HELENISMO
Vocablo amañado en el siglo pasado para designar, refiriéndose principalmente a la cultura, el período histórico que media entre las empresas de Alejandro Magno y la extensión de la influencia de Roma. Prácticamente desde el 323 a. de J. C. hasta la batalla de Accio (31 a. de J. C.). La conquista de Egipto y del Asia por parte de Alejandro puso en contacto directo a la civilización helénica con la oriental. Tras una lenta infiltración, mucho antes comenzada, sobrevino una verdadera inundación que poco a poco fue invadiendo todos los territorios conquistados. Con el fin de fusionar las diferentes razas Alejandro favoreció los contactos entre las poblaciones indígenas y sus macedonios. Así surgió por todas partes, pero principalmente a lo largo de las fronteras con el Asia, una serie de ciudades de tipo griego que fueron centros difusores de la civilización y de la cultura helénica. La más famosa fue Alejandría de Egipto. Consecuencia casi inmediata de esta penetración fue la adopción de la lengua griega en su forma llamada koiné o común, que se convirtió en una especie de «lengua franca» o internacional.
A la lengua siguieron el arte y la literatura, y al mismo tiempo el nuevo organismo estatal reproducía en muchos puntos el espíritu de la antigua polis griega del reino macedonio. Como 254Aera natural, se dio también una osmosis continua, más o menos latente, en sentido contrario. Amalgamáronse elementos indígenas con los de nueva importación. La influencia es sensible en la cultura, en la lengua y, tal vez aun más, en la religión. Queda determinado un sincretismo, a veces genial, entre elementos completamente heterogéneos; y al morir Alejandro y deshacerse el Imperio, el sincretismo cultural y la comunidad de lengua fueron los únicos signos de la unidad moral entre los diferentes reinos independientes y frecuentemente antagónicos. También los hebreos hubieron de vérselas con esta situación. Hubo quienes se adhirieron con entusiasmo al ideal helenista, pero el pueblo, en general, se mostró refractario. En ciertas ciudades palestinenses (Gaza, Dora, Pella, Dion Filadelfia) la penetración del helenismo fue progresiva aunque lenta, y hasta llegó a constituirse una Decápolis (v.) con impronta resueltamente helenista.
Mas cuando Antíoco IV, contando con la cooperación de algunos sumos sacerdotes que habían comprado tal dignidad, se propuso helenizar a Jerusalén y a toda Palestina , surgió la violenta reacción macabea que hizo fracasar el intento. En el período siguiente, durante la dinastía asmonea y herodiana, se efectuó una penetración menos visible pero bastante profunda. La asimilación era vista con buenos ojos por los saduceos, pero eran hostiles a ella los fariseos, que tenían al pueblo a su favor. Los documentos literarios con que contamos son todos una expresión de enérgica reacción. Esta impenetrabilidad, alimentada de un modo especial por el sentimiento religioso, es atestiguada por el juicio, muy poco halagüeño, por cierto, que de los judíos se formaron los intelectuales del mundo greco-romano (Estrabón, Plutarco, Dion Casio, Tácito, Suetonio, Séneca, etc.) quienes los consideraron como bárbaros y refractarios a todo sentimiento estético,. En la diáspora se mostró menos tenaz la reacción, llegando a producirse una abundante literatura, las más de las veces apócrifa, que se interesaba en acercar las dos culturas opuestas, haciendo depender la filosofía griega de presuntos influjos mosaicos.
Los hebreos apreciaron el uso de la lengua koiné y admiraron la maravillosa literatura y arte helénicos, pero en el fondo siguieron siendo siempre entusiastas semitas. Verdadera fusión con los indígenas nunca llegó a ser una realidad, como lo prueban las frecuentes persecuciones que sufrieron los hebreos y las reiteradas manifestaciones de un antagonismo que nunca llegó a extinguirse por completo. La versión griega de la Biblia 254Bhizo que no pareciera tan extraño el judaísmo a algunos paganos, mas en el fondo persistió la oposición. El mismo proselitismo, que en alguno que otro centro llegó a ser numeroso, no tanto se debe a la aceptación de la cultura hebrea por parte de los paganos cuanto a la incapacidad de la mitología griega para apagar la sed religiosa, y a la misma curiosidad que excita cualquier doctrina misteriosa y oriental. Por otra parte, los mismos escritores hebreos (p. ej., Filón, Fl. Josefo) que compusieron sus obras en griego o tomaron actitudes helenófilas 0 romanófilas, siguieron siendo siempre auténticos hebreos.
En conclusión, puede afirmarse que en la diáspora, y más aun en Palestina, el helenismo solo llegó a prender en algunos espíritus, pero nunca penetró en el fondo de los elementos judíos. Especialmente hay que decir que no se dio sincretismo alguno religioso. En este punto los hebreos de la diáspora fueron mucho más intransigentes que sus predecesores, aun cuando hubiese fallos entre ellos. El helenismo, juntamente con la unificación política de los diferentes pueblos bajo el dominio de Roma, fue un elemento providencial para la difusión del cristianismo. La existencia de una lengua común y de cierta homogeneidad de cultura, al menos en los principales centros urbanos, facilitaron mucho la obra de los primeros misioneros. Jesús no tuvo ningún contacto con el mundo helénico, aun cuando pasase por algunas aldeas de Fenicia y de la Decápolis. Su misión se limitó al mundo judío, y en sus enseñanzas se muestra enteramente indiferente de toda escuela humana. Su doctrina es una doctrina divina, recibida directamente del Padre .
La conversión de hebreos helenistas (Act. 6, 1 ss.), y más aun la de auténticos paganos del mundo greco-romano, creó problemas prácticos a la Iglesia naciente, que hubo de definir con claridad su relación con la Sinagoga (cf. Act. 15, 1-29). Mas no se dio ningún cambio doctrinal. Para los neoconversos se trató de que aceptaran íntegramente la fe cristiana. A los que se tenían por doctos, que habían ahogado la verdad con la injusticia (Rom. 1, 18), propone San Pablo , no un cristianismo adaptado en el que resaltasen las analogías entre las doctrinas antes profesadas y la nueva, sino la «locura» de la Cruz (I Cor. 1, 23 s.). Por consiguiente, trátase siempre de conversión, no de fusión de corrientes doctrinales diferentes, y mucho menos de dependencia o de adaptación. A excepción de San Mateo , los Evangelistas y los otros autores del Nuevo Testamento se 255Asirvieron todos de la lengua griega, el más provechoso don del helenismo, pero sustancialmente no hicieron más que repetir las enseñanzas de Jesús o describir su vida sin pretensiones literarias y sin la más mínima intención de entrelazar sus doctrinas con la sabiduría griega.
La absoluta novedad de su doctrina se trasluce por el frecuente uso de términos semitas y por los nuevos significados, perfectamente determinados, atribuidos a vocablos griegos. Muchas veces se apunta a San Pablo haciendo de él un eslabón que une al helenismo con el cristianismo cuando todavía se hallaba en la cuna de la Sinagoga. A él atribuyen el haber vivificado al cristianismo inyectándole los elementos vitales tomados de la cultura griega o de las religiones místicas. Mas lo único que se ha logrado ha sido señalar ciertas analogías muy secundarias relativas a la forma; el mensaje de San Pablo y toda su exposición teológica no es más que un eco de la palabra de Jesús v. su comentario; su mentalidad de rabino rigorista antes de la conversión, nos amonesta elocuentemente a no buscar fuera del Antiguo Testamento las analogías y los postulados de sus argumentaciones. Su adhesión imprevista y total a Cristo crucificado y resucitado está por.encima de toda reflexión filosófica; propone el cristianismo como un bloque de verdades que han de ser aceptadas porque son reveladas. Idéntica aptitud se observa en los Padres apostólicos y en los apologetas.
Solamente más tarde, empezando por Orígenes, se intentará aclarar algunas verdades del cristianismo con conceptos y expresiones de la cultura helénica; pero las dificultades creadas por semejante intento son una de tantas pruebas de la diferencia existente entre el mundo cristiano y el helénico. [A. P.]
Bibliografía
A. J. Festugière, L’idéal religieux des Grecs et l’Évangile, París 1932. L. Allevi, Ellenismo e Cristianesimo, Milano 1934. G. Bardy, Hellénisme, en DBs, III, col. 1442-82.