DESEO (de Dios)
Es propiamente una inclinación del apetito sensitivo o de la voluntad hacia un bien ausente. Impropiamente se llama también deseo la inclinación del entendimiento hacia la verdad. Es verdad de fe y de razón que las criaturas, especialmente el hombre, tienden a Dios consciente o inconscientemente, por ser Dios la causa eficiente y final de todas las cosas. En el hombre, hecho a imagen de Dios, esta tendencia se acentúa más y el deseo se hace más dramático, una verdadera nostalgia, después de la caída original. Pero hay una vieja cuestión teológica acerca del deseo de la visión beatífica: ¿Puede el hombre, sin la Revelación y sin la gracia, desear la visión intuitiva de la esencia de Dios?
Scoto y su escuela responden afirmativamente, añadiendo que tal deseo es innato, es decir como instintivo, independiente del conocimiento explícito del objeto. Esta sentencia liga al hombre más íntimamente con Dios y presenta el orden sobrenatural como término de una inclinación natural: desamparada esta sentencia con motivo de la condenación del Bayanismo (v. esta pal.), ha revivido últimamente, defendida por no pocos teólogos de diversas escuelas.
En cambio, los Tomistas, partiendo de una rígida distinción entre el orden natural y el sobrenatural, sostienen que en el hombre no puede nacer el deseo de la visión beatífica sin la Revelación, ni puede ser eficaz en todo caso sin la gracia. Sto. Tomás, aun defendiendo esta doctrina de la distinción neta entre los dos órdenes, habla en la Suma (I, q. 12, a. 1) y en otras obras de un «deseo natural», que el hombre concibe viendo sus efectos, de ver también la Causa primera, es decir, a Dios. El comentario de este pasaje ha creado una amplia literatura con las más variadas soluciones.
Siguiendo la corriente dirigida por Silvestre de Ferrara se puede presentar como más probable la siguiente interpretación: el deseo de que habla Sto. Tomás es, ciertamente, natural, pero no innato (instintivo), sino deducido (elicitus), es decir, dependiente del conocimiento de las cosas (efecto), de donde nace el deseo de conocer su causa (Dios). Pero Dios no puede ser conocido plenamente, sino con la visión beatífica; por lo que, sin saberlo, el hombre tiende materialmente con aquel deseo natural a la visión beatífica. En aquel deseo radica la posibilidad de la elevación del hombre al orden sobrenatural (potencia obediencial). Sin la ayuda de la gracia, tal deseo no será más que pura e ineficaz tendencia.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 12, a. 1;
J. Sestili, , Nápoles-Roma, 1896;
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Lennerz, , Roma, 1948;
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