Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

PECADO original

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Es la privación de la gracia o la carencia de la amistad de Dios en todo hombre al nacer, como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres. Lo mismo que un capitán, desheredado por rebelión contra su rey, perdería el título y la dignidad para sí y para su posteridad, de igual modo Adán al pecar perdió todos los dones sobrenaturales y preternaturales que había recibido. Desde entonces transmitirá a sus hijos, a toda la humanidad, la vida física íntegra, naturalmente perfecta, pero sin la gracia y los demás dones, y, por encima de esto, con las malas inclinaciones que irán en aumento con los pecados (v. Adán). 455AEl Antiguo Testamento es explícito al presentar la muerte (v.) como la pena más expresiva del pecado original (Eclo. 25, 23; Sab. 2, 23 s.: Dios creó al hombre para la inmortalidad...; por la envidia del diablo entró en el mundo la muerte, como lo experimentan los de su partido). No se trata de la muerte física como tal, sino y principalmente como separación completa de Dios, con la bajada del alma al še’ól, lejos de Él, separación que sólo será definitiva para los malos.

El Antiguo Testamento afirma la idea general de un cambio sufrido por la humanidad en sus relaciones con Dios; la expulsión del Paraíso decide la muerte del género humano. Habla de penas hereditarias: padecimientos, concupiscencia (v.). Sal. 51 (50), 7; 56 (53); Job. 13, 25 s.; 14, 4 suponen un estado de corrupción original, de miseria moral congénita. Pero no se halla en todo el Antiguo Testamento ni en la literatura judaica la afirmación, siquiera implícita, de que todo hombre nace en estado de enemistad con Dios. Tal doctrina es enseñada explícitamente por San Pablo (Rom. 5, 12-21). Para demostrar la universalidad y la eficacia de la redención de Cristo , única fuente de vida, establece el Apóstol un paralelismo entre la obra de Adán pecador, cabeza e iniciador de la humanidad decaída (Gén., Eclo., Sab.), y la obra de Cristo, el antitipo, cabeza y fundador de la humanidad rescatada. Se contraponen dos relaciones de solidaridad eficaz: Adán y todos los hombres; Cristo y todos los hombres.

La primera establece el reino del pecado y de la muerte; la segunda el de la gracia y de la vida. «Así por un sólo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado». El pecado queda personificado: es una potencia maléfica que tiene esclavo al hombre contra Dios (cf. Rom. 6-7). Entra en el mundo (= en las conciencias) por la rebelión de Adán, y por el pecado la muerte, y no ya sólo muerte física, sino completa separación de Dios (Sab. 2, 23 s.), con todas las consecuencias físicas y morales. San Pablo pasa a Eva por alto, porque la cabeza de la humanidad es Adán y quiere oponerlo a Cristo. La muerte reina porque todos han pecado. No se aplica una pena sino después de que se ha amenazado con ella, explica San Pablo en los versículos 13 ss. Por lo mismo, si no es de Adán , no puede decirse que la muerte sea impuesta por los pecados personales, ya que no existe orden divina sobre el caso. La promulgación auténtica de la 455BLey divina se efectuó con Moisés , pues la Ley natural, grabada en los corazones, no estaba suficientemente clara y determinada en cuanto a sus prescripciones y sanciones.

Además, habían muerto igualmente muchos hombres que no eran culpables de pecados personales. Por consiguiente, su muerte, que llevaba consigo la separación de Dios , no puede explicarse sino por la solidaridad con Adán en la pena e incluso en la culpa que habían heredado. Así lo dice expresamente el v. 19: «Por la desobediencia de uno se hicieron todos los otros pecadores, y así también por la obediencia de Cristo todos serán hechos justos.» Todos, pues, pecaron en Adán , por más que no se halle tal expresión en el texto. El de la Vulgata: in quo omnes peccaverunt , puede interpretarse «porque todos pecaron»; y, efectivamente, el griego ἐφ᾽ ᾧ es solamente causal (II Cor. 5, 4, etc.). San Pablo no dice cómo se realizó esta infección: sólo pone el principio; y en realidad no es el pecado original el objeto directo de su argumentación. Ni tampoco habla de él en otra parte; en Ef. 2, 3 éramos por natura (φύσει), igual que los otros, sujetos a la ira», se trata de los pecados actuales, inherentes al hombre privado de la gracia (φύσει).

La Redención destruye el pecado, comunica fuerza para vencer la concupiscencia que permanece (Rom. 7), y triunfará definitivamente sobre la muerte con la resurrección final de los cuerpos (Rom. 8).

Bibliografía

F. Spadafora, en Enc. Catt. It. J. M. Lagrange, Épître aux Romains , París 1931, pp. 104- 18. J. Bonsirven, Il Vangelo di Paolo , Roma 1951, pp. 113- 28. Th. Maertens, La mort a régné depuis Adam (Gén. 2, 4-3, 24), Bruges 1951. S. Lyonnet, Le péché originel et l’exégèse de Rom. 5, 12-14 , en RScR, 44 (1956) 63-84.

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