TEOLOGÍA ESPIRITUAL
Con este término se suele hoy reducir a orgánica unidad tanto la ascética como la mística. El influjo de Nuestra Señora en el desarrollo de la vida espiritual, en los tres estadios, o vías, del mismo, o sea, purgativo, iluminativo y unitivo, es innegable, en virtud de su «mediación universal» (v.).
1. Influye, en primer lugar, María en el primer estadio de la vida espiritual, o sea, en la llamada «vía purgativa», en el paso del estado de culpa al de gracia (el estado propio de los «incipientes»). A la Virgen, en efecto, como Mediadora de gracia, debemos, por libre voluntad de Dios, toda gracia, y, por consiguiente, le debemos también la gracia del santo bautismo (paso de la muerte del pecado original a la vida sobrenatural de la gracia) y la gracia de la confesión o penitencia (paso del pecado personal a la gracia). La historia de las conversiones lo prueba con abundancia (v. Capánaga, V., O. R. S. A., La Virgen en el misterio de las conversiones, E. P. E. S. A. Ediciones y Publicaciones Españolas, S. A., Madrid 1951; Calvillo, C., O. S. M., Ritorni; Incontri con i convertiti della Madonna, Turín,
L. I. C. E., 1946). Y después de la conversión, María sostiene con la gracia los esfuerzos que los convertidos deben realizar para librarse de los malos hábitos y purificarse.
2. La Virgen influye, en segundo lugar, en el segundo estadio de la vida espiritual, o sea, en la llamada «vía iluminativa» (propia de los proficientes). Ella, en efecto, ilumina y muestra a todos el camino que hay que seguir para alcanzar la perfección mediante los ejemplos admirables de virtud que encierra su vida. Ella hace, además, con la gracia, que el entendimiento comprenda cuál es el camino que se debe seguir, y da fuerzas a la voluntad para seguirlo.
3. La Virgen, en fin, influye en el tercer estadio de nuestra vida espiritual, es decir, en la llamada «vía unitiva» (propia de los perfectos). También aquí influye de dos modos: con su ejemplo y con la ayuda de la gracia. Influye, ante todo, con su ejemplo, ya que Ella alcanzó este tercer estadio desde el primer instante de su existencia personal, es decir, desde su inmaculada concepción. Esto lo enseña S. Juan de la Cruz, el cual dice que, «estando la Virgen, Nuestra Señora, desde el principio levantada a este alto estado, nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo» (Subida del Monte Carmelo, Libro III, c. II, n. 8, BAC, Madrid 1946; Cf. Gabriel de Santa María Magdalena, O. C. D., Aspetti e sviluppi della grazia in Maria SS. secondo la dottrina de San Giovanni della Croce, en «Riv. di Vita Spirituale», enero de 1951, pp. 52 ss.). «El texto —comenta el P. Anastasio del SS. Rosario—, aunque tan breve, es de una riqueza definitiva.
Ante todo, afirma el estado de unión mística permanente de María; en segundo lugar, precisa su valor objetivo en la intervención exclusiva y permanente del Espíritu Santo como moción personal; en tercer lugar, esclarece la soberana libertad psicológica, declarándola superior a las impresiones de toda forma creada. Este estado espiritual, encuadrado en la doctrina tomista de los dones del Espíritu Santo (a la cual sustancialmente S. Juan de la Cruz es fiel), ha de considerarse no sólo como el estado místico más profunda y perfectamente desarrollado en criatura humana, sino también como estado posible únicamente en María, en virtud de su plenitud de gracia única» (La Virgen y la vida mística, p. 530, v. bibl.). Una experiencia mística de Nuestra Señora puede hallarse en el «Magníficat». Además del don carismático de la profecía, aparece clarísimo en ese cántico el influjo de la contemplación y el desbordamiento de los dones (v.), de los frutos (v.) y de las bienaventuranzas (v.) del Espíritu Santo (v. también Ciencia).
Con razón Santa Teresa de Jesús preguntaba filialmente a la Virgen: «¡Oh, Señora mía, cuán al cabal se puede entender por Vos lo que pasa Dios con la esposa, conforme a lo que dice en los Cánticos!» (Obras Completas de Santa Teresa, Meditaciones sobre los Cantares, c. VI, n. 8, BAC, Ed. Manual, Madrid 1962). Pero, además de ser modelo de «vida unitiva», Nuestra Señora es también mediadora de la misma, es decir, mediadora de toda gracia y, por consiguiente, mediadora también, de toda gracia mística, especialmente en lo que a sus particulares devotos se refiere. «Sólo esta Virgen singular y milagrosa —dice el Santo de Montfort— es la que puede producir, en unión del Espíritu Santo, las cosas singulares y extraordinarias. Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la halla en un alma, vuela allí, entra allí plenamente, se comunica a esta alma con abundancia y tanto cuanto ella da cabida a su Esposa» (Tratado de la verdadera devoción a María, c. I, art. 1, nn. 35-36). Y se pregunta: «¿Cuándo llegará ese tiempo en que las almas respirarán a María, como los cuerpos respiran el aire? Entonces se verán cosas maravillosas en este lugar de miseria» (ibíd., c.
VII, a. 5, n. 217). «Si la devoción a la Santísima Virgen —afirma el mismo Santo— es necesaria a todos los hombres para conseguir simplemente su salvación, lo es mucho más todavía a los que se sienten llamados a una perfección particular; y no creo yo que persona alguna pueda adquirir una unión íntima con Nuestro Señor, y una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una estrechísima unión con María y una gran dependencia de su socorro» (ibíd., c. I, a. 2, n. 43). Es Nuestra Señora, en fin, la que prepara las almas y las predispone maternalmente al desposorio místico con su divino Hijo. Obtenido esto, Ella se retira. «Cuando la madre amable —nota la carmelita María de Santa Teresa— estaba constantemente cerca de ti y te guiaba en el camino de la virtud, era para prepararte a los desposorios espirituales con su carísimo Hijo. Ahora que ya se ha realizado ese matrimonio, Ella se aparta y deja a la esposa que trate a solas con el esposo» (v. P. Ignazio del B. G., Maria Madre e Regina, p. 138). En resumen: en todos los estados de la vida espiritual, tanto en la ascética como en la mística, María está siempre presente y operante. BIBL.: Pummerer, A., S.
J., Maria in der Mystik, en «Geist und Leben», 20 (1947) pp. 53-71; Ildefonso de la Inmaculada, O. C. D., Elementos físicos marianos en la gracia y en la mística, en «Est. Mar.» (1948) pp. 138-240; Íd., Influjo maternal de María en la vida interior, en «Alma Socia Christi», XI, Roma 1952, pp. 244-255; Basilio de San Pablo, C. P., La Maternidad de María en el purgatorio místico ilustrada con el ejemplo de S. Gema Galgani, en «Est. Mar.», 8 (1948) pp. 241-285; Truhlar, C., S. J., Das Mistiche Leben der Mutter Gottes, en «Gregorianum», 31 (1950) pp. 5-34; Jean de Jesús Hostie, O. C. D., Notre-Dame de la Montée du Carmel, Tarascón 1951; Gregorio de Jesús Crucificado, O. C. D., La acción de María en las almas y la mariología moderna, en «Est. Mar.», XI, 1951, pp. 253-278; Reypens, L., S. J., Marie et la Mystique, en Du Manoir, I, pp. 747-763; Anastasio del SS. Rosario, O. C. D., La Virgen y la vida mística, en «Enc. Mar. Theotócos», pp. 530-537; Martinelli, A., O. F. M., La Madonna e Lucia Mangano. Saggio di Mariologia mistica contemporanea, 2 vols., Catania 1959; Ragazzini, S., O. F. M. Conv., Maria vita dell’anima, Itinerario Mariano alla SS. Trinità, Desclée y C., Roma 1960, XL-687 pp.
Es el trabajo más amplio y mejor documentado sobre el argumento.