CONFIRMACIÓN
Es el Sacramento de la adolescencia y de la milicia cristiana.
Las repetidas predicciones de los Profetas relativas a una larga efusión del Espíritu de Dios en los tiempos mesiánicos (Is. 58, 11; 47, 1; Joel 2, 28, etc.) y el repetido anuncio de parte de Cristo de una bajada del Espíritu Santo con la misión de completar la educación sobrenatural de los Apóstoles (Jo. 14, 16; 15, 26; 17, etc.) hacían presagiar una institución complementaria del Bautismo. En armonía con estos precedentes, en los cuarenta días que transcurrieron entre la Pascua y la Ascensión el Salvador debió determinar aquel rito sagrado, que inmediatamente después de Pentecostés fue empleado por los Apóstoles, es decir, por aquellos doce que se presentaban al mundo como ejecutores de la voluntad del Maestro y no como inventores de nuevos ritos religiosos (cfr. I Cor. 4, 1).
«Cuando los Apóstoles en Jerusalén supieron que los Samaritanos habían recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan, los cuales, en llegando, hicieron oración por ellos, a fin de que recibiesen el Espíritu Santo; porque no había descendido aún sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre de Jesús. Les impusieron, pues, las manos y ellos recibieron el Espíritu Santo» (Hechos 8, 14-17; cfr. 19, 1-6).
El ministro de este Sacramento fue desde el principio el Obispo. En efecto, fueron los Apóstoles y no el diácono Felipe quienes administraron la primera Confirmación. Es natural que una acción completiva competa solamente a quien ha recibido la plenitud del sacerdocio. Pero tal prerrogativa episcopal no es absolutamente reservada, porque los sacerdotes de rito oriental, por una especie de delegación general de la Iglesia (conservando siempre su carácter de ministros extraordinarios) confieren comúnmente este Sacramento, y los del rito latino pueden ser autorizados por el Romano Pontífice en los casos previstos por el Código de Derecho Canónico o por el Decreto de la Sagrada Congregación de Sacramentos, Spiritus Sancti munera, de 14 sept. 1946 (en AAS, 38 [1946], pp. 349-358).
La materia es doble: la imposición de manos (Hechos, 8, 14-17) y la Unción (como se deduce de la Tradición); la forma está constituida por estas palabras: «Yo te signo con el signo de la Cruz y te confirmo con el crisma de la salvación, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»
Los efectos. Los Padres, la Liturgia, los Teólogos se muestran de acuerdo en presentar los efectos de la Confirmación como «complemento», «perfección», «corona» del Bautismo. El carácter de la Confirmación perfecciona el del Bautismo, sobre todo porque: a) amplía la esfera de la actividad bautismal, especialmente en la mediación descendente; en efecto, mientras que el Bautismo confiere el poder limitado de administrar el Sacramento del Matrimonio, la Confirmación hace al cristiano de alguna manera partícipe del magisterio eclesiástico, habilitándole para profesar, divulgar y defender ex officio el patrimonio de la fe bajo la dirección de los Pastores legítimos; b) aumenta las exigencias de la gracia, en primer lugar porque, siendo una gema más preciosa que el carácter bautismal, exige ser engastada en un anillo más refulgente; después, porque como potencia más activa y ordenada a actos más difíciles, como es la defensa intrépida de la religión, exige mayor abundancia de auxilios divinos; c) asigna un puesto especial en el Cuerpo Místico, porque introduce oficialmente al cristiano en la vida pública de la Iglesia y con la carga de soportar todos los sacrificios inherentes a la defensa del nombre cristiano.
La gracia de la Confirmación perfecciona la del Bautismo: 1) porque en este Sacramento de plenitud los fieles vienen a asemejarse a Cristo en cuanto que Él, desde el primer instante de su concepción, fue lleno de gracia (Sto. Tomás, III, q. 72, a. 1, ad 4); 2) porque conduce a viril madurez el organismo sobrenatural «que se convierte en un instante de imperfecto en perfecto» (Sto. Tomás, III, q. 72, a. 8, ad 4); 3) porque, ampliando la circulación de la vida sobrenatural, desarrolla todo el Cuerpo Místico; en efecto, si por una parte, orientado el organismo espiritual hacia nuevas conquistas, se producen obras meritorias más abundantes, que enriquecen ad intra el tesoro de la Iglesia, por otra parte, por el avance simultáneo y compacto de los soldados de Cristo, la misma Iglesia se ensancha ad extra, para acoger y regenerar para Cristo a nuevas almas.
Los protestantes del s. XVI no vieron en la Confirmación más que una superflua ceremonia cuyo origen, según ellos, se remonta a una antigua catequesis en la que los adolescentes daban cuenta de su fe a la Iglesia; fueron condenados por el Conc. Trid., ses. VII (DB, 871-873).
Bibliografía
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