Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

PECADO

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Ya los babilonios consideraban al pecado como algo que «es más que una simple impureza ritual: es una infracción de esa ley moral que debería regular las relaciones entre los hombres y los dioses, y entre los hombres y sus hermanos» (Dhorme). Para los egipcios, véase en el c. 125 del Libro de los muertos , la llamada «confesión negativa», como índice elocuentísimo de su sentimiento moral (L. Speleers), que corresponde a cuanto nos muestra la etnografía sobre el elevado concepto de moral entre los pueblos primitivos (Cathrein, Schmidt). En el Antiguo Testamento sobresale la superioridad incomparable de la doctrina moral del yaveísmo por encima de la de todas las otras religiones del Antiguo Oriente. Si extendemos el concepto de culpa, tanto si se trata de las relaciones de la colectividad con Yavé , como si nos referimos a las del israelita como individuo, el pecado es siempre una transgresión de un dato positivo de la ley religiosa. El concepto de pecado y de castigo es adecuado al purísimo concepto de la justicia absoluta de Yavé; infracción moral con plena responsabilidad del culpable.

Los mismos términos empleados para significar el pecado parecen suponer y confirmar tal noción: ḥātā’, más genérico = «pecado», «culpa», es cualquier acción que se sale del recto camino, que no es según la regla del bien: es errar en el propósito, no dar en el blanco; peša‘ = «infracción», deshacer, romper una barrera; ‘awón = «delito», «violación», obrar torcidamente (Bonsirven). Además de las transgresiones de la ley 453Breligiosa, Yavé castigó con no menos rigor las culpas morales de sus fieles, sin distinguir las que le atañen personalmente de las que suponen algún daño al prójimo. Basta recordar el castigo del pecado de David (II Sam. 11-13.16.18).

En los Salmos, principalmente en los más antiguos, se canta frecuentemente la suprema justicia de Yavé , como vengador de las culpas morales (cf. Sal. 4, 3.5.6), que son presentadas así, por ejemplo, en el Sal. 7, 4 s. «Si hay crimen en mis manos, si pagué con mal a quien estaba en paz conmigo, si aun al enemigo le despojé sin razón, que persiga el enemigo mi alma... etc.» Los Salmos se pronuncian frecuentemente contra la soberbia del impío, contra las asechanzas puestas al justo y al afligido, contra la desvergonzada injusticia del inicuo, contra la boca de la que brota la maldición y el engaño. «Júzgame, Señor... Tú confirmas al justo, Tú que eres justo y escudriñador del corazón y de los riñones... Justo Juez» (Sal. 7, 7-12; Sal. 10, etc.).

En el Sal. 51 tenemos una prueba indiscutible de una vida interior elevadísima: «Crea en mí ¡oh Dios ! un corazón puro, renueva dentro de mí un espíritu recto; dame un espíritu nuevo que sea estable.» El salmista ruega a Dios que le purifique de sus culpas y, ante el temor de la recaída, le suplica que obre en él una transformación radical, que equivale a una creación (Van Imschoot). Pero no tenemos más que recordar la misma carta constitucional del yaveísmo, el Decálogo (v.), cuyo valor religioso y moral todos tienen que reconocer.

Todos los escritos proféticos y didácticos tienen constantes referencias al primer precepto del monoteísmo y a los otros nueve preceptos morales.

El pecado debe ser expiado: lo exige la justicia de Dios , tanto por parte de la nación como por cada individuo; y la pena, aun cuando se manifiesta aquí abajo, trasciende a la vida presente. « Muerte (v.) y vida, según puede comprobarse especialmente en Ez. 18, están en relación con la conducta moral de cada uno. Mas la misericordia de Dios espera: «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva»; y el hombre puede pasar del pecado a la justicia, lo mismo que de la justicia a la iniquidad; Dios ajusta su sanción a la conducta del hombre.

El pecado es, pues, fuente de todo dolor, de desgracias: sólo la justicia o sabiduría (práctica de los preceptos morales o de la religión) es fuente de nuestra alegría y de todo bien, como inculcan con frecuencia los libros 454Asapienciales (desde los Salmos a los Prov. Ecl., Sab.). Entre las múltiples distinciones del pecado, de pensamiento, de palabra, de obra, de acción y de omisión (cf. el pecado de Helí, I Sam. 3, 13), el A. T. pone también la de los pecados cometidos por error e involuntariamente contra alguno de los preceptos de Yavé , haciendo alguna cosa prohibida, y pecados cometidos «con mano altiva» (cf. Núm. 15, 30 s.), es decir, pecados audaces y escandalosos que atacan directamente a la autoridad divina.

El pecado por error, involuntario, comprende el vasto campo de las culpas más o menos graves, más o menos voluntarias, que tienen su fuente en la humana flaqueza. Por ellos se ofrecía el sacrificio de expiación (Vulg. «pro peccato»): Lev. 4, 1-5, 13; mas por los anteriores estaba establecida la pena de muerte (Dt. 13, 6; 22, 21-24 etc.). Cuatro pecados «claman venganza en presencia de Dios »: el homicidio (Gén. 4, 10; Éx. 20, 10); el pecado de sodomía (Gén. 18, 20; Lev. 18, 22); la opresión de los pobres, de las viudas, de los huérfanos (Éx. 22, 21 ss. 25); el defraudar el justo salario (Dt. 24, 14; Lev. 19, 13; cf. Sant. 5, 4).

En el Nuevo Testamento se emplea el rico vocabulario de la versión griega del A. T. para significar el pecado: violación de la ley, impureza, impiedad, error, desobediencia, transgresión, frustrar el fin (diez términos, ἀνομία, ἀσέβεια, παράβασις, ἁμαρτία, etc.). Este último término es el más frecuente, cf. el hebr. ḥātā’: en el plural indica los pecados personales; en el singular expresa frecuentísimamente ora el poder del pecado, ora la noción genérica del mismo. De estos términos se deduce la definición del pecado: falta contra Dios (contra su voluntad), que produce una deuda y provoca la ira divina. Jesús precisa diciendo que el pecado procede del corazón, es decir, de la facultad espiritual del hombre, sede de sus pensamientos, de sus deseos, fuente de sus decisiones conscientes (Mt. 15, 10-20; Mc. 7, 14-23).

Pero advierte que es Satanás el autor del pecado (Jn. 8, 41.44; Mc. 1, 13; 8, 33). La liberación del pecado es obra exclusiva del Redentor ; sólo él puede hacerlo (v. Romanos, epístola a los) y lo hizo (Rom. 6, etc.), rescatándonos con su muerte (Mt. 20, 28; «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida para rescate de todos»: cf. Flp. 2, 5-1; I Cor. 6, 20; 7, 23; Rom. 3, 24 s., etc.). Vino a traer la salvación a todos cuantos se habían perdido (Mt. 9, 13; 454B10, 6; 15, 24; Lc. 19, 9.10; Jn. 10, 9; 12, 47, etc.). Es cordero que quita el pecado del mundo (Jn. 1, 19.33). No hay página en que tan profunda y adecuadamente como en la parábola del hijo pródigo (Lc. 15, 11-32) se presente, por una parte la sicología del pecador, los caminos y los efectos del pecado en nosotros, y por otra el acceso a la vuelta, al arrepentimiento, la acción, la respuesta de Dios . «Será en el cielo mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia» (Lc. 15, 7).

La primera condición para alcanzar el perdón es el reconocimiento de la propia miseria (Lc. 18, 13 s.), la propia indignidad; el deseo de una nueva vida, el amor (Lc. 7, 42.47-50). Jesús ha encomendado y comunicado a los Apóstoles , a la Iglesia , su sentido de misericordia y el poder de perdonar los pecados (Jn. 20, 22 s.). Incluso en el bautizado queda el estímulo al pecado en la concupiscencia, en los malos instintos de nuestra carne que nos llevan a la muerte eterna.

De ahí la necesidad de la mortificación, de la oración (Rom. 7; Gál. 5, 16-6, 10; I Cor. 9-10; Lc. 13, 5; I Cor. 9, 27 «castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado»; Mt. 26, 41; Lc. 21, 36; I Tes. 5, 17 «orad sin cesar»). V. ἁμαρτία en ThWNT, I, pp. 267-336
Ibid., III, pp. 302-311. P. Heinisch, Teologia del Vecchio Testamento (trad. it.), Torino 1950, pp. 273-94. J. Guillet, Thèmes Bibliques , París 1951, pp. 94-129. 141-49. 151-58. L. Cerfaux, Le Christ dans la théologie de S. Paul , ibid. 1951, pp. 105-117. J. Bonsirven, Teologia del N. T. (trad. it.), Torino 1952, pp. 54-59. Id., Il Vangelo di Paolo , Roma 1951, pp. 113 ss. 121- 28. F. Spadafora, Collettivismo e individualismo nel V. T. , Rovigo 1953, pp. 331 s. 347-50. 94 s. 222- 30. F. Asensio, El primer pecado en el relato del Génesis , EstB, 1950. J. Pérez de Urbel, Leyendo la Biblia. El pecado de nuestros primeros padres , Cons., 1953.

Bibliografía

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