Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

PREDESTINACIÓN

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La parte que pone Dios en la salvación eterna de los hombres. La expresa formalmente San Pablo en Rom. 8, 28 ss.: «Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados. »Porque los que antes eligió con amor («praedilecti»; conocer con providencial cuidado), a ésos los predestinó también para ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos: y a los que predestinó, a ésos también llamó, y a los que llamó, a ésos los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó.» Los que aman a Dios no forman una 471Acategoría especial entre los cristianos. Todos los cristianos de Roma, a quienes escribe San Pablo, están, por derecho, en Cristo. Eso mismo hay que decir de «los que son llamados según sus designios» (de Dios; próthesis , cf. Ef. 1, 11; 3, 11). No intenta San Pablo significar una categoría aparte en la comunidad cristiana, sino recordar a los fieles, a todos los fieles, que su vocación a la fe ha tenido como principio el designio divino de comunicarles este beneficio sobrenatural.

En el punto de partida de su conversión al cristianismo hubo por parte de Dios una libre iniciativa de gracia. La distinción entre dos clases de llamados al cristianismo, los unos predestinados a la gloria y los otros no, admitida por San Agustín, no tiene fundamento alguno en el texto, y es contraria a todo el contexto (todos los exegetas modernos); y además no se la ve por ninguna parte en el Nuevo Testamento. Para San Pablo, el llamado es todo bautizado, todo fiel que ha abrazado el cristianismo. Y en una exhortación en la que el Apóstol se propone demostrar que es seguro el último efecto de la Redención (glorificación de nuestro cuerpo, mediante la resurrección), ¿vendría al caso el animarlos diciendo: tened todos confianza, porque algunos de entre vosotros están predestinados? Sería de veras imposible hallar otro argumento más desprovisto de lógica. Los vv. 29 s. explican el precedente, y nos muestran la concatenación de los actos divinos que deben llevar a la comunidad de los cristianos a la vida gloriosa, mediante la conformidad con Cristo resucitado. No se trata de simple presciencia, «quos praescivit», sino de «conocimiento amoroso», benévolo y bienhechor.

La finalidad del plan divino es que también los bautizados tengan el cuerpo glorioso, como el de Jesús resucitado. Ésta es la imagen del Hijo, de la que habla aquí San Pablo. Cristo tomó nuestro cuerpo para que nosotros podamos participar de la gloria del suyo resucitado, de suerte que él sea como el primogénito (cf. Col. 1, 15) de una muchedumbre de hermanos. Por consiguiente, conformes con el cuerpo glorioso de Cristo. Está dispuesta una cadena de gracias que se extiende desde el llamamiento hasta la justificación e incluso hasta la glorificación de nuestro cuerpo. Por parte de Dios todo está dispuesto: la forma verbal, pasado remoto, es una anticipación de seguridad. En mano del hombre está el no interrumpir tal cadena con el pecado; pero aquí faltaba en el contexto el argumento de la cooperación 471Bhumana. San Pablo vuelve con mucha frecuencia sobre esto, aquí (Rom.) en la parte moral (cc. 12-15), y ya antes en el c. 6, y en las otras epístolas (cf. I Cor. 9-10; Gál. 5, 16-6, 10, etc.).

Asimismo, el término elegidos, empleado a menudo en el Nuevo Testamento (Rom. 8, 33; Col. 3, 12, etc.; I Pe. 1, 1; 2, 4.6.9, etc.), se refiere a todos los bautizados y nunca expresa una clase aparte entre los fieles. Los Apóstoles llaman elegidos a todos los fieles a quienes escriben; son los hombres que han recibido la gracia de la fe. De los mismos elegidos se dice que son «llamados»; se les reprende; pueden decaer del estado de gracia (I Cor. 9-10; Rom. 11, 20-23); deben asegurar su elección con las buenas obras (II Pe. 1, 10). Jesús exhorta a todos sus discípulos a que oren sin cesar y a que no vuelvan atrás (Lc. 18, 1-7). Los únicos pasajes que pudieran parecer favorables para servir de fundamento a la distinción entre llamados y elegidos, e identificar a éstos con una clase especial de fieles, «los predestinados infaliblemente a la salvación», serían Mt. 22, 14; 24, 22. «Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos». En realidad, los elegidos son los que efectivamente toman parte en el banquete; llamados, aquellos que Dios quisiera que hubiesen tomado parte en el banquete, aquellos para quienes estaba preparada la comida, es decir, el pueblo elegido, todos los israelitas.

La expresión no debe ser desligada del contexto.

Jesús dice que «ha invitado a todos los judíos, pero que pocos han respondido a su palabra»; tal es la situación histórica que se creó frente a la misión del Salvador (Brunec). Igualmente es erróneo alegar, Rom. 9- 11. En estos capítulos San Pablo demuestra cómo el hecho de que Israel haya quedado fuera de la salvación no supone una defección, ni siquiera parcial, del designio divino expresado en la alianza con Abraham. Se trata de que Dios nunca ha vinculado la salvación con una cuestión racial, con toda la descendencia según la carne. Y demuestra esto citando únicamente los casos de Isac, preelegido como heredero de la promesa, con la exclusión de los otros hijos de Abraham.

Dios elegía libremente a Isac, y luego a Jacob, etc.; pero así Jacob como Esaú no son considerados como personas tanto como cabezas y símbolos de dos pueblos, israelita y edomita: Israel debía sus privilegios únicamente a la libre y misericordiosa elección de Yavé. Así quedaba excluído el hecho racial. La cuestión de la salvación personal no aparece aquí 472Apara nada: se trata de la participación en el evangelio; que es como si se nos propusiera la pregunta de cómo Dios puede permitir que todavía no se haya predicado el evangelio en algunos pueblos de la tierra, mientras que otros, tal vez más lejanos, etc., tienen ya sus misioneros.

En conclusión: se afirman dos conceptos: el designio divino de salvación es fruto exclusivo de su misericordia; Dios nos previene con su gracia siempre, desde el comienzo hasta el perfeccionamiento glorioso de nuestra vida espiritual. Esto responde al carácter universal de la Redención (Mt. 28, 19) y a la divina voluntad claramente manifestada por San Pablo: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (I Tim. 2, 4).

Bibliografía

M. J. Lagrange, Épître aux Romains , París 1931, pp. 213-18, 224-48. J. Huby, La vie dans l’Esprit (Rom.) en RScR , 30 (1940) 32- 35. M. Brunec, Multi vocati, pauci electi , en VD , 26 (1948) 88-97, 129-43, 277-90.

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