CONCURSO (divino)
Es el influjo de la causa primera sobre la actividad de la criatura. El ente finito depende de Dios en su Ser (v. Creación y Conservación): debe, pues, depender de Él también en sus operaciones, según el adagio escolástico: «operatio sequitur esse».
Hay algunos teólogos, muy pocos, entre los cuales se halla Durando, que reducen esta dependencia operativa a la acción creadora y conservadora de Dios, el cual concurriría a la operación de la criatura remotamente (concurso mediato), en cuanto les ha dado el ser y la facultad de obrar. Otros acentúan tanto la intervención divina que llegan a eliminar la acción de la criatura (p. ej. el Ocasionalismo de Malebranche). La sana Teología admite unánimemente la necesidad de una acción positiva de Dios sobre la criatura para desplegar su actividad (concurso inmediato). Aunque esta verdad no ha sido definida de fe, tiene sus fundamentos en la divina Revelación: ya Isaías, 26, 12, exclama: «Señor, Tú has obrado en nosotros todas nuestras acciones», y S. Pablo (Hechos, 17, 28): «En Él vivimos, nos movemos y somos.»
Razones: a) Sólo Dios es su ser y, por lo tanto, su operar esencialmente (v. Operación); la criatura, en cambio, recibe el ser y, por lo tanto, debe recibir también el impulso a la operación, porque una potencia no puede por sí sola pasar al acto (v. Acto); b) Dios, como primera causa eficiente y formal del universo, tiene dominio absoluto sobre todas las cosas, por lo que es absurdo sustraer la actividad de las criaturas al influjo divino; c) toda actividad de la criatura es realizadora, es decir, produce de alguna manera y toca el ser de las cosas; pero el ser, efecto universalísimo, debe reducirse a Dios como a su causa propia principal, a la cual se subordina la criatura como causa instrumental.
Sto. Tomás, en el De potentia, q. 3, a. 7, fija en cuatro puntos el concurso divino: Dios es causa de la acción de toda criatura (incluido el hombre): 1.º, en cuanto la crea; 2.º, en cuanto la conserva (concurso mediato); 3.º, en cuanto la mueve a obrar; 4.º, y se sirve de ella como de un instrumento (concurso inmediato).
De aquí la teoría de la premoción física desarrollada por el tomista rígido Báñez (s. XVI) hasta el concepto de predeterminación ad unum, según la cual Dios no sólo mueve al hombre a obrar, sino también a hacer esto mejor que aquello (quitándole la indiferencia activa con peligro de su libertad). Contra esta interpretación (v. Banecianismo) se levantó Molina, jesuíta, el cual propuso el concurso inmediato no sobre la criatura, sino junto con ella hacia el mismo efecto; una especie de paralelismo entre Dios y la criatura cooperando juntamente (concurso simultáneo). Esta opinión salva la libertad humana, pero es ciertamente extraña al pensamiento de Sto. Tomás (v. Molinismo). Puede admitirse una moción divina que haga pasar a la criatura al ejercicio del acto, siempre que aquélla contribuya a la especificación del acto mismo según su propia forma (v. Tomismo).
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 105;
, q. 3, a. 7;
sobre la interpretación de Sto. Tomás cfr. la reciente controversia entre Garrigou-Lagrange, (apéndice) y A. d’Alès, , París, 1927;
y también la controversia entre el mismo Garrigou y Parente: en «Angelicum», 1946, fasc. 1-2, p. 3 ss.;
y en «La Scuola Cattolica», 1947, fasc. II: .