SANTIFICACIÓN
Es la acción transformadora que hace santo al hombre.
La santificación guarda relación con el concepto de santidad. Santo (en hebr. qôdes, de qâdas = separar) significa lo que está separado de las cosas profanas y consagrado a Dios. La santidad tiene un aspecto negativo (alejamiento del pecado) y un aspecto positivo (unión amistosa con la Divinidad). En el A. T., a pesar de los motivos de santidad interior, fue prevaleciendo poco a poco la santidad exterior y legal, que llegó a su cumbre con los Fariseos. Jesús encendió la llama de la verdadera santidad, presentándola como una regeneración, como una nueva vida, alimentada principalmente por el amor, hasta llegar a una misteriosa participación de la misma vida de Dios. El aspecto negativo (liberación del pecado y purificación) lo desarrolla particularmente S. Pablo, el aspecto positivo (comunicación vital e inmanencia mutua entre Dios y el hombre) lo encontramos indicado en S. Juan y S. Pedro, que nos habla de una participación de la naturaleza divina en el hombre redimido (v. Consorcio divino).
Estos preciosos elementos de la Revelación escrita elaborados por los Padres y los Doctores concurren a formar la Teología de la santificación, sancionada por el Magisterio eclesiástico. La santificación tiene tres fases: genética, estática y dinámica.
1.º Genéticamente la santificación en el orden presente es el paso de un estado de pecado al estado de amistad de Dios por medio de la gracia. Acerca de este paso v. Justificación.
2.º Estáticamente la santificación es la condición del hombre elevado por la gracia santificante y los dones anejos. Puédese decir que es la santidad quoad esse.
3.º Dinámicamente la santificación es la actividad sobrenatural del hombre santificado, que tiende a conquistar una vida de unión con Dios cada vez más intensa con la lucha asidua contra las tentaciones y las pasiones, y con el ejercicio constante de las virtudes. La historia del Cristianismo registra dos errores opuestos con relación a la santificación: el Pelagianismo (v. esta pal.), que niega el pecado original y la necesidad de la gracia, atribuyendo la obra de la santidad a las fuerzas de la naturaleza (naturalismo); el Luteranismo (v. esta pal.), que exagera, por el contrario, el pecado original, niega la posibilidad de una regeneración y de una colaboración del hombre con Dios, reduciendo nuestra santidad a una imputación externa de la divina (seudosupernaturalismo). La Iglesia ha condenado ambos errores y, en armonía con la Revelación, enseña que la santificación es obra de Dios, que infunde la gracia, pero requiere la libre cooperación del hombre, bien en el momento de la adquisición de la gracia, bien para conservar y acrecentar el don de Dios. El hombre santificado debe luchar y trabajar continuamente por progresar en la santidad, especialmente bajo el impulso y con el ejercicio de la caridad (v. esta pal.), que da la medida de la santidad.
Bibliografía
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