VIRGINIDAD
El principio de esta virtud, con la razón sobrenatural que la explica y la determina, lo asienta Jesús: Mt. 19, 10 ss.
Al oír formular resueltamente y sin excepciones la ley de la indisolubilidad del 596Bmatrimonio, exclaman los discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto a su mujer, no tiene cuenta ni casarse». Y Jesús les respondió: «No todos entienden esta razón, sino aquellos a quienes es concedido. Hay eunucos que nacieron tales del vientre de sus madres; y eunucos que se convirtieron en tales por imposición de hombres; y hay eunucos que se han hecho tales por propia cuenta, por amor del reino de los cielos. Quien se sienta capaz de hacerlo, que lo haga».
No todos son capaces de renunciar al matrimonio; quienes lo hacen renuncian a todo lo que él puede ofrecer en asunto de goces materiales y morales, para consagrarse enteramente al amor, al servicio de Dios y del prójimo. S. Pablo reproduce y comenta claramente esta enseñanza en I Cor. 7. «Excelente cosa es en el hombre el conservar la virginidad; mas por evitar la fornicación, abrace cada cual el matrimonio. Me alegraría de que fueseis todos como yo mismo (en la perfecta castidad); pero cada uno ha recibido de Dios su propio don de gracia». Hallámonos frente a una doble vocación: la primera común, más general, más conforme con la humana flaqueza, la vocación al matrimonio, que también es «don de Dios»; la segunda, más elevada, no de todos, la vocación a la castidad: «Digo a los no casados y a las viudas: excelente cosa es para ellos si así permanecen, como yo también permanezco; pero si no son capaces de la continencia, que se casen, pues más vale casarse que abrasarse».
Una vez casados, está para ellos, por parte del Señor, el precepto absoluto de la indisolubilidad del matrimonio. Y tratando después (vv. 25-35) directamente de la virginidad, expone el motivo de la excelencia de tal estado sobre el matrimonio con la única razón de ser en que se funda. «Juzgo, pues, que es cosa excelente para una persona el permanecer virgen a causa de la necesidad (aflicción) presente. Si uno se casa no peca; y si una doncella se casa tampoco peca; pero esos tales sufrirán en su carne aflicciones que yo quisiera evitaros». «Necesidad presente», «aflicciones de la carne», son, como explica en los vv. 32 ss., las ocupaciones ordinarias de este mundo y las peculiares del estado conyugal. Hay que evitar el apegar el propio corazón a las cosas terrenas; S. Pablo ha hablado de la santidad del matrimonio (v. 7) y de su legitimidad (v. 28), pero recuerda a los fieles cómo deben elevar sus aspiraciones a Dios y no dejarse vencer de los sentimientos, de 597Ala rutina, de las preocupaciones naturales. Piensen que todo es transitorio, que «la escena de este mundo pasa veloz» (vv. 29 ss.).
«Ahora bien: yo quisiera que vivieseis sin cuidados ni inquietudes. El que no tiene mujer anda solícito en las cosas del Señor, y de lo que ha de hacer para agradar al Señor; mas el que tiene mujer anda afanado en las cosas del mundo y en cómo ha de agradar a la mujer, y se halla dividido. Y la mujer no casada y la virgen anda solícita en las cosas del Señor para ser santa en cuerpo y alma; mas la casada anda solícita de las cosas del mundo y de cómo ha de agradar al marido. Digo esto para provecho vuestro, para exhortaros a lo que es más excelente y a lo que puede asentaros de un modo estable cerca del Señor (para que podáis consagraros al Señor) sin distracciones». Declara, pues, el Apóstol ser más favorable, en sí para la vida espiritual, el estado de quienes renuncian al matrimonio, para consagrarse directa y exclusivamente al servicio del Señor; para obtener más fácilmente la salud del cuerpo y del espíritu.
La grandeza de la virginidad y del celibato es enteramente sobrenatural y no es de tal grandeza sino cuando se abraza ese estado por sobreabundancia del amor de Dios, que lleva consigo el amor del prójimo: y el que se siente llamado teme no dejar un campo bastante libre y amplio a ese amor y a ese servicio si coarta su afecto y su libertad con ciertos lazos, por muy legítimos y por muy necesarios que sean para todos los demás hombres. Ningún otro propósito bastaría para justificar el repudio de las obligaciones ordinarias. Nos encontramos con el gran principio de la «libertad de los miembros de Cristo», que no es más que el medio de tender más seguramente al fin, «la caridad».
Bibliografía
E. B. Allo, Première épître aux Corinthiens , París 1934, p. 182 s. F. Spadafora, Temi d’esegesi (I Cor. 7, 32-35 e il celibato eccl.), Rovigo 1953, pp. 450-71.