Diccionario de Teología Dogmática

Antonio Piolanti (A. P.)

DONATISMO

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Cisma y herejía que recibe su nombre de Donato el Grande, su más fuerte defensor. Ideológicamente se deriva del error de los rebautizantes, cuya responsabilidad recae sobre Tertuliano, que, habiendo negado la validez del Bautismo de los herejes (dando la razón de que estando privados de la gracia no la podían transmitir a otros), encontró un fervoroso e inteligente campeón de su tesis en S. Cipriano († 258), que se atrevió a pedirle al Papa Esteban I la confirmación de esta doctrina, recibiendo como respuesta el célebre principio «nihil innovetur, nisi quod traditum est».

Los donatistas, siguiendo la trayectoria de las ideas de los dos escritores africanos, llevaron la teoría a sus consecuencias últimas lógicas: si los herejes no pueden bautizar válidamente, porque están privados del Espíritu Santo y de su gracia, de la misma manera se ha de estimar la condición de los pecadores: estando ellos también privados de la gracia, no pueden, por lo mismo, transmitirla a través de los ritos sacramentales. La ocasión histórica de este desarrollo lógico del viejo principio se presentó a principios del s. IV, cuando el edicto de Diocleciano impuso a los cristianos la obligación de entregar los libros sagrados para ser quemados. Todos los que secundaron la voluntad imperial fueron llamados «traditores» y considerados como pecadores públicos. De este delito fue acusado precisamente Félix de Aptonga, que consagró a Ceciliano, Obispo de Cartago. Entonces algunos sacerdotes cartagineses, favorecidos por los Obispos de Numidia, ampliando la extensión del principio de los rebautizantes, concluyeron con fácil ilación que era inválida la ordenación de Ceciliano, quien apeló a Roma y ganó la causa. Pero los rebeldes le opusieron a Mayorino y, muerto éste en 315, le dieron por sucesor a Donato el Grande, que dio su nombre al cisma, por haberle dado una sólida organización jerárquica.

El Donatismo, fundado en dos principios fáciles y comprensibles para el pueblo: 1) la Iglesia es la sociedad de los Santos; 2) los Sacramentos administrados por los pecadores y por los herejes son inválidos; apoyado por el celo fanático de los Circunceliones e ilustrado por escritores no faltos de ingenio (Parmeniano, Ticonio, Petiliano, etc.), se extendió y consolidó tan profundamente que llegó a poner en grave peligro la existencia del catolicismo en el África romana. Ni la repetida intervención imperial, ni la brillante polémica sostenida por S. Optato Milevitano consiguieron doblegar el ánimo de los rebeldes. Sólo a principios del s. V, con el apoyo del imperio, la lógica cerrada y la caridad conquistadora de S. Agustín consiguieron zanjar el cisma secular y poner en claro el principio católico, según el cual: 1) la Iglesia militante no es la sociedad de los Santos, sino un Corpus permixtum de buenos y de malos; 2) los Sacramentos traen su eficacia de Cristo y no de los Ministros, por lo que son sancta per se et non per homines.

Bibliografía

Monceaux, , París, 1905;
J. Tixeront, , París, 1931, t. 2, pp. 22-231;
C. Molari, , Brescia, p. 233-237. Recientemente dio nueva interpretación del error donatista, que tal vez no agrade a todos, G. Nicoletti, , en (1942);
A. Pincherle, «Donatisme», en EC;
Llorca, , Madrid, 1950.

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