COMUNIÓN (eucarística)
Es la participación del banquete sacrifical, en que el fiel se alimenta del cuerpo y de la sangre de Cristo. Los efectos de esta participación son la unión individual y social de los fieles con Cristo en orden a la glorificación del alma y del cuerpo.
La unión individual (incorporatio) la afirma Jesucristo de una manera sublime en el discurso de la promesa: los dos misterios de la vida trinitaria, la mutua inmanencia del Padre en el Hijo y la procesión del Hijo del Padre, se repiten en cierto modo en las relaciones de Cristo con el fiel: «Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en él... como el Padre que tiene vida propia me ha enviado y yo vivo con el Padre, así quien me come vivirá por mí» (Jo. 6, 55-57).
La resurrección gloriosa (ius ad gloriam) la promete el Señor en el sermón de Cafarnaum: «Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (Jo. 6, 54), de donde S. Ignacio Mártir († 107) exalta la Eucaristía dándole el título de «fármaco de la inmortalidad y antídoto contra la muerte» (Eph. 20, 2).
No se puede comprender la naturaleza íntima de estos efectos si no se considera dentro de la economía general de los Sacramentos, cuya corona son. La tradición, en efecto, presenta la Eucaristía como el perfeccionamiento y la cumbre —consummatio— de todo el orden sobrenatural y como tal debe completar todo el organismo espiritual en su ser (la gracia), en sus facultades (las virtudes), en su actividad (la gracia actual), en sus frutos (las buenas obras). Efectivamente, como se deduce de un nutrido conjunto de argumentos teológicos, la Eucaristía produce la gracia habitual más abundante, aumenta a su grado máximo la caridad, reina de todas las virtudes, excita con estímulos frecuentes de la gracia actual el fervor, de donde emanan, como natural consecuencia, más numerosas y perfectas las obras meritorias para la vida eterna. Ahora bien, tales efectos constituyen, como es fácil de entender, la plena incorporación a Cristo, la más perfecta unión entre los fieles, el más alto derecho a la glorificación del alma y del cuerpo, por donde los fieles en particular, lo mismo que la Iglesia en general, alcanzan la cumbre de la perfección espiritual, la madurez para la visión beatífica: después de la Eucaristía no queda más que la Gloria.
Bibliografía
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