Diccionario Bíblico

Armando Rolla

AGONÍA de Jesús

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Último padecimiento del Redentor (Mt. 26, 36-44; Mc. 14, 32-40; Lc. 22, 39-42, 45-46; Jn. 18, 1) en Getsemaní, huerto al que iban frecuentemente Jesús y sus discípulos (Jn. 18, 2; Lc. 22, 39), olivar provisto de lagar (de donde viene su nombre: gath šemanîn en arameo = «prensa de aceite»), adonde fué Jesucristo después de la oración sacerdotal en el Cenáculo, bajando de la ciudad alta en el Tiropeion por la antigua escalera recientemente descubierta. Los únicos testigos de la agonía son los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que lo fueron ya de la gloriosa Transfiguración (Mt. 17, 1 y par.). Asaltan a Jesús el miedo y el angustioso tedio producidos por la clarividencia de la Pasión inmediata y de tantos pecados que la harían inútil para muchos. Siente una tristeza mortal. Después de haber buscado en vano la compañía de sus predilectos, se aleja nuevamente y, viéndose solo como a unos treinta metros de distancia (Lc. 22, 41), se postra con el rostro en tierra en actitud de profunda adoración pidiendo al Padre que le libre de aquellos tormentos («cáliz», expresión rabínica metafórica). Aparición del ángel y sudor de sangre (Lc. 22, 43 s.).

Mt. y Mc. relatan la triple súplica de Jesús al Padre y el triple llamamiento a la solidaridad de los apóstoles en medio de su dolor. Luc. recuerda la oración y el llamamiento, y añade, además, la aparición del ángel y el sudor de sangre. Después de la aparición sensible del ángel consolador, Cristo entra en agonía (ἐν ἀγωνίᾳ). Este término expresaba entre los griegos la denodada lucha de los atletas para la consecución del premio, lo cual requiere desgarradores esfuerzos de los miembros y del espíritu, temor y temblor ante la expectativa. De aquí vino a significar cualquier temblor grave, y especialmente el que acompaña al que está luchando con la muerte en los últimos momentos. La oración es más intensa que la primera vez. Y en virtud de la tensión del espíritu y del cuerpo, Cristo se baña en sudor, y aquel sudor vino a ser «como gruesas gotas de sangre» (ὡσεὶ θρόμβοι αἵματος) 15Bque corrían hasta la tierra. El sudor de sangre (hematidrosis) es un fenómeno natural, conocido ya de Aristóteles ( Hist. Anim. , III, 19).

Es una expulsión de sangre, sin lesión alguna de la continuidad de la piel, a través de las glándulas sudoríparas que se dilatan, que están esparcidas por toda la superficie cutánea. Por alteraciones de la sangre o por impresiones nerviosas algo intensas, vasodilatadoras, los capilares sanguíneos del aparato sudoríparo se congestionan y se rompen, con lo cual provocan un esparcimiento de sangre por la superficie subepitelial de las glándulas sudoríparas y el consiguiente vencimiento de la sutilísima barrera epitelial con expulsión de sangre a la superficie cutánea. Si bien es cierto que se omite Lc. 22, 44 en los códices griegos mayúsculos BWANRT, en algunos minúsculos (579, 13, 69, 124), en los mejores códices coptos, en las versiones armenia y siríacosinaítica y en varios Padres (Atanasio, Ambrosio, Cirilo de Alejandría), están por su autenticidad la mayor parte de los códices griegos mayúsculos y minúsculos, las versiones siríacas, latina prejeronimiana, vulgata latina y los otros Padres. La crítica interna, por su parte, es decisiva, ya que la omisión se explica por el motivo aducido, en tanto que una añadidura eventual sería inexplicable. [A. R.]

Bibliografía

Dr. Baradan, en DThC , I, col. 621- 4. Bonnetain, La cause de l’a. de Jésus , en RA , 50 (1930), 681-90;
53 (1931), 276-95. M. Vosté, De Passione et Morte Jesu C. , Roma 1937, pp. 43-52. U. Holzmeister, Exempla sudoris sanguinei , en VD , 18 (1938), 73-81;
23 (1943), 71-6.

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