ALBIGENSES
Herejes, epígonos de los antiguos Maniqueos (v. esta pal.), que se difundieron ampliamente a fines del s. XII en el mediodía de Francia (Languedoc), teniendo su sede central en Albi, de donde tomaron su nombre. En realidad ellos se llamaban Cátaros (καθαρός = puro), y fueron conocidos en otros países de Europa bajo otros nombres: Catarinos, Patarinos, Publicanos, Búlgaros, etc. Los Cátaros Albigenses consiguieron organizarse de un modo amenazador para la Iglesia y para la civilización católica.
Doctrina: profesaban el dualismo maniqueo para explicar el mal; existen dos principios: uno, bueno, creador del espíritu y de la luz; el otro, malo, creador de la materia y de las tinieblas. El principio malo es el Dios del A. T.; el principio bueno es el Dios del N. T.; el Dios bueno había creado los Ángeles, muchos de los cuales pecaron y fueron obligados a tomar cuerpos, haciéndose hombres. Dios (Uno, no Trino) envía a Jesús, uno de sus Ángeles, a liberar el espíritu de la materia (redención de los hombres). Jesús tuvo un cuerpo aparente (Docetismo), y no sufrió, ni murió, ni resucitó, sino simplemente enseñó. La Iglesia primitiva ha venido degenerando desde los tiempos de Constantino: Dios más que en la Iglesia habita en el corazón de los fieles. Los espíritus pasan de un cuerpo a otro (metempsicosis), para purificarse, hasta la expiación completa. Los Cátaros, partiendo del principio de que la materia en sí misma es un mal, condenaban el matrimonio, la riqueza, los alimentos, los placeres sensibles.
Los fieles se dividían en dos categorías: la de los perfectos, que se obligaban aun con voto a la práctica rigurosa de la moral y de la ascética cátara, y la de los creyentes, a los que se concedía mucha libertad. El perfecto llegaba a este elevado grado por medio del consolamentum, una especie de bautismo por imposición de manos, con que recibía la misión de ir a predicar la nueva religión. Los creyentes recibían el «consolamentum» en peligro de muerte para asegurarse la salvación. Tenían también una especie de confesión pública, una bendición y fracción del pan y una jerarquía de obispos y de diáconos.
El elemento más peligroso de esta herejía era la categoría de los creyentes, la gran masa, a quienes sólo se exigía la fe y el deseo del «consolamentum» en caso de peligro de vida: por lo demás, se les concedía máxima libertad, que fácilmente degeneraba en desenfrenado libertinaje. La herejía no era sólo un peligro para la Iglesia, sino también para la misma sociedad civil. Con razón Inocencio III, hondamente preocupado, publicó contra los Albigenses la célebre Cruzada, que se justifica plenamente desde el punto de vista moral y social, si bien su ejecución presenta sombras y exageraciones a causa de las interferencias políticas y sobre todo de la ambición de Simón de Montfort, jefe de la Cruzada. Sto. Domingo, alma dulce y luminosa, contribuyó con su predicación y con su ejemplo no a destruir, sino a convertir a los Albigenses a la fe católica. Por aquella época se instituyó la Inquisición (v. esta palabra), como proceso doctrinal de los herejes. El espíritu sectario ha falseado en muchos puntos la historia de estos sucesos; pero muchas de sus calumnias han sido ya contrastadas y deshechas por el estudio de los documentos históricos.
Los Albigenses fueron condenados en sus falsas doctrinas por el IV Conc. Lateranense (1215); cfr. DB, 428 y ss.
Bibliografía
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Ilarino da Milano, Le eresie popolari dei sec. XI nell’Europa Occidentale, en G. B. Borino, Studi Gregoriani, II, Roma, 1947.
Orígenes de la Orden de Predicadores, introducciones y notas de los PP. Garganta, Gelabert y Milagro, Madrid, 1947.