PONTÍFICE ROMANO
Es el sucesor de S. Pedro, o sea, el heredero del Primado sobre toda la Iglesia. (V. Primado de S. Pedro). La supremacía conferida al hijo de Jonás no fue un privilegio personal, porque siendo la Iglesia un edificio, un reino, un redil, que había de durar hasta el fin de los siglos, había de tener necesidad siempre de un fundamento, de un clavero, de un pastor; el Primado, pues, había de perpetuarse en los siglos y S. Pedro había de vivir en su sucesor, el Romano Pontífice (cfr. DB, 1825).
Pregúntase por qué ha de ser en el Obispo de Roma y no en otro; por qué en el de Roma y no más bien en el de Jerusalén, donde murió Cristo. Porque el Redentor, que había preordenado toda la historia humana a los fines de la salvación eterna, escogió a Roma, la gran metrópoli, para centro de su Iglesia. La escogió, inspirando al Príncipe de los Apóstoles que pusiera su Sede definitiva en esta ciudad, de manera que los Obispos que le sucedieran en ella heredasen ipso facto los privilegios del Primado.
Testimonios clarísimos y hechos indiscutibles de la Iglesia naciente demuestran cómo desde el principio tanto el Obispo de la Urbe como los fieles del Orbe tuvieron plena conciencia de la preeminencia de la Iglesia romana. A principios del s. II S. Ignacio de Antioquía saluda a la Iglesia de Roma llamándola «προκαθημένη τῆς ἀγάπης» (Rom., prólogo). El significado más natural de este lenguaje es que la Iglesia romana preside el conjunto de las Iglesias. Como el Obispo en la Iglesia particular preside las obras de caridad, así la Iglesia romana preside todas estas obras en toda la cristiandad.
A fines del mismo siglo S. Ireneo de Lyon escribe aquellas célebres palabras: «Es necesario que toda otra Iglesia convenga con ella, a causa de su principalidad más poderosa» (propter potiorem principalitatem); es decir, que todos los fieles esparcidos por el mundo deben convenir con ella, porque en ella se ha conservado siempre intacta la Tradición que tuvo su origen en los Apóstoles (Adv. haereses, III, 3, 2). A mediados del s. III S. Cipriano exalta a Roma como la Ecclesia principalis unde unitas sacerdotalis orta est (Ep. 12, 4).
Son paralelos a estos documentos muchos hechos que prueban el reconocimiento práctico del Primado Romano. No había concluido aún el s. I cuando el Papa Clemente en tono autoritario llamaba a la obediencia a los fieles de Corinto (Ep. 44, 3; 45; 40, 12). En el s. II y III aparece el Obispo de Roma como árbitro de las controversias eclesiásticas, las cuales dirime con autoridad, especialmente las que se relacionan con la fe; los mismos herejes recurren a todas las intrigas posibles para ganarse la confianza de la Sede Apostólica y procurarse el favor de la Cátedra de Pedro.
La reciente Encíclica de Pío XII Sempiternus Rex (8 sept. 1951) ilustra brillantemente el Primado de Roma en el Concilio de Calcedonia (451), donde se pronunció la célebre frase: Petrus per Leonem locutus est. El Primado, según la definición del Conc. Vaticano (DB, 1831), significa una autoridad sobre la Iglesia de Cristo jurisdiccional, plena, suprema, universal, inmediata, ordinaria, tanto en cuanto concierne a la fe, como en lo que se refiere a la disciplina.
Los protestantes del s. XVI hicieron todo lo posible por vaciar de su contenido los textos referentes al Primado de Pedro, su venida a Roma y la herencia transmitida a sus sucesores (tres verdades que forman un solo bloque). Los protestantes modernos lo explican todo por medio de la evolución: un centro único de la cristiandad, dicen ellos, es lo último que se forma; ese centro no está en la base sino en el vértice de la pirámide. Esta cómoda teoría se halla en plena contradicción con los textos y hechos que hemos referido anteriormente y con otros muchos que podríamos aducir.
Bibliografía
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R. Belarmino, , Venecia, 1599;
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V. Ermoni, , Roma, 1906;
«Tu es Petrus», en «Encycl. Populaire»;
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A. Piolanti, «Primato di S. Pietro e del Papa», en EC. V. la bibliografía al pie de la palabra Papa.