DIÁCONOS
El término διάκονος (y análogamente los afines διακονία y διακονεῖν) significa : 1) ayudante o servidor en general («minister»); cualquiera que realice un trabajo bajo las órdenes o dirección de otro (Mt. 20, 26; Lc. 10, 40); 2) el que sirve a la mesa (Mt. 22, 13; Lc. 22, 27); el que socorre a los menesterosos en las diferentes formas de beneficencia, no solo material (Rom. 15, 25; II Cor. 9, 12 s.) sino también espiritual, y sobre todo en orden a la salvación (Act. 19, 22; Ef. 4, 12; en este 152Asentido se llama a Cristo diácono, «ministro» de los circuncidados: Rom.15, 8); 3) en sentido estricto y técnico, los que eran elegidos por los Apóstoles para que les ayudasen en la asistencia espiritual de los fieles (solamente en Flp. 1, 1 y I Tim. 3, 8. 12). En Act. 6, 1-6 se narra la elección de los siete primeros diáconos elegidos por la comunidad, por iniciativa de los Apóstoles, que habían determinado su número y cualidades, reservándose la investidura mediante la imposición de las manos.
Es difícil apreciar si el número fue sugerido por apreciaciones simbólicas o por exigencias prácticas (p. ej., con miras a un turno semanal, según parece indicar la expresión «ministerio cotidiano» de Act. 6, 1). Sus nombres (todos griegos: Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas, Nicolás) y la circunstancia que indujo a elegirlos hacen probable el que procediesen del judaísmo helénico; de Nicolás se nota expresamente que era prosélito, es decir, que antes que judío había sido pagano. Sobre las relaciones de éste con la secta de los Nicolaítas v. esa palabra. La cualidad requerida en ellos por parte de los Apóstoles consistía en que fueran «de vida santa y prudente»; su consagración mediante la imposición de manos, acompañada de oración , supone un ministerio espiritual. Una vez ordenados desempeñan las funciones propias de los diáconos: predican y bautizan (Act. 6, 9 s.; 8, 12. 38). Su elección tiene relación con el «ministerio cotidiano» de las «viudas» helénicas y con el «servicio de las mesas».
Es probable que estuviesen encargados de la instrucción religiosa de estas viudas y de su asistencia espiritual, de dirigirlas en las obras de caridad, de la conservación y distribución de las limosnas, y también de la distribución de la Eucaristía, además de la instrucción de los recién convertidos, cada vez más numerosos. No es improbable que antes existiese ya una institución similar para los judíocristianos de lengua aramea, según podría demostrarse por las circunstancias que indujeron a la elección de los siete; y hasta lo dicen expresamente los códices antiguos (D, A); pero difícilmente podrán identificarse con aquellos «jóvenes» que llevaron a la sepultura primero a Ananías y luego a Safira (Act. 5, 6.10). La tradición católica es unánime en reconocer en Act. 6, 1-6 el primer testimonio histórico del diaconado como institución divina y permanente. También San Pablo (I Tim. 3, 8-13) exige de los diáconos cualidades que sustancialmente son las mismas que se exigen a los «siete», garantizadas por un periodo de prueba, y entre otras 152Bla de la continencia, al menos de la relativa que excluye las segundas nupcias como en el caso de los obispos (I Tim. 3, 2, 12).
En cambio en las diaconisas nunca se reconoció una verdadera y propia participación en la jerarquía de la Iglesia, no obstante la semejanza entre los nombres. [L. V.]
Bibliografía
J. Viteau, L’institution des diacres et des veuves, en RHE, 22 (1926) 513- 37. St. Bihler, De septem diaconis (Act. 6, 1-7), en Antonianum, 3 (1928) 129-50. C. Spicq, Les épîtres pastorales, París 1947, pp. XLVII-L. J. Renié, Actes des Apôtres (La Ste. Bible, ed. Pirot, 11), ibíd., pp. 101-106.