PAGANISMO
Respecto de las relaciones del cristianismo (y, por lo que a nosotros se refiere, de las verdades y del culto mariano) con el P. algunos racionalistas han suscitado dos cuestiones, es decir, se han preguntado: 1) la verdad del evangelio sobre la virginal y divina maternidad de María ¿no depende, tal vez, en su origen, de unas verdades análogas contenidas en los mitos paganos?; 2) aun admitiendo que tal verdad no depende, en su origen, de verdades análogas contenidas en los mitos paganos, ¿no habrán sido, tal vez, viciadas en su desarrollo sucesivo en el mundo pagano por influencias paganas? Más en concreto: ¿no habrá influido en el culto cristiano de María el culto pagano de las diosas-madres? A estas dos cuestiones una crítica seria y objetiva ha dado ya una respuesta completamente negativa. Expongamos brevemente las dos cuestiones. I. Las verdades cristianas sobre la virginal y divina maternidad de María y los mitos paganos. Los racionalistas, rechazando «a priori», como privados de historicidad, las narraciones de la Infancia de Cristo, especialmente las de S.
Lucas, en su intento de dar una explicación natural plausible, han sacado a relucir una multiplicidad sorprendente de hipótesis con las que se proponen echar una especie de puente entre los relatos evangélicos y los mitos paganos en torno al origen extraordinario de los célebres personajes de la antigüedad pagana (por ejemplo, Platón, Alejandro Magno, etc.). Pero la diferencia entre los relatos evangélicos y los mitos paganos es tan grande, que no existe ni un mínimo punto de verosímil contacto entre ellos. La tajante oposición entre el politeísmo pagano y el monoteísmo cristiano excluye cualquier verosímil contacto del uno con el otro.
Además, en los mitos paganos las más de las veces se trata de teogamia (unión impura de un dios con una mujer), mientras que en las verdades cristianas se trata de una concepción y de un parto virginal. Se ha intentado, por ejemplo, parangonar el «Espíritu» de Filón de Alejandría (contemporáneo de Cristo), que toma posesión del hombre, lo fecunda y le hace concebir al «Verbo» profético con el «Espíritu Santo», que cubre con su sombra a María y la fecunda (Quod deus sit imm., I). Así Hans Leisegang (en la obra Pneuma hagion, 1922).
Pero hay que tener presente que el «Espíritu» del que habla Filón es un fluido material sutil, principio de la inspiración dionisiaca (v. Verbeke, G., L’Évolution de la doctrine du Pneuma, des origines à saint Augustin, 1945), mientras que el «Espíritu» bíblico no es otro que la potencia divina, por medio de la cual Dios produce sus obras incorruptibles (v. Van Imschoot, L’Esprit de Jahweh, source de vie, dans l’Ancien Testament, en «Rev. Bibl.», 1935, pp. 481 ss.). Además, Filón trata de la inspiración y no de la generación de un hijo. II. El culto pagano de las diosas-madres y el culto cristiano de María. La doctrina mariana, inmune en su origen de influencias paganas, ha estado también inmune de infiltraciones paganas (y, por lo mismo, jamás contaminada) en el curso de su desarrollo en el mundo pagano (grecorromano).
Todo lo contrario nos habría de sugerir el hecho de que los paganos, introducidos en masa en la Iglesia cristiana, habrían traído también a ella su mentalidad pagana familiarizada con las divinidades femeninas (por ejemplo, Astarté), de manera que María habría sido la «sustituta» de tales divinidades, es decir, que habría sido convertida en una «diosa», aunque sin osar confesarlo. Tal es, por ejemplo, la tesis sostenida por los protestantes y racionalistas. «Es, de hecho, la antigua madre de los dioses —así dice Eduardo Meyer— que renace a la plenitud de la vida en la diosa María» (Ursprünge und Anfänge des Christentums, I, 1924, pp. 79 ss.). Hay que reconocer que ha habido, por desgracia, una infiltración de ese género, es decir, un trasplante de la historia de María en la mitología, pero eso se dio entre los herejes pagano-gnósticos, no entre los católicos. La Iglesia católica ha reaccionado siempre enérgicamente contra tal corriente (Cf. S. Ireneo, Adv. haer., IV, 1, 1; S. Epifanio, Panarion, LXXVIII, 23). El culto pagano de la madre de los dioses y el culto cristiano de la madre de Dios son dos realidades del todo heterogéneas.
Los paganos adoraban a la madre de los dioses, viendo en ella la fuerza creadora de la vida divinizándola; en cambio, los cristianos rechazaban decididamente semejante adoración o divinización de María, admitiendo tan sólo la veneración. Los paganos veían en la exaltación de las diosas-vírgenes una primavera de la vida consagrada a la maternidad carnal y a la sensualidad, mientras que los cristianos veían en la exaltación de la Virgen María una primavera de la vida consagrada a la maternidad espiritual, enteramente sustraída a las embestidas de los sentidos. Hay que admitir, no obstante, que la Iglesia ha purificado el culto pagano de las diosas implantando la legítima veneración de María en sustitución de la ilegítima adoración de las diosas; y ha valorizado aquello que podía existir de bueno y de indiferente en aquel culto. Ha purificado los lugares, haciendo surgir, sobre los santuarios de las diosas, los santuarios de María (como, por ejemplo, en Éfeso en el s. III o IV, en Soissons en el s. VI).
Ha purificado los templos sustituyendo las fiestas paganas con las fiestas cristianas (así, por ejemplo, la fiesta de la Purificación que coincide con los saturnales romanos, la Asunción con las fiestas campestres de la mitad de agosto. Cf. «Anal. Boll.», XXXI, p. 105). Por lo tanto, el cristianismo sólo ha retenido y valorizado algunos elementos «materiales» del P. BIBL.: Noyon, A., Mariolatrie, en «Dict. Apol.», III, pp. 319-323; Roschini, G., Mariologia, III, páginas 232-236; II ed., Roma 1948; Rahner, H., Griechische Mythen in christlicher Deutung, Zurich 1945; Daniélou, J., S. J., Le culte marial et le P., en Du Manoir, I, pp. 159-181, con amplia bibliografía sobre los autores heterodoxos.