del diablo, para purificarlas. No es necesario dolerse ni confesarse de estos pecados, ni es necesario hacer penitencias o mortificaciones. En una palabra, el alma mística debe ser como un cadáver en que sólo Dios obra a su voluntad. En toda esta monstruosa teoría es fácil señalar las consecuencias legítimas del Luteranismo, que había negado la libertad y la actividad del hombre para afirmar la inevitabilidad del pecado y la necesidad del abandono en Dios, que santifica sin quitar la culpa, sino sólo disimulándola.

Bibliografía

Véase al pie de Quietismo;
P. Dudon, , París, 1921;
J. Paquier, «Molinos», en DTC.

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