Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

ANATEMA

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El término griego ἀνάθεμα de suyo significa lo mismo que exvoto, objeto puesto sobre el ara, ofrecido a la divinidad (II Mac. 9, 16; Jdt. 13, 23; Le. 21, 5), traduciendo el hebreo herem (del verbo hāram = separar, reservar) que de suyo expresa la «separación», la «prohibición» de un objeto. «Reserva que puede darse o para que el objeto (abominable) no contamine a otras cosas, o para que el objeto (santo o consagrado a Dios) no sea profanado. Existe por tanto un doble anatema: de abominación (Lev. 27, 29) y de oblación (ibid. 27, 28; Núm. 18, 14).» El primero exige la total destrucción. Dios lanza el anatema contra los cananeos para evitar el contagio de la idolatría: derrotadas las ciudades, a los hombres y a los animales se les da muerte , lo restante se hace pasto de las llamas (Dt. 7, 24 s.; 20, 16 s.; 25, 17 s.). Otros pueblos enemigos de Israel son asimismo objeto de anatema (I Sam. 15; Is. 34, 2; 43, 28; Jer. 26, 9; Mal. 4, 6). Algunas veces se comprometía Israel a cumplir tal voto a Yavé en orden a la ciudad que se pensaba atacar (Núm. 21, 2 s.; cf. I Par. 4, 41).

Otras veces sólo se quitaba la vida a los hombres, y el botín se repartía (Jos. 10, 28-40), o se preservaban las vírgenes (Núm. 31, 18; Jue. 21, 11). Era ésa una costumbre de guerra, de actualidad entre los semitas (cf. estela de Mesa, I, II s.; con referencia a los asirios: II Re. 19, 11; Is. 37, 11; en cuanto a otros pueblos: Tácito, Ann. 13, 57; César, De Bell. Gall. 6, 17). El mismo israelita podía convertirse en anatema por el pecado de idolatría (Éx. 22, 19: 32Aley del talión: quien hubiere sacrificado a los falsos dioses, será sacrificado, consagrándolo a Yavé; Dt. 13, 12-17); y si violaba el anatema apropiándose algún objeto (Jos. 7, 1.13-25; Dt. 7, 15 s.; II Mac. 12, 40), o respetando alguno que debiera ser destruido (ley del talión: vida por vida: I Re. 20, 38-42; cf. I Sam. 15, 32 s.). Después del destierro se atenúa el anatema: en vez de la muerte del culpable se ordena la confiscación de sus bienes y el ser excluido de la comunidad (Esd. 10, 8), como se practicaba en tiempo de N. S.: era una especie de excomunión: ser echado fuera de la sinagoga (cf. Jn. 9, 22; 12, 42; 16, 2; Le. 6, 22; Mt. 18, 15 ss.).

En el Nuevo Testamento se conserva la idea del anatema, pero el término ha desaparecido, si se exceptúa Gal. 1, 8 s. «maldito, execrado»; I Cor. 12, 3 «separado» de Cristo; I Cor. 16, 22 para expresar el horror que debe experimentar quien no ama a Jesús. En I Cor. 5, 5; I Tim. 1, 20 en la pena de «entregar a Satanás» hay una alusión al anatema; mas la finalidad es absolutamente diferente, pues se trata de una pena medicinal para que el pecador se convierta. El anatema de oblación es «la forma más solemne de donación, en la que el oferente no se reservaba nada para sí, sino que todo lo cedía irrevocablemente a Dios» (A. Vaccari). Así podían convertirse en anatema los animales y los objetos, que por eso pasaban a ser propiedad de los sacerdotes (Lev. 27, 21; Ez. 44, 29). Tal vez haya de reconocerse una alusión a tal oferta en Me. 7, 11 (qorban). [F. S.]

Bibliografía

F. Vigouroux, en DB , I, col. 545-50. A. Fernández, en RScR , 5 (1914), 297-388. Id., en Bíblica , 5 (1924), 3- 24. J. Behm, en ThWNT , I, p. 356 s.

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