Diccionario Bíblico

Luigi Vagaggini; Francesco Spadafora

ELEGIDOS

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Es el griego ἐκλεκτοί (= hebr. behirim), significa en general aquel que es de Dios preferentemente escogido para hacerle objeto de sus favores materiales o espirituales. No son los méritos o las cualidades de los elegidos el motivo de la elección, sino únicamente la bondad y liberalidad de Dios. Por consiguiente, esta elección obliga al elegido a una mayor perfección moral. En el Antiguo Testamento «elegidos» son los israelitas (pueblo «elegido») y en especial: 1.°, el pueblo de Israel, elegido por Dios entre los demás pueblos, colmado de toda clase de bienes, salvado de la opresión egipcia y ligado a Él por un pacto solemne (Éx. 19, 4-9; Dt. 4, 37; 7, 6 ss.); 2.°, los israelitas que se mantuvieron fieles a este pacto durante las pruebas, particularmente la de la cautividad (Tob. 13, 9), y que volverán a Dios y formarán en el porvenir un pueblo regenerado, ligado a Él mediante un nuevo pacto (Is. 65, 9. 15. 23); pero comparados con todo el pueblo de Israel, ésos solo serán un «pequeño residuo» (Is. 65, 8; Mt. 20, 16; Rom. 9, 27 ss.; 11, 5).

En el Nuevo Testamento indica a todos los miembros de la Iglesia cristiana, considerada como la continuación natural del pueblo de Israel fiel a Dios, y equivale al término «llamados», cuando éste tiene por objeto la fe en Cristo. Son «elegidos»: 1.° Todos los miembros de la Iglesia en la tierra, es decir, todos los bautizados, escogidos por Dios para tomar parte en la salvación obrada por Cristo y en su misma gloria (II Tes. 2, 13; II Tim. 2, 10; I Pe. 2, 9 ss.): esta elección es «ab aeterno», y no requiere el descender de Abraham según la carne, sino que es puro efecto de la gratuita 182Bbenevolencia divina (Rom. 9, 9-26; Ef. 1, 4): para todos los bautizados tiene dispuesta Dios una serie de gracias que comienzan con el llamamiento y se extienden hasta la glorificación (Rom. 8, 28-33); por tanto obliga al ejercicio de las virtudes, ya que tal llamamiento no es inadmisible por parte del hombre (Col. 3, 12-17; II Pe. 1, 10 s.); 2.°, como consecuencia, los miembros de la Iglesia celestial, los «benditos del Padre » (Mt. 25, 34).

En el pasado se admitió comúnmente la distinción entre llamados y elegidos, y así se trató de restringir el número de éstos en orden a la eterna salvación, atribuyendo a ciertas frases evangélicas (p. cj., Lc. 13, 23 s.; Mt. 7, 13 s., etc.) una interpretación rígida, dándole una extensión y una generalidad que en realidad no tienen. Así sucede con Mt. 20, 16; 22, 14 «muchos (= todos) los llamados, mas pocos los elegidos», frase que es conclusión de las parábolas que precedían y que solo se referían a los judíos los cuales fueron invitados todos por Jesús a entrar en su reino, pero por desgracia fueron pocos los que se decidieron a seguirle (Mt. 22, 1-10) y ésos fueron de los procedentes de categorías inferiores (pecadores, publicanos) más bien que de entre los dirigentes (sacerdotes, fariseos, escribas: cf. Mt. 21, 31, etc.). [L. V.; F. S.]

Bibliografía

A. Michel, en DThC, IV, col. 2355-64. H. Lesêtre, en DB, II, col. 1708- 12. J. Lagrange, Épître aux Romains, París 1931, pp. 213-23, 244-48. M. Brunec, Multi vocati, pauci electi, en VD, 26 (1948) 88-97. H. H. Rowley, The Biblical Doctrine of Election, Londres 1950.

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