PENTECOSTÉS
Transcurridas siete semanas desde el día en que al celebrar la Pascua había sido ofrecida la primera gavilla (Lev. 23, 15; Dt. 16, 9), se festejaba la llegada del quincuagésimo día: ἡ πεντηκοστή (Tob. 2, 1; II Mac. 12, 32; Act. 2, 1; ἡ πεντηκοστή ἡμέρα ). Esta fecha se define en el Antiguo Testamento con las expresiones de «solemnidad de las semanas» (hág šābhu‘ót: Éx. 34, 22; Dt. 16, 10; II Par. 8, 13), porque era celebrada como conclusión de las semanas; «solemnidad de la mies» (hág haqqāṣîr: Éx. 23, 16) porque se celebraba como acción de gracias por la recolección; «día de las primicias» (jôm habbikkûrîm: Núm. 28, 26; cf. Éx. 23, 16; ἑορτὴ πρωτογεννημάτων ; Filón, De Vict. V, 44), porque en aquel día se ofrecían al Señor, como primicias, dos panes de dos décimas partes de flor de harina fermentados, como símbolo del pan con que solían alimentarse los israelitas (Lev. 23, 16 ss.). Estos panes son llamados «minháh hadāšāh», es decir, «oblación nueva» (Lev. 23, 16); «lehem habbikkûrîm», o sea «pan de las primicias» (Lev. 23, 20).
La Pentecostés, como fiesta de la terminación de la recolección, está en conexión con Pascua, fiesta del comienzo de la siega y de ahí por qué los judíos posteriores la llamaban «conclusión de la Pascua»: ‘aṣéret šelpesah (cf. Strack Billerbeck, II, 598). Además de estos panes, se ofrecían tres clases de sacrificios: a) holocausto: siete corderos de un año, un ternero, la oblación (minháh) y las libaciones; b) sacrificio expiatorio: un macho cabrío; c) sacrificio pacífico: dos corderos de un año (Lev. 23, 18 s.). Los panes y las víctimas pacíficas eran agitadas delante el Señor por el sacerdote, por lo que se les llamó «lehem tènûfâh», panes de la agitación (Lev. 23, 1). Había, además, el sacrificio festivo que se realizaba ofreciendo en holocausto dos terneros, un carnero y siete corderos de un año, la correspondiente oblación (minháh) y la matanza expiatoria de un macho cabrío. En el mismo sacrificio cotidiano no debía faltar nunca la ofrenda de la oblación (minháh; cf. Núm. 28, 27-31). Las oblaciones voluntarias se hacían en relación con las propias posibilidades.
La jornada se deslizaba entre alegres banquetes sagrados en los que tomaba parte la 464Acomitiva completa de padres, hijos, siervos, huéspedes (Dt. 16, 10 ss.) y libre de todo trabajo servil (Lev. 23, 21; Núm. 28, 26). Si bien era anual, con la obligación para los varones de comparecer ante el Señor (Dt. 16, 16; cf. Éx. 23, 17; 34, 23), esta fiesta nunca se celebró durante ocho días seguidos.
La legislación mosaica establecía la Pentecostés para dar gracias a Dios por la buena cosecha. Hasta la época de los rabinos no tuvo acogida esa otra explicación, que no fué aceptada por todos (por ej. Abarbanel, Com. ad Leg. fol. 262: «Está fuera de duda que la ley fué dada en el día de la fiesta de las semanas, pero también es cierto que no fué instituida ni siquiera como recuerdo suyo»), ni siquiera por los Santos Padres, a excepción, según parece, de San Jerónimo.
Según tal opinión, la Pentecostés fué instituida para recordar el día de la entrega de la ley a Moisés en el Sinaí. Si eso fuese cierto, en vista de que en el día quincuagésimo después de la resurrección de Cristo se dió a los hombres aquella ley que no está escrita en las tablas de piedra, sino en el mismo corazón de los hombres (cf. II Cor. 3, 3), más bien deberíamos ver en la Pentecostés la imagen de todos aquellos beneficios espirituales que se esparcieron por el mundo con el nacimiento de la iglesia cristiana y la venida del Espíritu Santo (la Pentecostés cristiana) y que los Apóstoles comunicaron a todas las naciones como primicias de la iglesia (Act. 2, 1-42).
Bibliografía
F. X. Kortleitner, Archaeologia Biblica , Innsbruck 1917, pp. 267-70. J. Strack-Billerbeck, II, 597-692. U. Holzmeister, en VD , 20 (1940) 129-38.