ORDEN
(lat. ordo = orden, clase, número, rango): Es el Sacramento por medio del cual se constituyen los sacerdotes de la Nueva Alianza. Cristo por derecho natural y por vocación divina es el Sumo Sacerdote del N. T., pero, debiendo sustraer su presencia visible, dejando sensible y perpetua, como requiere la naturaleza humana, la aplicación de la obra salvífica, escogió ya en la primera época de su vida pública algunos discípulos, a quienes educó con todo cuidado y diligencia.
Como coronación de esta divina didascalia, en el mismo momento en que instituyó el Sacrificio de la Misa en virtud de una investidura sobrenatural expresada en las palabras: «Haced esto en mi memoria» (Lc. 22, 19; I Cor. 11, 24), les transmitió el poder sacerdotal de renovar la oblación incruenta, recuerdo perpetuo de su inmolación sangrienta en el Calvario. El día de la Resurrección y de la Ascensión, confiriendo a los mismos Apóstoles el poder de perdonar los pecados (Jo. 20, 21-23) y la triple potestad de magisterio, ministerio y gobierno (Mt. 28, 20), los constituyó representantes de Dios entre los hombres (mediación descendente), en tanto que en la Última Cena los había hecho representantes de los hombres ante Dios (mediación ascendente).
Número de las órdenes. Habiendo transmitido a los Apóstoles el poder de continuar su obra sacerdotal, Jesús en los días que pasó con ellos después de la Resurrección loquens de regno Dei, así como constituyó una jerarquía de jurisdicción (v. esta pal.), confiriendo a Pedro el Primado sobre los demás Apóstoles (Jo. 21, 15-18), tuvo que dar instrucciones sobre una jerarquía paralela de Orden (v. esta pal.), ya que inmediatamente después de Pentecostés la encontramos constituida por tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado (Órdenes de institución divina, Conc. Trid., Ses. 23, can. 6). Más tarde (s. IV y V) la Iglesia añadió a la jerarquía de origen divino otros grados inferiores: subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios (Órdenes de origen eclesiástico).
La colación de las órdenes de origen divino estuvo siempre reservada al Obispo, mientras que la de las demás, exceptuando el subdiaconado en el rito latino, puede ser hecha, según los cánones y sus disposiciones, por un simple sacerdote (Cardenal, Abad, Vicario Apostólico). El episcopado, el presbiterado, el diaconado y el subdiaconado se llaman en lenguaje eclesiástico Órdenes Mayores, para distinguirlas de las Órdenes Menores, que son entre los latinos el acolitado, exorcistado, lectorado y ostiariado; entre los orientales en cambio se consideran Órdenes Menores el subdiaconado y el lectorado, las únicas Órdenes de origen eclesiástico admitidas en Oriente. Recientemente fue reconocido el subdiaconado como Orden Mayor también en la Iglesia Oriental.
Rito de la ordenación. Jesucristo, al conferir el Sacramento del Orden a sus Apóstoles, no se sirvió de señal ninguna, pero inmediatamente después de su Ascensión apareció el gesto, que quedó como rito esencial en la colación de las órdenes Mayores: la imposición de manos unida a una oración (cfr. Hechos 6, 6; 13, 13; 2 Tim. 1, 6). La entrega de los instrumentos y todos los demás ritos son venerables y sugestivas ceremonias complementarias introducidas lentamente por los usos de las distintas Iglesias e incorporadas finalmente al Pontificale Romanum. Pío XII declaró solemnemente en su reciente Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de 28 enero 1948 (AAS, 40, [1948], págs. 5-7) que la esencia del Sacramento del Orden consiste en la imposición de manos y en la oración, que determina el significado del rito. Este insigne documento vuelve a sus orígenes la Teología y la Liturgia de las Órdenes.
Los efectos son el carácter y la gracia. Carácter del Orden: 1) Es participación más perfecta del sacerdocio de Cristo, porque confiere el poder inmediato sobre el cuerpo de Cristo con el oficio de hacerlo presente con las palabras de la Consagración y de ofrecerlo en sacrificio aceptable al Padre (mediación ascendente). Quien puede obrar sobre la cabeza tiene también derecho a influir sobre el cuerpo; por lo tanto el sacerdote, que consagra el cuerpo verdadero de Jesucristo, adquiere un poder directo sobre el Cuerpo Místico, al que ha de instruir, santificar y gobernar. 2) Es el derecho máximo a la gracia, porque transmitiendo la participación más perfecta del oficio sacerdotal exige una reproducción de los sentimientos de Víctima, tanto más intensa en el alma del sacerdote por aquella ecuación de la nueva economía sacerdos suae hostiae et hostia sui sacerdotii, y además porque, habiendo hecho del sacerdote el sagrario viviente de la Divinidad, requiere que esté adornado con las piedras preciosas de las más altas virtudes. 3) Confiere un puesto de preeminencia en la sociedad eclesiástica, porque hace del sacerdote un guía, padre y maestro de los fieles.
La gracia santificante, que aumenta este Sacramento ex opere operato, es como el último toque que asemeja el alma a Cristo, al cual se agrega la gracia sacramental, que lleva consigo un aumento de todas aquellas virtudes y de aquellos dones que pudiéramos llamar profesionales: el don de la piedad y la virtud de la religión, para ofrecer dignamente el sacrificio; el don de la sabiduría para instruir y la virtud de la prudencia para gobernar.
El Conc. Trid. reivindica esta doctrina contra las negaciones de los protestantes en su Ses. 23 (DB, 938-988). Sobre la dignidad del sacerdocio promulgaron tres grandes documentos: Pío X, Exhortatio ad clerum catholicum, 1908; Pío XI, Encícl. Ad catholici sacerdotii, 1935, y Pío XII, Exhortación Menti nostrae, 1950.
Bibliografía
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Gámez Lorenzo, , Salamanca, 1946.
Voces relacionadas
Internas
- APÓSTOLES
- JESUCRISTO
- IMPOSICIÓN (de manos)
- LITURGIA
- CARÁCTER
- SACERDOCIO (de Cristo)
- PADRE
- EX OPERE OPERATO
- GRACIA (sacramental)