MESÍAS
(hebr. Mashiah = ungido, en griego «Cristo»): Derívase este nombre de la unción, con que en la teocracia judaica eran consagrados los reyes. El título, pues, designaba originariamente a todos los reyes de los hebreos, pero después se reservó al rey supremo, el Redentor que había de conseguir para su pueblo la eterna salvación.
El Mesianismo es un fenómeno de profecías del A. T. relativas a la persona, origen y cualidades del Mesías y al reino espiritual que había de fundar. El Mesianismo es un fenómeno histórico y religioso exclusivo del pueblo de Israel, que invade todo el A. T.; además de los textos explícitos sobre el Mesías y su obra, toda la economía religiosa antigua postula como su complemento el Mesías; por ello encontramos profecías mesiánicas en todos los tiempos del A. T. con natural preponderancia en aquellos en que vivieron los Profetas. Expresadas en el poético lenguaje hebraico, rico en imágenes, metáforas y amplificaciones, o referidas a situaciones y realidades contingentes, las profecías se sirven de este ropaje provisional para expresar realidades espirituales futuras, universales y eternas.
Es imposible recoger en breves palabras todo el contenido mesiánico del A. T., pero, a título de espécimen, podemos dar un cuadro sumario y general. Desde la primera página de la Biblia aparece el Mesías como el liberador del hombre de la esclavitud de Satanás (Gen. 3, 15), y paso a paso se irá indicando su origen humano de la descendencia de Sem (Gen. 9, 25-27), de Abraham y de su «semilla» (Gen. 12, 3; 18, 8; 22, 18; 26, 4; 28, 14), de la tribu de Judá (Gen. 49, 8; Num. 24, 17-19), de la familia real de David (2 Sam. 7, 11-12; Salmo 88, 3-38; Is. 11, 1, etc.). Nacerá en Belén (Miqueas 5, 1-5, Vulg. 5, 2-6) de una Madre Virgen (Is. 7, 14-18), cuando se hayan derrumbado los grandes imperios antiguos y la misma casa de David (Dan. 9, 24-27; Amós 9, 11-12).
Será anunciado por un Precursor (Is. 40, 3-5; Mal. 4, 5), comenzará a predicar en Galilea (Is. 9, 1) y obrará milagros (Is. 35, 5-6; 61, 1). Hijo de Hombre, el Mesías es llamado también claramente Hijo de Dios (Sal. 2, 7; Is. 9, 5). Es un Rey (Sal. 109; Is. 9, 3) humilde (Zac. 9, 8-10), que fundará un reino espiritual, universal y eterno, reino de justicia y de paz, reino de los Santos (Sal. 17; Is. 11, 6-9; 19, 23-24; 54, 2-3; 60, 1-6; Dan. 7, 13-14, 18, 22, 27, etc.).
Es un sacerdote nuevo (Salmo 109, 4) que instituirá un nuevo sacrificio (Mal. 1, 10-11) y fundará un Templo espiritual (Zac. 6, 12). Es un Profeta (Deut. 18, 15-19) lleno de todos los dones del Espíritu Santo (Is. 11, 2), Mediador entre Dios y el pueblo (Is. 42, 6), establecerá un nuevo pacto espiritual y eterno (Jer. 31, 31-34; Is. 42, 6-7; 55, 3-5). Pastor único y fiel (Ez. 34, 22-23), rescatará con una condena inicua y una dolorosa Pasión y Muerte los pecados de todos (Sal. 21; Is. 52, 13-53, 12), pero sus mismos crucifixores reconocerán su inocencia (Zac. 12, 10) y resucitará glorioso (Sal. 15, 10-11), para sentarse a la diestra del Padre (Sal. 109, 1), de donde volverá como Juez inexorable (Dan. 7, 13-14).
La redención del mal, la reconstrucción de un orden de gracia y de santidad, la victoria sobre toda fuerza tenebrosa y hostil a Dios, la extensión de la salvación a todas las gentes de todos los tiempos, son en resumen las características del reino mesiánico, dominado por la figura del Mesías Hombre-Dios, realizado en una sociedad visible y espiritual íntimamente ligada al Mesías. Jesús ha dicho explícitamente que Él era el Mesías esperado por Israel (Jo. 4, 25-26) y ha acudido a las profecías antiguas para demostrar la legitimidad de su afirmación (Lc. 24, 27, 44-47; Jo. 5, 39). La predicación de los Apóstoles, sobre todo en el ambiente judío, estribaba en esta demostración cuyo valor no ha disminuido con el correr de los siglos.
Bibliografía
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