HOMBRE
Lo mismo que sucede en orden a otras verdades, los autores del Antiguo y del Nuevo Testamento no dan una exposición sistemático-filosófica de la antropología, sino que lo hacen sirviéndose del lenguaje de su tiempo. I. En el Antiguo Testamento los términos antropológicos son diversos.
1. Basar, además de significar, según la etimología, la «carne» o «parte blanda y musculosa del cuerpo», por oposición a los huesos y a la sangre (Gén. 2, 21; 9, 4; Job 2, 5; Éx. 16, 8.12), es empleado a menudo para significar el cuerpo animado (elemento material) (Núm. 8, 7; Éx. 30, 32; 4, 7; Sal. 16), como opuesto a la materia inorgánica e inanimada (’áphár, «polvo»: Gén. 2, 7; Job 28, 2-6; o más raras veces hómer, «arcilla»: Job 4, 19; 10, 9; Is. 64, 7). Solo por sinécdoque es empleado por colectividad de hombres o animales (Gén. 6, 13-17: 7, 15.21; Sal. 136, 25; Job 34, 15) o de hombres solos (Gén. 6, 12: Is. 40, 5; Joel 3, 1; Sal. 56, 5). Alguna rara vez se refiere al hombre, físicamente débil, por oposición a Dios, fuerte (Sal. 78, 39; Job 10, 4; 267BJer. 17, 5).
2. Rūaḥ (generalmente traducido por «espíritu»), cuyo significado fundamental es «soplo», «viento» (120 veces en el Antiguo Testamento), significa el aliento, la respiración de los hombres y de los animales (Job 9, 18; 19, 17; Sal. 135, 19; Lam. 4, 20), y metafóricamente el principio vital, comunicado al hombre por un acto de divina inspiración (Zac. 12, 1; Job 12, 10; cf. Ez. 37, 6, donde se describe la vivificación del pueblo con términos tomados de la vivificación de los individuos). El rüah reside en hombres y animales como principio de las actividades vitales, y primeramente de la vida vegetativosensitiva, y solamente para el hombre es principio de la vida intelectualreligiosa. No pocas veces equivale a «vida» (Job 10, 11; 51, 17). Al rüah como a principio operativo atribúyense los impulsos activos y los movimientos irascibles (ira: Éx. 15, 8; 28, 3; Dt. 39, 4; los. 5, 1; Prov. 18, 14). La espiritualidad del rüah humano no está claramente formulada en el Antiguo Testamento, sino solamente insinuada al atribuir a este la actividad síquica superior, intelectualreligiosa, desde el profeta Ezequiel en adelante.
Afírmase, por ejemplo, que el Señor dará en el tiempo mesiánico un nuevo rüah (Ez. 11, 19; 18, 31; 36, 29; Sal. 51, 12); al rüah saltan los pensamientos (Ez. 11, 15); el rüah busca, desea al Señor (Is. 26, 9); es humillado (Is. 66, 2; Prov. 15, 13); es humilde (Prov. 16, 19; 29, 23), magnánimo (Sal. 51, 14).
3. Nesámáh, además de la sinonimia con rüah (aliento: Is. 2, 22; Dan. 10, 7; Job 4, 9; principio vital: Job 27, 3; I Re. 17, 17; Is. 57, 16; Eclo. 9, 13; Gén. 2, 7; 7, 22), tiene el significado propio de «individuo», «persona» (Dt. 20, 16; los. 11, 11; I Re. 15, 29).
4. Néphel (generalmente traducido por «alma»), que primitivamente tal vez significaba «garganta» (acadio: napiStu) y después respiración, que pasa por la garganta y distingue al cuerpo vivo del no vivo, es sinónimo de «vida», íntimamente ligada al cuerpo (quitar la néphes: «matar»; salvar la néphe§: «libertar»). Es muy corriente el uso de néphe§ en lugar del pronombre personal y reflexivo (Núm. 23, 10; Lam. 3, 24; Is. 51, 23; Sal. 124, 7, etc.). Lo mismo que neSámáh, significa, por metonimia, al hombre como individuo, persona (Gén. 46, 18.22; Prov. 11, 25; Éx. 1, 5: unas 150 veces). A la néphe§, como principio operativo, atribúyense, finalmente, las pasiones (gozo y dolor: Sal. 5, 9; Prov. 29, 17; Is. 61, 10), los movimientos concupiscibles (deseos: Dt. 14, 26; 18, 6; Sal 41, 3; apetito: Sal. 17, 9; Eclo. 6, 2; sobre todo el hambre: Prov. 6, 30; 23, 268A2; Sal. 107, 8; Prov. 27, 7) y el conocimiento intelectualreligioso (Sal. 139, 14; Dt. 30, 10; Prov. 24, 14, etc.). Apoyándose en la distinción entre rüah y néphes se ha querido ver en el Antiguo Testamento una concepción tricótoma del hombre, como en el sistema platónico (o-úya, vov$).
Pero tal concepción es inaceptable, pues estos dos términos se confunden en cuanto se aplican a los fenómenos síquicos, y uno y otro designan el principio vital y las inherentes actividades físicosíquicas, aunque desde diferentes puntos de vista, ya que rüah es el principio vital, que procede dinámicamente de Dios y es la sede de los impulsos activos, mientras que néphe§ es el principio vital considerado estática e intrínsecamente hasta la individuación, y es sede de las pasiones y de los movimientos de lo concupiscible. Por otra parte, el Nuevo Testamento enseña que las partes constitutivas del hombre solo son dos: el elemento material (basar) y el superior (rüah, o népheš, o neSámah, Gén. 2, 7; 6, 3; 7, 22; Lev. 17, 11; Sal 104, 29 s.; Job 27, 3; 33, 3 s.; Ez. 37, 8). La superioridad del hombre sobre los animales se basa en la semejanza del hombre con Dios (Gén. 1, 26: 5, 1 ss.; 9, 6; Sal. 8, 6 s.; Eclo. 17, 3; Sab. 2, 23), y como tal semejanza se funda en la inteligencia y en la voluntad, dedúcese que la superioridad humana se debe al alma espiritual, esencialmente superior al alma de los brutos.
5. En el último período del Antiguo Testamento aparece una nueva terminología con la que al espíritu vivificador de Dios se le llama Tivevya (rüah) y al principio superior e interno del hombre (néphes): II Mac. 6, 30; 7, 37; 14, 38: Sab. 4, 14; 7, 27; 8, 19 ss.; 9, 15: 10, 16).
6. La sangre humana, lo mismo que la animal, es sagrada por ser la sede de la vida (Lev. 17, 11-14; Dt. 12, 23) e incluso la vida misma (Lev. 17, 14; Dt. 12, 23). Cualquiera que sea la función fisiológica de la sangre, la experiencia enseña que el hombre vive durante todo el tiempo en que la sangre palpita, y muere cuando la sangre sale del cuerpo. Siendo Dios el dueño de la vida, son cosas prohibidas la sunción de la sangre y el homicidio (Gén. 9, 4 ss.; Lev. 3, 17: 7, 26 s.; 17, 10-14; 19, 26).
7. Los órganos de la actividad sicológica son característicos: el corazón (léb, lébab) es el órgano de la actividad intelectiva, como para nosotros el cerebelo, que nunca está mencionado en la Biblia (Dt. 29, 4; Is. 6, 10: I Re. 3, 9, etc.). Son frecuentes las expresiones: «dar 268By poner el corazón» = prestar atención; «saltar al corazón» = venir a la mente; «decir en su corazón» = hablar consigo mismo, pensar. Refiérense con menos frecuencia al corazón los afectos y los actos volitivos (inclinación del ánimo: Gén. 8, 21; Éx. 35, 22; amor: Jue. 16, 15; odio: Lev. 19, 17; propósito de la voluntad: Éx. 7 passim; Jue. 5, 16 ss.; decisión: II Re. 10, 30; Is. 63, 4; el gozo y la tristeza: I Re. 8. 66; Ecl. 9, 7; hablar al corazón, consolar: Gén. 34, 3; Jue. 18, 20; /s. 40, 2). Los riñones (kelayóth), raras veces solos, denotan el centro de los sentimientos internos (Job 19, 27) o de los pensamientos (Sal. 16, 7: Jer. 12, 2): a menudo, juntamente con el corazón (Sal. 7, 10; 26, 2; 73, 21; Prov. 23, 15), constituyen los centros de los fenómenos afectivos sensibles (riñones) e intelectuales (corazón).
Los afectos más tiernos de benevolencia y de misericordia tienen como centro las «vísceras» (rahamim: Gén. 43, 30; II Re. 24, 14; Am. 1, 11; Os. 2, 21; me e Tm; Is. 16, 11; Sal. 40, 9; Job 30. 27), o, con expresión más genérica, el «interior» (qereb: Gén. 49, 6; Sal. 7, 6; 16, 9; 30, 13; 57, 9). II. En el Nuevo Testamento. El concepto del hombre es el mismo que el del Antiguo Testamento, y el lenguaje sicológico el que está en uso en la versión de los Setenta.
1. Lo mismo que basar, «<x<¿p£» («carne») indica la parte carnosa del cuerpo (Lc. 24, 39; Apoc. 17, 16; 19, 18.21, etc.); por sinécdoque el cuerpo animado todo entero (Col. 2, 5; Gál. 2, 20; Fil. 1, 24; Rom. 8, 3), la descendencia natural (Rom. í, 3; 4, 1) o también la naturaleza humana, el hombre (Jn. 1, 14; Lc. 3, 6, etc.), frecuentemente con la idea accesoria de debilidad física (I Cor. 15, 50; Gál. 1, 16; Ef. 6, 12, etc.). Una acepción característica, frecuente sobre todo en San Pablo , es la de naturaleza humana moralmente débil, sede de la concupiscencia, y, como tal, opuesta al espíritu (Rom. 7-8; Gál. 5; II Cor. 10, 2; Ef. 2, 3; Mt. 26, 41; Mc. 14, 38; Jn. 1, 13; II Pe. 2, 10.18).
2. Lo mismo que la népheš, (alma), aunque contrapuesta al cuerpo material (Mt. 10, 28; 26, 38), hállase en íntima relación con el cuerpo y con la carne, como principio de la vida sensible (Lc. 12, 19-23; Apoc. 18, 14). Por lo mismo muchas veces se significa con ella la vida misma, a veces la persona viviente (Mc. 3, 4; Rom. 2, 9, etc.), y puede sustituir al pronombre reflexivo (Mt. 10, 39; cf. Lc. 9, 24 etc.), y, en fin. no es raro el que se le atribuyan afectos y deseos incluso 269Aracionales (Mt. 26, 38; Mc. 14, 34; Jn. 12, 27; Lc. 1, 46).
3. Además de el Nuevo Testamento emplea la voz πνεῦμα («espíritu»), como el Antiguo Testamento empleaba rüah juntamente con néphes, pero al «espíritu» solamente le atribuye actividades propiamente espirituales (Mc. 2, 8; Lc. 10, 21; II Cor. 1, 11, etc.). El «espíritu» es considerado como principio más bien que como sujeto, salvo raras excepciones justificadas por el contexto (Lc. 1, 47; Act. 17, 16; I Cor. 14, 14). Así el IV Evangelio afirma que el alma de Cristo está turbada (Jn. 12, 47), pero que Él se turba en su espíritu (13, 21). Lejos de reemplazar al «alma», el «espíritu» es nombrado juntamente con ella, apareciendo los dos como dos aspectos de la misma sustancia (I Tes. 5, 23; Hebr. 4, 12). En consecuencia, la concepción tricótoma erróneamente afirmada por los gnósticos, y posteriormente por Apolinar, fundándose en estos textos, es desconocida en el Nuevo Testamento.
4. Con el término πνεῦμα, además de la actividad intelectual, San Pablo expresa con preferencia el alma humana en cuanto vive la vida sobrenatural producida por el Espíritu Santo (I Cor. 14-16; Gál. 6, 18; Flp. 4, 23, etcétera) y la persona misma del Espíritu Santo en el contexto trinitario. Mas el alma humana en cuanto vive según los principios naturales es significada por San Pablo preferentemente con el término que era corriente en su tiempo: νοῦς, unido a πνεῦμα (Ef. 4, 23) o contrapuesto a él (I Cor. 14, 14-23), o también solo para indicar la inteligencia del pagano (Rom. 1, 28; Ef. 4, 17, etc.), o la del hombre pecador que lucha contra la carne pero que no ha sido aun renovado por el divino Espíritu (Rom. 7, 23 ss.).
5. Los órganos de la actividad sicológica son los mismos que en el Antiguo Testamento: el corazón (καρδία) en particular es el centro de la vida sensitiva, intelectovolitiva y moral. Las vísceras (σπλάγχνα) son el centro de los tiernos sentimientos de afecto y de misericordia (Lc. 1, 78; Flp. 1, 8; 2, 1; Filem. 12). [A. R.]
Bibliografía
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