BECERRO de oro
Símbolo sensible de la divinidad. Moisés se encuentra en el Sinaí con Yavé (Éx. 24, 12-18), y el pueblo, que había quedado encomendado a la dirección de Arón y de Jur, cansado de esperar, pide a Arón una imagen que represente al Señor para tributarle culto (Éx. 32, 1-6). Sirviéndose de las alhajas ofrecidas por los israelitas, Arón hizo «un becerro de fundición», al que se ofrecieron sacrificios con alegría del pueblo. Eso constituía una abierta violación del pacto poco antes sancionado (Éx. 20, 3 ss.). Yavé se lo comunica a Moisés, amenazando con aniquilar al pueblo prevaricador y con limitar a la sola familia de Moisés el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham (Gén. 17, 20; 21, 13, etc.). Moisés intercede ante Dios; luego baja del monte y encuentra al pueblo celebrando festejos en 73Btorno al becerro de oro. Ardiendo en una santa indignación destruye el becerro, y lo esparce convertido en polvo, y recriminando a Arón castiga al pueblo, juntamente con los levitas, llegando casi a diezmarlo. Hubo cerca de 3.000 muertos (Éx. 32, 7-35).
Luego reanuda su intercesión para aplacar al Señor y lograr de él que desista del propósito de separarse de su pueblo (separación representada en la colocación del tabernáculo fuera del campamento). Moisés obtiene que el Señor vuelva a estar en medio de Israel y a guiarlo personalmente hasta la tierra prometida. «También a eso que me pides accedo, pues has hallado gracia ante mis ojos». Así pondera Dios el poder de Moisés, pero también su plena libertad e independencia en la distribución de sus gracias y de sus misericordias. Si otorga el perdón no se debe a que Israel u otro cualquiera pueda alardear de poseer derecho alguno, sino únicamente a su bondad (= «hago gracia a quien se la hago y tengo misericordia de quien la tengo»).
En atención a los méritos de las generaciones pasadas (cf. 32, 13), el Señor no rescinde definitivamente la alianza con Israel, y se contenta por ahora con un castigo temporal y limitado (cf. 32, 34 s.), porque no hay nada que pase sin castigo, aun teniendo en cuenta el arrepentimiento del pueblo (Éx. 33). De este pecado hace mención San Esteban (Act. 7, 39 ss.), la I Cor. 10, 7, el Salmo 106 (105), 19- 23.
Pero mucho más grave fue el pecado de Jeroboam al erigir dos becerros de oro en Dan y en Betel, inmediatamente después de separarse de Judá las diez tribus del norte, con el fin de alejar a sus súbditos de Jerusalén y del Templo (I Re. 12-13). Jeroboam repite las mismas palabras de Arón al pueblo: «Ahí tienes a tu Dios, Israel, que te sacó de la tierra de Egipto» (I Re. 12, 28) al presentar los dos becerros. Su intención era únicamente el presentar un símbolo de Yavé; pero muy pronto se dio en el pueblo el caso de verdadera idolatría. En Samaria se encuentra el nombre propio de Agaljau - Yavé es un becerro. ¡La figura convertida ya en Dios!
El toro es el símbolo cananeo de la divinidad: representa la fuerza y la fertilidad de Baal y al mismo Baal . Incluso Jehú, que destruyó los otros ídolos del culto de Baal, respetó los dos becerros de oro, cuyo culto, con su correspondiente sacerdocio, había llegado a adquirir prerrogativas de religión del estado (II Re. 10, 29). Contra ese culto lanzan sus amenazas Amos (5, 4 ss.; 21-24; 7, 4-17) y Oseas (6, 10; cf. 2, 13 ss.; 10, 1 s.; 5-8). [F. S.]
74ABibliografía
A. Pohl, Historia populi Israel, Roma 1933, p. 37 ss. F. Spadafora, Collettivismo e individualismo nel Vecchio Testamento, Rovigo 1953, pp. 192 ss., 234 s.