ELEGIDOS
Son los predestinados por Dios para la vida eterna. Son no pocas las cuestiones relacionadas con esta palabra (v. Predestinación), pero de ellas sólo examinamos dos: 1.º, carácter de la elección divina y su relación con la ciencia, con el amor y con la predestinación; 2.º, número de los elegidos.
1.º Carácter de la elección divina. Sto. Tomás llama frecuentemente la atención sobre la diferencia del amor de Dios y el nuestro. Nosotros amamos a una criatura atraídos por la perfección, que hay en ella y que a nosotros nos agrada; en cambio, Dios no pudiendo sufrir ningún influjo externo ama la criatura, infundiéndole la perfección y el bien que no tenía. De manera que nuestro amor es efecto de la perfección de la cosa amada, y en cambio el amor de Dios es causa de aquella perfección: «Amor Dei est infundens et creans bonitatem in rebus» (Sum. Theol., I, q. 20, a. 2). Síguese de aquí que mientras nosotros, movidos de la perfección de una criatura, la preferimos a las demás y la amamos, Dios ama primero a una criatura y después la prefiere por la perfección de que la ha dotado al amarla. Por esto los Tomistas establecen esta sucesión (de razón, no de tiempo) en los actos divinos: amor, elección, predestinación. De esta suerte la elección, como fruto del amor, es absolutamente gratuita, lo mismo que la predestinación a la gloria eterna. Pero, para distinguirle con su predilección, Dios debe conocer antes al elegido: por lo tanto, a la elección debe preceder cierta presciencia.
Si se pregunta cuál es la causa de elección los Tomistas responden que depende exclusivamente de la bondad de Dios, que se comunica a quien Él quiere; los Molinistas quieren generalmente que a esta elección contribuya de alguna manera además de la bondad divina la previsión de los méritos del elegido. En cualquiera de los sistemas la distinción entre los elegidos y los no elegidos queda envuelta en un profundo misterio como reconocía S. Agustín. Pero si en el orden abstracto e intencional la elección es independiente de la consideración de los méritos, prácticamente en el orden de ejecución es cierto que los méritos (en el adulto) son una condición imprescindible de salvación como los deméritos para la condenación.
2.º Número de los elegidos. Cuestión agitada desde los primeros siglos con dos opuestas tendencias: una optimista, que abre las puertas del cielo a la mayor parte de los hombres; la otra más rigurosa, que reduce a pocos el número de los elegidos. Antiguamente prevaleció la tendencia rigorista, pero hoy los mismos teólogos son un poco más liberales, aun rechazando el optimismo exagerado de algunos autores (como p. ej., los Humanistas). La verdad es que sólo Dios sabe con certeza ab aeterno el número preciso de los elegidos. La Iglesia en su liturgia lo dice expresamente: «Deus cui soli cognitus est numerus electorum in superna felicitate locandus». En armonía con la divina Sabiduría y con la obra redentora de Jesucristo podemos pensar que los elegidos son más que los réprobos, pero cada uno por su propio interés debe orar, luchar, y aun temer por su salvación, según la advertencia del Apóstol: «Trabajad por vuestra salvación con temor y temblor» (Filip. 2, 12).
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 23, a. 4 y 7;
R. Garrigou-Lagrange, , en DTC;
A. Michel, , ibíd.;
P. Parente, , Roma, 1938, p. 307 ss.